Firma invitada: Francisco R. Breijo-Márquez

Quizá porque la última vez que me acogió era más joven; y bien sabido es que, cuanto más joven… mayores se te hacen las cosas que amas. Compostela la vi más pequeña.

Compostela eternaPero siempre, eterna.

Empedernido amante de ‘piedras’, nada tiene que envidiar este País a otros considerados – por vaya usted a saber – cómo más bellos y con más abolengo. ¡Nanay!

Compostela, junto a Toledo y Granada han sido – y así seguirán siendo – las ciudades españolas que me resultan siempre hechiceras, mágicas…seductoras.

Y he vuelto a almizclarme de medievo gallego hasta empapar el más diminuto de mis sentidos. Poco tiempo…suficiente.

Compostela es piedra. Todo es piedra. Piedras mudas que no paran de hablarme.

En cada paso que dé por sus empizarradas calles, mojadas eternamente por esa imperceptible lluvia que cala hasta la médula, siempre seré aquél caballero vestido de morrión, gorguera y con espada envainada, sin ánimo de extraer; o pobre plebeyo, hambriento y pordiosero, del siniestro Fonseca.

Pero me transportarán ineludiblemente a aquellos tiempos. Siempre seré eterno peregrino sin camino al que rendir.

Tal vez porque fue el camino primero que tomé antes de estremecerme al ver – a la vuelta de la esquina – las dos infinitas agujas pendientes (y alertas siempre) de saltar hasta los cielos, siempre que vuelvo a Compostela le digo al taxista que me deje en la Iglesia de San Francisco. Desde allí tomo, andando, la rúa homónima, me embeleso con la arquitectura de la que pudo ser mi facultad y, en la esquina del arco (acústica perfecta), me topo sin previo aviso con las dos torres, casi iguales, de la parte frontal de la actual Catedral, permanentemente en obras. Apuntando a la gloria (en su Pórtico no fue posible volver a sublimarse…¡obras!)

Más atrás se adivina la torre del Reloj, dando esas campanadas que ya no oirán los estudiantes que, habiendo terminado sus carreras universitarias, partirán a sus orígenes. Como dice – y aún se escucha- la célebre balada tunesca.

El Obradoiro se me brinda en todo su esplendor. Peregrinos con bastón y sin vieira (¡qué pena) lo pueblan intermitentemente y en distintos colores, diferentes al marrón preceptivo. Párome en cada detalle de los tres monumentos circundantes, Reyes Católicos incluido. Sigo hacia el Palacio de Xelmirez. Vuelvo a fascinarme y me bifurco.

Decido –una vez más- seguir la rúa de mi izquierda, rodeando el edificio catedralicio. Llego a Praza Praterias y Quintana. Persiste mi embeleso inagotable. Sus cuatro caballos en medio, una mujer con estrella. Las escaleras estudiantiles al fondo. La Porta do Perdón a lado izquierdo. Casa do Cabido inexcusable.  Rodeo la catedral y vuelvo al punto de partida.

Escojo esta vez la otra rama de la bifurcación: Rúa do Franco (desconozco si es en honor y gloria del dictador), guirilandia donde las haya. Directa, con múltiples callejuelas a patear, hasta Parque de la Alameda. ¡Lindo, lindo!.

Paro en el Café Casino. Los cielos siguen derramándose, pero opto por la terraza. Me pide el cuerpo un buen café y me lo sirven tal. Lo saboreo hasta la última gota. Sin bastón, ni vieira (solo con gorra e impermeable) reemprendo el camino.

Me pierdo por las callejuelas adyacentes a la de rúa do Franco. Y la maravilla me sigue embargando. ¡Qué de cosas no conocía, descubrí u olvidé!

Me hago un ‘piscolabis’ en “O 46” (es una taberna de ‘viejos’ donde todavía sirven el Riveiro en taza y te ponen tapas de buen pulpo ‘a feira’). Me despejo en el parque de la Alameda y.…vuelta a empezar. O a retornar.

La lluvia fina me sigue acompañando. No es ni calabobos ni sirimiri…es compostelana.

Reyes Católicos para abajo, rúa do Hortas, desciendo cuidadosamente por aquello de los resbalones, llego a rúa Pomba y a mi hotel: “Pazos Alba” (le puse cinco estrellas en uno de tres a los ‘pesaos’ del google maps – o cómo quiera el patrón que se diga – que solo hacían que preguntarme).

Rendido de kilómetros y belleza, me tumbo y amanezco sin rechistar a tomar un café ‘americano’. ¡A matizar! Y… Volver a empezar. Por si el más basto de los detalles me pasó por alto.

Misa de doce en la Catedral. Botafumeiro en pleno rendimiento (diminuto…diminuto). Incienso hasta la desesperación. Gregorianos llenan mis oídos. Abrazo al santo patrón. Visita a una especie de urna plateada y grande que dicen que es donde reposan los restos del insigne apóstol.  Y poco más… y hasta la próxima.

Todo esto está escrito en primera persona del presente de indicativo. No es cierto. Nada hubiese sido igual sin que estuviera a mi vera la mejor compañera de viaje que jamás tuve ni tendré: mi hija María Dolores Breijo. A quien tanto amo y que, sin ella, solo hubiese sido un viaje de puro retorno.

¡Gracias por tan lindo viaje hija mía! Sin tu compaña no hubiese sido ni la media de la mitad.

¡Sólo nos queda Jerusalén! Aunque las gaitas no nos acompañen.

¡Roma y Compostela ya están cumplidas!

P.S.- Por unos días, solo por un pequeño rato, me olvidé de temas tan insoslayables como un gobierno nuevo y sin rumbo conocido. Plagado de personal capaz que no sabemos si apañará tanto asunto de acuciante arreglo. Ni de tener que deliberar que las «victorias, fueren las que fueren, siempre se consiguen en retaguardia».

¡ Lashanah Habaah Bi Yerushalayim, amada hija y camarada: falando galego!