
Opinión. El triunfo del colectivo
César Cerrillo
La victoria de la Selección no solo se celebra con banderas en los balcones y cánticos en las plazas; se siente como un soplo de aire fresco en el pecho colectivo. Durante un poco más de mes, el país contenido en una camiseta, ha demostrado de lo que es capaz cuando rema exactamente en la misma dirección: un grupo compacto, multicultural, donde la estrella se diluye en beneficio del pase al compañero y donde el éxito individual carece de sentido si no suma al marcador común.
Si aplicáramos la receta del éxito de esta Selección a la educación, la ciencia, la industria, la vivienda, o la convivencia diaria, España sería un país ejemplar, que no digo que no lo sea en algunos sentidos.
El éxito de la Selección no ha residido en un destello de genialidad aislado, sino en un contrato implícito entre personas muy diversas donde el colectivo ha prevalecido sobre el ego. Nadie gana un torneo jugando solo, el pase a ciegas solo funciona cuando sabes que hay alguien al otro lado dispuesto a correr por ti o, el dribbilng, solo trae cuenta cuando hay un compañero que te hará la cobertura. La renuncia al protagonismo individual en favor de la meta común es la primera lección del vestuario y la diversidad ha sido el motor. Un vestuario plural, con orígenes, acentos y trasfondos culturales distintos, es un ejemplo, a pequeña escala, de que la mezcla no resta sino que multiplica aportando diferentes formas de leer el juego y enriqueciendo al grupo.
Sin embargo, por experiencias previas, sabemos cómo termina esta película. Apagados los focos del estadio y resuelta la euforia, la resaca del triunfo suele durar poco frente a la rutina. Se volverá de inmediato a las cuitas diarias de la política del «y tú más», donde el error del rival importa más que el acierto propio. De nuevo se encenderán las fracturas del debate territorial, donde la solidaridad entre regiones se mira con celo, o se alimentarán discursos de rechazo hacia quienes vienen de fuera, olvidando que hace solo unos días celebrábamos los goles, las asistencias y los robos de quienes representan exactamente esa misma diversidad.
El verdadero reto que tenemos todos no es ganar una copa; sino no olvidar cómo jugamos para conseguirla. La Selección ha vuelto a demostrar, como en la Euro del 2024, que el talento y la capacidad de cooperación están ahí, latentes en la sociedad. No es una utopía; es algo que ocurre cada vez que nos organizamos sin buscar el rédito inmediato o la división partidista.
La pregunta que queda flotando en el aire, cuando se recojan los confetis de la victoria, es sencilla: ¿Serán los servidores públicos de este país, y por extensión nosotros los ciudadanos, cada uno en nuestra esfera personal, capaces de ser ese mismo equipo de lunes a viernes?, ¿o tendrá que hacer falta que vuelva a haber un balón de por medio para recordar que, juntos, remando en la misma dirección, nos iría infinitamente mejor?
