Primera parte de la entrevista realizada a José López Calvo, para raíces de El Liberal.

A José López Calvo lo encuentro a la sombra de la Almudena, en Madrid, que es, si me lo permiten, una especie de San Felipe de Neri, a lo bestia, construida en el emplazamiento de una antigua mezquita por lo que toma su nombre de la palabra árabe al-mudayna, que significa ciudadela. No tuve la ocasión pero, seguro que si abrimos ventanas, llegaría hasta nosotros el rumor del agua del Manzanares que, con las lluvias, viene bravío.

Su casa está a tiro de piedra de puentes y suspiros y, según busques la calle Mayor, puede que se convierta en pedrada rotuliana en la que llaman Cuesta de la Vega que, a uno, se le antoja como otra Mosén Diego de Valera, de peldaño en peldaño fugitiva junto a Andrés de Cabrera y Alfonso VIII, rivalizando por ser las mejores rompe piernas del personal que se aventura a ir por ahí en busca de Sol que, este día, está bañado por la lluvia.

José López Calvo en la Banda a mediados de los años 40.

José López Calvo descansa, ligeramente inclinado hacia su lado derecho, en un sillón ortopédico. Es el día de su santo, San José, el día que hace ochenta y ocho años lo apuntaron en el Registro Civil abriendo, así, la puerta de la vida en una década influida por la crisis económica provocada, en gran medida, por el crack del 29 que traerá consecuencias trágicas: la Guerra Civil española y, cuando termina la década, la Segunda Guerra Mundial. Mi hermano se tuvo que ir a tirar tiros a Castellón.  Le pilló la guerra allí y tuvo un episodio bastante dramático con un comisario que, antes de pegarse un tiro, les indicó la manera de salir de allí sin que les sucediera nada. A mi hermano y a Barreda que estaban juntos.

La niñez

José López Calvo nace en el barrio de Los Moralejos. En el número 13 de mala suerte, me dice. Yo era muy amigo del Mañete, el de la tasca. Éramos como hermanos. Se llamaba Julián que, por cierto, cayó enfermo de tuberculosis y por eso nadie iba a verlo. Solo yo estaba con él. Comíamos juntos porque yo no estaba muy sobrao y su madre, la Carmen, tenia de todo y, claro, a mí me daba muy buen resultado. También era muy amigo de los confiteros de Marisol.

López Calvo iba a la escuela Lucas Aguirre, con don Juan, que trabajaba cosas de herrería. Ese fue mi primer maestro, don Juan, que era un poco jodío. Había una noguera y yo estaba muy al loro a finales de Mayo. Le pedía permiso a don Juan para orinar y, cuando volvía, parecía un payaso porque llevaba los bolsillos a tope de nueces. He sido muy torpe, me comenta. No he sido buen alumno. “¡ Calvito¡”, me decía. Y eso que me respetaba mucho porque mi tío, Daniel Calvo, había sido director de El Heraldo. Por eso guardaba yo unos periódicos debajo del serrín hasta que se los llevó un familiar sin que a fecha de hoy los haya devuelto.

En esos primeros años treinta, José López Calvo juega a lo mismo que jugaban los demás niños de España: a la taba, a los chinches (las bolas de acero), a pídola porque no había otras cosas. Era una Cuenca muy bonita en la que yo estaba asilvestrado porque siempre estaba en la calle. Yo vivía en el cerro de los Moralejos. En los Pinillos. Me iba arriba, a donde estaba el estanque (donde vivía el doctor Cuerda.) y allí jugábamos al fútbol. Estaba más allí que en mi casa. Yo, era un Tarzán porque era capaz de saltar de pino en pino con apenas siete años, me dice casi entre carcajadas.

La guerra, como ya nos han comentado otros entrevistados en esta serie, Raíces, pasó desapercibida para López Calvo. Con sus amigos, por ahí, por los Pinillos, le gustaba ir hasta donde se encontraba un militar que de vez en cuando disparaba a los aviones. Los refugios me los sabía yo de memoria. El grande era de mi total dominio. Estaba siempre por ahí. Me metía en ellos, en el del Hospital de Santiago pero entrando por los Pinillos.

Banda de Música de Cuenca. A la izquierda, en la primera fila, Justiniano López y su hijo José con el bombardino.

 La Banda y las clases particulares

Al padre, me dice, lo toma uno siempre como modelo. Tocaba el bajo y, yo, pues quería tocarlo también pero mi padre se oponía. Me libré de algún que otro cachete por eso. Porque estaba obsesionado con el bajo, con la tuba. “Bastante he cargado yo con la estufa”, decía mi padre. “Coge el bombardino, el bombardino”, me decía. Y fui solista de ese instrumento a los catorce años. Me exhibía en el parque, por las noches, cuando hacía un solo y mi padre, lo veía yo que estaba contento. Era una banda muy buena. Estaba Pepete, el hijo de Agustín, el guardia, que era un fenómeno con el bombo. Lo hacía muy bien. Otro con el que me llevaba muy bien era con Antonio Abarca que tocaba el clarinete. Es que le daba clases a medio Cuenca y, entre ese medio, estaba Abarca que era muy culto y su hermana, Victoria, que era como medio novia mía. Me llevaba muy bien con ellos.

Audio de López Calvo. Pepete, Ismael y Arturo

Otro que recibía mis lecciones era Ismael que vivía en los tiradores. Iba a darle clases y luego me llevaba a la cafetería, la Martina, en donde trabajaba. Ismael era más listo que el hambre. Le encantaba el Mayo, y, además, le veía siempre con su guitarra entonando el Romance Anónimo que hizo muy popular y, por eso, a Mayo y Romance los convertí en marcha en homenaje a un guitarrista conquense. Y, ¿qué me dices de su hijo Arturo? Menudo es Arturo. Bueno donde los haya y trabajador. Por eso no se queda atrás. Es más listo que el hambre.

El director de la Banda de Música de Cuenca era don Jesús Calleja. Un gran personaje. Me corregía como persona si cometía fallos de cortesía, añade José. Era un buen músico y con muy buenas obras de todo género. Alguno recordará su pasodoble “A mi amigo Sierra”, la “Ronda y Danza”, su marcha “Camino del Calvario” … Allí estábamos la familia. Mi padre con la tuba, mi hermano, Julián, al clarinete que también tiene muchas marchas y, yo, con el bombardino. Pero mira por donde que viene a Cuenca la banda de aviación y entonces veo aquello y, claro, no hay color. Tocaron una obra sinfónica en el parque y yo me quedé prendado. ¡Ay, me tengo que meter en esta la banda como sea!.

Aviación. Primera banda militar

A José López Calvo le asaltan los recuerdos y, por eso, las palabras van y vienen volando a sus anchas, sin orden ni control, porque representan toda una vida dedicada a la música. Sin embargo, su memoria, ya la quisiera uno para sí mismo. Mi padre habla con el director de la Banda de Aviación, don Modesto Rebollo Parra pero, por respuesta le dice que estaba muy difícil eso de entrar en la banda. “Lo tendré en cuenta”, le dijo. “Si usted logra que entre, no será difícil”.

Yo tuve la suerte de que mi tío, Daniel Calvo, había sido profesor de Javier Murcia Rubio, de Olmeda de la Cuesta, que era teniente coronel en aviación. Y claro, por ahí se abrieron las puertas cuando, mi tío, habló con él. Javier Murcia llama al teniente Elorrieta  (casado con una Corracher) y, de esa manera, entro en aviación, dice casi sin tomarse un respiro.

José López Calvo comienza como músico de tercera y con el grado de cabo. Una situación que, desde el principio, no le llenaba demasiado. Enseguida hice oposiciones porque ya le había echado el ojo al bajo, un músico que era muy mayor ya. Tenía que ser brigada y así se lo dije al alférez: “mi alférez, quisiera yo tocar la tuba…”. El alférez se lo dijo al director, a don Modesto, y como querían tener repuestos para posibles vacantes, mira por donde empiezo a tocar la tuba y, eso, eso era lo mío. Era mi instrumento y se acabó. Qué tiempos. Me decían, maestro, ¿va a venir el año que viene…? Tocábamos obras muy difíciles y terminé como los toreros, saliendo por la puerta grande porque ganábamos los certámenes de bandas y yo, como bajo, tenía fama de ser el mejor de España. En el año 48 me daban 500 pesetas diarias, con 18 años.

Granada

En Granada, al teniente general González Gallarza, que era hermano del ministro del Aire, lo nombraron hermano mayor de las Angustias y, por eso, me cuenta José, se vio como obligado a que la banda fuera hasta allí a tocar. Pagaban cuatro perras pero qué le íbamos a hacer. Allí, en Granada, soltaban cosas preciosas a la virgen. Cosas que me dejaban con la piel de gallina por la cantidad de emociones que sentía: saetas, marchas, vítores. Me emocionó enormemente y me quedé con el ambiente y ese cántico andalucista que no conquense. Y observando todo lo que pasaba, esos piropos, se me metió en la cabeza de que tenía que hacer una marcha a la Virgen de las Angustias y, eso, es lo que hice por la noche dándole vueltas y vueltas a lo de “Angustias, te pusieron angustias, angustias por tu cara de pena…”.

Audio José López Calvo. “Angustias, te pusieron Angustias”

Una granaina la voy a convertir en una conquense. Y es que aquella noche estuve tomando unos vinillos granaínos y me sentía inspirao así que, aquélla noche, hice la marcha.

La estancia en Granada duró una Semana Santa de las que se vivían en todos los sentidos, a finales de los años cuarenta, con días interminables porque cerraban los cines y, por la radio, sólo se oían réquienes, misas y rosarios. Claro que, en el ambiente militar de López Calvo, el asunto no era mejor en el campamento.

Carretería. Fotografía realizada por Catalá Roca en 1951

En unas vacaciones, el año 1951, José López Calvo regresa a Cuenca y conoce a Celia, la que hoy es su mujer. Era el mes de  Agosto y, Celia, estaba en el grupo de amigas en el que se incluía una prima hermana del músico. Llega hasta nosotras, saluda a su prima y no sé ni cómo ni por qué pero, de repente, nos quedamos nosotros dos solos y nos pusimos a pasear por carretería, apunta Celia sentada a nuestro lado.

Carretería era la calle mayor de una ciudad que uno la recuerda en blanco y negro aunque, de vez en cuando, dejaba irradiar su poderío a la paralela Colón –por el cuartel de la Guardia Civil- en la que estaban los talleres de Alsina, el almacén de los Zarceños y, poco más allá, en el cruce de Sánchez Vera, la fábrica de hielo. Por el otro lado, el derecho según bajamos, la Casa de Socorro y el parque.

Era la calle de todas las tiendas que desembocaba en la plaza de Cánovas de urinarios públicos, la posada de Santa Luisa, el despacho central de la oficina de Renfe y el enorme cartel de Carretero e Hijos.

Se acerca el año 1953 en el que, José López Calvo, es el número uno de acceso al Cuerpo Técnico de Directores. Pero, de eso, escribiremos mañana.