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La patria del grito o el país del diálogo

Redacción Por Redacción
lunes, 11 de mayo de 2026
en Opinión
Tiempo de lectura: 3 minutos
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Miguel Óscar Aparicio Las Fiestas de San Isidro recuerdan de donde venimos y hacia donde vamos
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España se mira hoy demasiado a menudo en el espejo roto de sí misma. Y cada fragmento devuelve una imagen distinta, deformada, airada, incapaz de reconocerse en la otra mitad del país. Hemos convertido la discrepancia en sospecha, el debate en trinchera y la política —que debería ser el arte noble de convivir entre diferentes— en una fábrica constante de enemigos.

Vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que parece que cada ciudadano debe elegir no solo una opción política, sino una identidad absoluta, casi una fe ciega, desde la que juzgarlo todo. Ya no basta con pensar distinto: ahora parece obligatorio odiar al que piensa distinto. Y eso, sencillamente, es devastador.

Me niego a aceptar que España esté condenada a vivir permanentemente enfadada consigo misma.

Porque España no es Twitter. España no son los platós crispados. España no son los insultos convertidos en titulares ni las campañas del miedo permanente. España es mucho más profunda y más hermosa que todo eso. España es la gente que madruga, que trabaja, que cuida de sus mayores, que levanta negocios, que educa a sus hijos, que conversa en un bar, que ayuda al vecino aunque vote diferente. España real sigue siendo, afortunadamente, mucho más sabia que su ruido.

Miguel Óscar Aparicio Las Fiestas de San Isidro recuerdan de donde venimos y hacia donde vamos

Y quizá ahí esté la gran paradoja de nuestro tiempo: mientras la política se radicaliza, la ciudadanía sigue queriendo vivir en paz.

Hemos llegado a un punto en el que demasiados responsables públicos parecen sentirse más cómodos alimentando el conflicto que construyendo acuerdos. El adversario ya no es alguien con quien discrepar; es alguien a quien destruir moralmente. Y esa lógica acaba contaminándolo todo: las instituciones, los medios, las familias, las amistades y hasta las conversaciones más cotidianas.

Pero una democracia no se fortalece cuando una mitad aplasta a la otra. Una democracia solo madura cuando ambas mitades entienden que tendrán que seguir compartiendo país al día siguiente.

Por eso creo que ha llegado el momento de decir basta.

Basta de convertir cada debate en una guerra civil emocional.
Basta de señalar a quien piensa diferente como si fuera un enemigo de España.
Basta de vivir atrapados en la lógica cruel del “conmigo o contra mí”.

No necesitamos más odio sofisticado con apariencia de discurso político. Necesitamos más serenidad. Más escucha. Más humanidad.

El diálogo no es una debilidad. El entendimiento no es una traición. Ceder no siempre es rendirse; a veces es simplemente comprender que nadie posee toda la verdad y que la convivencia exige generosidad colectiva.

España avanzó siempre cuando fue capaz de encontrarse a sí misma en medio de sus diferencias. Y retrocedió cada vez que confundió la pasión política con el desprecio al otro. La historia debería habernos enseñado ya suficientes lecciones sobre los peligros de fracturar emocionalmente a un país.

No hablo de renunciar a las ideas. Al contrario: las ideas son necesarias, el debate es necesario y la confrontación democrática forma parte natural de cualquier sociedad libre. Lo que resulta insoportable es la deshumanización del discrepante. Ese veneno lento que convierte al vecino en sospechoso y al compatriota en adversario irreconciliable.

Me resisto a creer que el futuro de nuestros hijos tenga que construirse sobre la rabia permanente.

Quiero una España donde alguien pueda votar distinto y seguir dándose la mano. Donde las siglas no valgan más que las personas. Donde la política vuelva a servir para mejorar la vida de la gente y no para incendiarla cada mañana.

Porque antes que votantes somos ciudadanos. Antes que militantes somos vecinos. Antes que ideologías somos seres humanos compartiendo calles, escuelas, hospitales, fiestas, dolores y esperanzas.

Y quizá haya llegado la hora de recordar algo esencial: ningún partido político abrazará jamás a nuestros hijos cuando tengan miedo, ni se sentará a nuestra mesa en Navidad, ni sostendrá nuestra mano en los momentos difíciles. Eso lo harán las personas. Las personas concretas. Las que hoy demasiadas veces estamos aprendiendo peligrosamente a despreciar por pensar distinto.

España necesita menos fanáticos y más ciudadanos.

Menos trincheras y más puentes.

Menos gritos y más conversación.

Porque al final, cuando se apagan los focos de la política, solo queda un país intentando convivir consigo mismo. Y todavía estamos a tiempo de hacerlo desde el respeto, la inteligencia y la dignidad compartida.

Opinión de Miguel Óscar Aparicio de Lucas, alcalde de Azuqueca de Henares.

Tags: Opinión Guadalajara
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