
Como uno más de los millones de españoles a los que nos afecta -sin que lo sepamos disimular de manera discreta, por tratarse del más grave de los problemas que hoy tiene España- me dispongo a manifestar públicamente mi parecer acerca del asunto en cuestión: el problema con Cataluña; consciente de que concuerda con el de una mayoría inmensa de las gentes de esta tierra; problema, creo yo, que no se ha sabido llevar de un modo política e inteligentemente correcto, lo cual lo ha llevado a alcanzar unos niveles realmente preocupantes. La apisonadora de la Ley, que se ha puesto en marcha con el propósito de poner las cosas en su sitio, tengo la impresión de que ha comenzado a funcionar demasiado tarde, dando tiempo a que la herida se encuentre en un estado de putrefacción difícil de sanar como sería el deseo de un altísimo porcentaje de españoles, incluidos no menos de la mitad de los que residen en Cataluña.
Hace más de quinientos años que aquella región, característica como todas y singular como ninguna, es parte de la España total que, por métodos al uso: guerras internas, nupcias reales y otros acuerdos de conveniencia, los Reyes Católicos consiguieron unificar como nación poderosa, única e indivisible. Con periodos de acierto y otros con errores de bulto, hemos venido funcionando durante cinco siglos en los que se han atravesado momentos de bonanza y otros de malestar y discordia; dueños de casi medio mundo en algún tiempo, hasta llegar de manera escueta a lo que hoy somos. Una historia brillante, sí, con aciertos y errores por doquier, pero que hemos llegado a reconocer y a aceptar como algo propio, con un sentido de afecto consentido y de amor a todo lo nuestro, que nos gusta demostrar cuando hay motivos para hacerlo.
Somos poseedores de un idioma puntero dentro del mundo civilizado, que equivocadamente, y sin razonables argumentos que lo justifiquen, una parte del pueblo catalán gusta despreciar por sistema en su propio perjuicio. No quiero pensar en el bagaje lingüístico con el que cruzarían los límites de sus cuatro provincias los jóvenes catalanes desprovistos de las ventajas de nuestra lengua común, el español de Cervantes, que ahora enérgicamente rechazan. No son todos, ya lo sé, pero sí el sueño de la Cataluña oficial, de los que ahora la dirigen, de los que inspirados por aires infectos que solo ellos comparten, desean imponer, a título oficial, a sus niños y jóvenes, aunque de hecho son muchos los años en los que lo vienen haciendo. El mundo se ha dado cuenta. ¿Adónde vas, Cataluña?
