Firma invitada: José Serrano Belinchón

La lectura, un valor en desusoOcurre casi todos los años que en el mes de abril -bien porque el día 2 se recuerda el nacimiento de H.C.Andersen, Día Internacional del Libro Infantil, y el 23 el aniversario de la muerte de Cervantes, Día del Libro- salga a relucir en los medios de información españoles alguna referencia relacionada con la lectura, como valor positivo para la formación y el desarrollo intelectual del hombre, entonando el mea culpa porque en nuestro país se lee poco: los mayores no leen, los jóvenes no leen, los niños no leen, de ahí que en comprensión lectora, contando siempre con las pocas excepciones que confirman la regla, andemos por debajo del nivel medio entre los países de la OCDE, e idem entre los que formamos la Unión Europea. No se trata de un mal sin importancia, nada baladí como pudiera parecer a ciertos sectores de la población, en parte responsables de la formación de la infancia, no; pues si no se adquiere el hábito de la lectura, la comprensión lectora siempre será precaria, débil, y se tendrán problemas serios a la hora de comprender o interpretar los textos, un grave obstáculo al fin para el aprendizaje que, lógicamente, lleva al educando al hastío, y con él al fracaso escolar, al abandono, que tanto mal está haciendo a la sociedad española, sin que se procure de un modo serio y eficiente ponerle remedio. Los responsables, bajo mi punto de vista, lo somos todos: la familia, la sociedad, y los gobiernos, cada cuál que los coloque por el orden que quiera según su criterio. La familia en tanto que su comportamiento no suele ser ejemplar en ese sentido, los padres españoles, en términos generales, no tienen la lectura como actividad que practiquen asiduamente, y si los padre no leen, difícilmente se aficionaran los hijos a practicar la lectura, y ni siquiera aquellos tendrán autoridad moral para exigirles que lo hagan.

La sociedad se comporta del mismo modo que la familia, pero a lo grande, e influye en ella de manera potente, ofreciendo medios de distracción en los que no es necesario leer, pues priva el que te lo den leído. La radio, el cine y la televisión, se están comiendo a los periódicos en papel por los pies, y más pronto que tarde, también a los digitales; y de los libros no digamos, se publican más que nunca y se leen menos libros que en toda la vida. Y los gobiernos; no sólo éste, ni el anterior, ni el otro, y con un poco de mala suerte tampoco el que esté por venir, si antes no se considera a la lectura en todo su valor como un bien necesario que es, canal por el que corren, a veces saludables y limpias, otras no tanto, las aguas del saber, de la cultura, y de la formación integral de la persona, que es en resumen, y no otro, el fin de la educación. Un valor fundamental, que no se vende ni se puede comprar, ni se toma en cápsulas, sino que se consigue por el esfuerzo personal únicamente, que nadie le dé vueltas, ni huya de él por vanas razones partidistas o de conveniencias varias, porque ese es el camino, no hay otro. Leer, amor al libro y al esfuerzo. Suena a tópico trasnochado, pero no lo es, sino una parte imprescindible del remedio, si es que de verdad queremos conseguir algún día esa sociedad a la que deseamos llegar y aún vemos tan lejos.