Susana Fuentes Arcos

Las luces del alba llegaban cargadas de frío y pereza. Los olores tempranos traían el cálido rumor de las chimeneas y el pan recién cocido. Los pasos de los más madrugadores abrían la puerta al día, perfumado de cierzo.

El monaguillo escuchó atento las órdenes del cura párroco: “Las campanas han de doblar todo el día, hasta el anochecer”. El muchacho, algo sobrepasado, era consciente de la grandeza de aquel encargo.

Ese día, todos los vecinos del pueblo honraban a sus difuntos. Nadie merecía que sus oraciones no estuvieran acompañadas del insistente y lánguido sonido de las campanas y su música de luto. El crío, que no había cumplido los catorce, pensó en su madre; en sus manos cansadas, en la sombra que era ya su delgado cuerpo, y la imaginó llorando junto a la, aún tierna, tumba de su hermano, muerto dos meses atrás a los 19 años. Germán, que así se llamaba el diligente monaguillo, enjugó sus lágrimas y pensó que nadie merece morir a esa edad, y menos cuando las causas son tan ajenas a su día a día.

Torre de la iglesia. Fotografía de Juan I. de Frutos

El muchacho se puso el sayo que correspondía a su cargo y subió de dos en dos las escaleras del campanario. La torre desafiaba orgullosa el horizonte y gobernaba el pueblo altiva. Aquel día, sus dos campanas tenían que sonar continuamente, acompasadas y tristes. Cogió una cuerda con cada mano, contempló las calles, el humo de las chimeneas y, sin más compañía que la soledad y el viento helado, se dispuso a adornar con aquella música desolada las penas de sus familiares, amigos y vecinos. Desfile de ropas negras y flores tristes.

El reloj no había dado las doce y Germán se sentía preso del agotamiento. Las campanas eran pesadas; sus brazos, frágiles; y el desayuno, poco más que un minúsculo recuerdo. Las sogas empezaban a herir sus manos, un sudor frío regaba su frente, las piernas le temblaban… y cayó rendido al suelo. Creyó morir: había fracasado y decepcionado a todo el pueblo. Pensó en las viudas, en los huérfanos, en las mujeres que estaban limpiando las tumbas y en el aire mudo, sin aquella música de réquiem que él era el encargado de hacer sonar. Y lloró como el niño que era.

Pero en aquel estado de semiinconsciencia algo le sobrecogió: un sonido metálico y abatido que arrastraba siglos de pena y cierto eco de esperanza. Las campanas seguían doblando aunque él ya no tiraba de ellas. Germán no reaccionó. El miedo lo atenazaba. Aterrado, entregado al cansancio y envuelto en lágrimas, quedó atrapado en un profundo sueño.

Cuando despertó, el atardecer abrazaba el pueblo. Y las campanas seguían con su incesante y misterioso sonar. Las nubes rojizas traían a su cabeza la voz de su hermano difunto: “Lorenzo, ¿por qué el cielo está rojo?, le preguntaba él de niño cada tarde, cuando iban juntos a recoger las yeguas. “Porque la Virgen está haciendo pan”, le contestaba él. Y Germán sonreía. E imaginaba a una hermosa mujer horneando sabrosas delicias entre nubes. Aquella imagen le reconfortaba y reconciliaba con su estómago.

Sobrecogido, con una mezcla de miedo y emoción –sin saber por qué las campanas no dejaban de sonar y tambalearse–, se levantó, agarró las maromas y tiró con fuerza de cada una de ellas, moviendo esas pesadísimas y sonoras moles de hierro con rabia y un dolor que le encogía el corazón.

La mano del cura sobre su hombro le hizo dar un respingo y salir de aquel estado. “Lo has hecho muy bien, Germán, todo el pueblo está orgulloso de ti”, le dijo el anciano. “Ya puedes parar”. Germán bajó a la sacristía, se quitó el sayo y se arropó con un gabán que había pertenecido a su hermano mayor. Al caminar hacia su casa, exhausto y desconcertado, sintió la tentación de mirar hacia el campanario.

Desde la torre, la figura de su hermano muerto le dijo adiós. Luego se perdió para siempre entre el ocaso y la bruma.

1 de noviembre de 1938.

Día de Difuntos de cualquier lugar de España