El carabanchelero presentó su 16º álbum “De escalde y trinchera” junto a sus clásicos rockeros, demostrando que sigue en plena forma

Rosendo no defraudó en el festival Noches del Botánico ofreciendo un concierto repleto de temas nuevos y clásicos.

He tenido la suerte de asistir a más de una veintena de conciertos –sin exagerar- de Rosendo, y lo más increíble de este incombustible carabanchelero de pro, que ahora se toma de vez en cuando el merecido descanso del guerrero en un pueblo burgalés –comparto orgullosamente lugares rosendianos comunes-, es que cada recital es único y distinto, pese a que el grueso del repertorio sea el mismo. De hecho, parece que el veterano rockero cada vez toca mejor su guitarra, desde que su abuelo-tocayo le regalara una cuando aún era un crío, metiéndole así para siempre la vena del rock en las venas.

Como teloneros actuaron Naranja Blossom, acompañados en su último tema por Rodrigo Mercado. El festival Noches del Botánico, sus espacios amplios, agradables y ajardinados, albergó el escenario perfecto para un público más entregado que nunca y que coreaba cada dos por tres esa voz común mítica: “Roseeeeeendoooo”, acompañado por sus inseparables Rafa J. Vegas al bajo y Mariano Montero a la batería, formando el trío rockero por excelencia, y por su productor Eugenio Muñoz, que circulaba por el Botánico siempre pendiente de todo. Otra circunstancia que se repite en cada concierto suyo, un fenómeno curioso y prácticamente único, es que Rosendo es capaz de reunir a varias generaciones muy variopintas, por eso no es extraño encontrar desde adolescentes, hasta los que tuvieron la suerte de disfrutar de un concierto de los eternamente recordados Leño.

Rosendo no es muy hablador, pero destila honestidad, integridad –algo tan inusual y precisamente por eso tan valorado en estos tiempos-  y, sobre todo, un sincero cariño por su público, y eso no se olvida, por eso es capaz de congregar a su público fiel desde hace décadas y de incorporar a su vez a primerizos que se estrenan en un concierto y hacerlos suyos para siempre.

Su decimosexto álbum, “De escalde y trinchera”, se estrenó con la que ya parece un himno rosendiano, “Soy” (“Soy protagonista, figurante y productor, ayudante, guionista y, por supuesto, el director”), “Que si vengo que si voy” y “Cúrame de espantos”, colándose de manera muy natural entre su repertorio de viejos clásicos, junto a otros temas que no tienen esa categoría aún que otorga el tiempo, pero que ya lo parecen – y lo son-, como “Muela la muela”, “Mala tiña” y, sobre todo, “Masculino singular”. Rosendo se ha vuelto más reivindicativo conforme aumentaba la mugre en nuestra política nacional, y nosotros con él, por eso nos desgañitamos gritando “viva la revolución”, a lo que el sabio contestó con tino y sorna: “lo habéis dicho vosotros, ¿eh?”, haciéndonos con un guiño cómplices de su revolución.

Fue una verdadera delicia volver a escuchar esa preciosidad que es “Cosita”, y por supuesto, nos volvimos de nuevo locos al escuchar “¡Y dale!”, “Agradecido”, la leñista “Maneras de vivir”, “Pan de higo” y “Flojos de pantalón”, probablemente la mejor canción de rock en español de todos los tiempos, y todas imperecederas y atemporales, parte ya de la historia de la música de este país. Y aunque sea un tópico, realmente Rosendo es un valor seguro que nunca defrauda, y si no que se lo pregunten a los casi 3.000 espectadores que anoche casi abarrotaron las maravillosas instalaciones del Botánico.