Por Guido Risso, Doctor en Ciencias Jurídicas. Especialista en Constitucionalismo. Profesor de derecho constitucional

Un diagnóstico basado en la experiencia sobre el funcionamiento de la democracia actual nos mostraría una democracia básicamente formalista, un conjunto de instituciones y prácticas políticas sin conexión con la realidad e incapaces de resolver los verdaderos problemas que las sociedades modernas reclaman.

Manipulación, explotación y democracia

Los gobiernos son cada vez menos capaces de evitar el deterioro económico de sus pueblos, de sus trabajadores, de sus estudiantes, de sus jóvenes, no pueden asegurar una vejez digna a sus ciudadanos, no consiguen controlar la concentración del capital y de la información, la transferencia de riqueza en cuestión de segundos, no pueden resolver el fenomenal flagelo del crimen organizado, del narcotráfico, la trata de personas, la cibercriminalidad y la contaminación ambiental, todo lo cual avanza ante el mármol de las instituciones.

Pero hay mas, pues esta democracia que responde al clásico modelo procedimental, también se ha mostrado incapaz de resolver los flagelos históricos -cuya lucha la inspiraron y definieron- como el autoritarismo, la explotación y la opresión.

Tanto el autoritarismo como la opresión y la explotación son fenómenos políticos que han sido incansablemente debatidos y enfrentados política, intelectual y popularmente. Sin embargo, hemos sido tan socializados en la idea de que las luchas por la libertad, los derechos y las constituciones del siglo XX pusieron fin al autoritarismo y la explotación, que podría considerarse paranoico, es decir, seria patológico afirmar que aun seguimos explotados y oprimidos y que en realidad el autoritarismo cambió de forma, o como una serpiente solo cambió de ropaje.

¿Como abordamos entonces sin ser patologizados, este complejo proceso de continuidad opresiva con cambio?

¿Como demostramos que aquello que denunciamos y enfrentamos victoriosamente, en realidad aun permanece como algo diferente de lo que fue, pero sin modificar su esencia?

En primer lugar debemos asumir que las categorías que usamos para definir la realidad son precarias y demasiado elementales para captar la complejidad de aquello que cambió sin dejar de ser lo mismo. Nuestra mayor dificultad radica en nombrar adecuadamente este paradójico proceso de cambio con continuidad.

Aun así lo intentaré.

Aquello que terminó fue el autoritarismo y explotación histórica o clásica, caracterizados por la utilización de la fuerza y la falta de derechos y garantías. Sin embargo, el modo de dominación y explotación continuó bajo otras formas aun en plena vigencia de la democracia y el Estado constitucional de derecho.

Para entender en qué consiste el autoritarismo moderno es necesario entender entonces quien es el opresor y explotador actual.

Somos nosotros mismos manipulados por una construcción cultural economicista y deshumanizante cuya matriz reconfigura los sistemas jurídicos y políticos.

Esta construcción se completa con un modelo de éxito de tipo exclusivamente económico, todo reducido a la culpa o al merito personal. Propone una situación de asfixia continua donde la persona debe estar siempre ocupada y activa, es decir, produciendo.

Los valores legitimantes de este autoritarismo consisten en no tener tiempo para nada, dormir poco, que el almuerzo se convierta en un café, resignar vínculos sociales, ver cada vez menos a los amigos y la familia, que un momento de recreación sea visto como una inútil perdida de tiempo.

Consiste en vivir al límite, buscar el agotamiento, llegar al “no doy más”, sobreexigir el cuerpo y la mente al punto de necesitar tomar vitaminas o suplementos para estar “a pleno” y a la altura del sacrificio.

Sucede, que esta manera de vivir es la nueva forma de estatus, no parar de hacer cosas, estar siempre activos, ser emprendedores, superarse. La nueva forma de distinción social con el resto es precisamente no tener tiempo, poder decir: “estoy ocupado”, “estoy a full”, “después te llamo”.

Nos autoexigimos hasta el colapso y deseamos continuar haciéndolo. Nadie nos lo “impone” de forma directa, ese es el gran triunfo del autoritarismo moderno manipulador y compatible con la democracia; haber llegado al control psicológico en pleno Estado democrático y constitucional.

Y todo esto vivido, además, como algo positivo, como algo deseable, con el acompañamiento del derecho y su discurso ético.

Si lo consideramos de esta manera, la explotación autoritaria se encuentra hoy tan vigente como en el pasado.