Berta López y Pedro M. Fernández

Con el escenario ocupado por 65 sillas vacías, a la hora en punto se bajaron intensidades lumínicas porque, el momento, era el de encender las luces del alma. De eso se encargó Berta López, la presentadora de este Concierto de Cuaresma que, desde el principio, estuvo acompañada por Pedro María Ferrández García, cronista oficial de la cofradía de Los Morrajos. La de Jesús Nazareno. La música representa un papel esencial en las procesiones de Cartagena, dijo nada más tomar la palabra. La banda ocupa el lugar central del cortejo, entre los penitentes y el trono procesional y, la música, supone un todo. Tanto es así que, las marchas procesionales se convierten en conciertos pasionarios, dijo, al tiempo que lamentaban, ambos, parafraseando al comunicador Carlos Herrera, el problema que tienen las Semanas Santas: que todas se celebran en la misma fecha. Una lástima.

Y poco más porque, entre palabra y palabra, fueron saliendo los 65 jovencísimos componentes de la banda Unión Musical Cartagonova, surgida ayer mismo, en el año 2012, con su director al frente, Jaime Belda Cantavella: un veterano de la música que procede de bandas militares como la Agrupación de Infantería de Marina de Madrid que, como recordó, estuvo en Cuenca hace ya muchos años con la Banda de la Guardia Civil de Valdemoro. Pero de eso, dijo, quizás lo recuerden los más viejos del lugar.

Entrada de tambores y pífano

Se apagaron las luces y se encendieron los sentidos cuando, creyendo que iba a comenzar el concierto, dos tambores y un pífano, con uniformes de romanos y cubriendo sus cabezas con cascos adornados con plumas rojas, sorprendían al auditorio arrancando desde la puerta de acceso al patio de butacas llegando, así, hasta el escenario interpretando la marcha “Perico Pelao”   que era una introducción a la “Marcha lenta de los judíos” que es como llaman, en Cartagena, a los que desfilan de romanos.

La Unión Musical Cartagonova dejaba atrás el difícil  “San Juan”, de V. Victoria Valls, dejando escapar los nervios del arranque  empezando, a partir de ahí, a hacerse grande en la “Dolorosa” de A. San Nicolás y en la “Marcha lenta” de J. Oliver hasta  llegar “Santísimo Cristo de la Luz”, de Antonio Sendra, que arrancó los primeros bravos de la noche en un Auditorio lleno porque, recordemos, que se habían vendido las entradas a las dos horas de abrir taquillas.

Unión Musical Cartagonova

A partir de aquí, surgió la magia a pesar del tremendismo de “Mektub” de Mariano San Miguel que sirve para que un Cristo, en Tobarra, levante uno de sus brazos y dé su bendición. Estaba escrito, sí, que tras el descanso, continuara la magia entre la Banda  y el público nazareno de Cuenca, que tras el Vía Crucis del Amarrado, prepara ya su Semana Santa.

“Ecce Homo”, de José López Calvo, inició la segunda parte. Sirvió para que el director, Jaime Belda, cogiera el micrófono para agradecer a la Junta de Cofradías la confianza depositada en su joven Banda al tiempo que reconocía que, Cuenca, era ciudad de pasiones y de músicos como López Calvo, su profesor en Madrid cuando estudiaba música. Lástima, dijo, que no pueda estar aquí porque me han dicho que está muy mayor y delicado. Mandadle mi a brazo más emotivo, por favor,  dijo el director cuando atacaba la partitura de Juan Carlos Aguilar “Sombras de Pasión” al término de la cual, tomando el micrófono, hizo que se levantara el director de la Banda de Música de Cuenca para volver a decir que, Cuenca,  tiene la suerte de ser ciudad de músicos. Un tema, un concierto que llevaremos siempre en el corazón y que no olvidaremos en la vida, dijo el director Belda.

Jaime Belda

Siguieron la popular “Mater Mea” de Ricardo Dorado,  el casi poema sinfónico “Crucifixus” de José Alberto Pina y terminamos con la conocidísima “Madrugá” de Abel Moreno, a la que solo le falta la voz de alguien con duende en la garganta. Era el final con bravos y con salida de presentadora, cronista y responsables de la Junta de Cofradías para entregar los recuerdos de su paso por Cuenca. Pero, ese final, traía duende entre aplausos y guiños de Berta, la presentadora, cuando dejó que Pedro María Ferrández hiciera patria cartagenera al explicar algo que, para un servidor, era desconocido. Y es que resulta que el famoso pasodoble de Antonio Álvarez Alonso, “Suspiros de España”, se compuso en Cartagena por una sencilla razón: por sus “suspiros”, los dulces típicos de Cartagena, y por el bar cafetería que se llamaba “España” y al que acudía. Sonó el pasodoble como si de una marcha se tratara porque, a fin de cuentas, una marcha no deja de ser un pellizco de “canción española” para banda y orquesta.  Pasodoble evocador donde los haya, lleno de nostalgias que logró un ¡Viva España! poco antes de cerrar, definitivamente, un concierto que terminó con la marcha de “San Juan”, de Nicolás Cabañas, y que, en un principio, recordaba al concierto de navidad con la marcha Radetzky y los aplausos de los primeros compases.

Muchos aplausos y ningún agujero en el que pudiera esconderse el director Jaime Belda Cantavella que no sabía qué hacer ante tantas muestras de entusiasmo. Saludaba al público, daba la mano a los músicos más cercanos… Este concierto, servirá de muestra y, sépanlo, no lo olvidaremos nunca. Nunca. Me lo creo.

Audio. Perico Pelao

Audio.  Suspiros de España

Audio. Final de Santísimo Cristo de la Luz

Audio. Inicio de San Juan