Los trashumantes echan de menos que se gratifique su labor.

La romana parece que bascula en el sentido de la carga por muchos contrapesos que Manolo quiera poner. Y es que, a veces como en esta ocasión, en la vereda cunde el desánimo cuando te enfrentas a situaciones ridículas como la que protagonizó una señora que, con su vehículo, en plena Cañada Real, quería pasar a toda costa por mitad del rebaño para ir a su casa.

Son copos de escarcha que se clavan hasta producir heridas en el sentir ganadero de estas gentes que, dos veces al año, hacen camino al andar buscando mejoras para un ganado que, de esa forma, tiene asegurada dos estaciones: la que encontrarán al llegar al Valle de Alcudia lejos de los hielos de la Vega del Codorno, y la de regreso a mediados de Junio con un Parque Natural de la Serranía de Cuenca salpicado de flores que crecen en enormes praderas verdes por las que discurren las aguas cristalinas de los arroyos en el curso alto de sus nacimientos.

Pero no todo es idílico, comenta Manolo Cardo. La trashumancia no es tan bonita como la pintan o la pintamos. La vereda es cruel y se hace sin ayuda económica alguna cuando, los gobiernos, despilfarran miles de euros en campañas inútiles lejos de toda realidad y de nuestras fronteras.

No todo es idílico. Los seis meses que estarán las ovejas en la finca hay que pagarlos tanto si hay como si no hay pasto como ocurrió el pasado año en el que, la falta de lluvias, arruinó el tapiz vegetal y los hermanos Cardo tuvieron que alimentar al ganado con piensos que no son gratis.

Son los detalles de la trashumancia que empiezan a pesar sobre el ánimo de Manolo. Esos, el camino, la lucha contra los agricultores, la Cañada Real por la que no caben cinco ovejas y los conductores impacientes que no pueden esperar cinco minutos para que pase el rebaño. Y eso que, el ganado, abona tierras, aporta equilibrio, transporta semillas y limpia el campo.

Mientras que la diversidad y los ecosistemas están de fiesta, los trashumantes piden que se gratifique su labor.