Que el abajo firmante recuerde – y todavía recuerda más que lo que la prudencia aconseja-, nunca ha tenido, ni tiene – espero continuar así- proclividad alguna hacia nada que asemeje a los símbolos, estandartes o banderas de ningún tipo. De siempre me han resultado combinaciones  coloridas excesivamente  horteras, que no pegan ni con cola de esa nueva que , por lo visto, sirve para todo.

O animales gonfalones  pintarrajeados en gualdrapas que me inspiran el infierno más macabro que pudiera Dante imaginar.

Símbolos, estandartes y banderas
Francisco R. Breijo-Márquez

Si salvo la indumentaria de la selección italiana de futbol de los ochenta/noventa, de la que soy fiel incondicional, pocas otras mezclas coloreadas me agradan en representación de cualquier país. Más bien ninguna.

Resultan espantosas a mis miopes retinas. Empezando por la que se ha dado en llamar «la roja », es decir, la española: rojo semioscuro con azul claro y calcetines  (ya sé que se llaman medias) negras, siempre me ha parecido una mezcla insolente a la vista.

De las americanas y africanas, mejor ni hablar. Algún guiño me hizo la Holanda de Cruyff, pero poco tiempo. Y hace mucho tiempo. Tanto que era yo un párvulo chisgarabís.

Esto no es óbice alguno para que mi rechazo a tales amalgamas de infames colorines  se transforme en irrespetuosidad .  Ni por asomo.

¡Allá quien las soporte y las defienda por encima del bien, del mal y hasta del regular!

Cuando España ganó el mundial, me alegré, y no dije nada sobre las insufribles “vuvucelas” (creo que se llaman así), ni rechisté. Vi el partido en el Gabanna, con Toni sirviéndonos cerveza y en primera fila de una televisión sin voz (cosas del ayuntamiento, ya saben)

El «patrioterismo» no  lo llevo en los genes, creo. Si acaso el patriotismo y sin llegar a la sangre; con un poco de discusión poco enaltecida, me sobra y me basta.  Nada parecido a la frase mítica de “Mi Patria, con razón o sin ella”

¡No sé, me parece de pésimo gusto y peor elegancia llegar a más!

Eso de las imposiciones sin convicciones, me resulta agobiantemente estúpido. Y con ellas, también.

La exquisitez y – sobre todo – la belleza me superan, me subliman. Cualquier transgresión  que se pueda cometer contra ellas se me hace un pecado capital mayor que los siete que se pregonan desde el concilio de Trento. E intolerable.

No obstante, vuelvo a repetir, cualquier ofensa que se haga contra convicciones, creencias, ideas o religiones ajenas y opuestas las tuyas se me hace vileza.

Exigir que comulgues con ellas te guste o no en aras de un más que supuesto imperio del buen tuntún, ya me resulta algo innombrable.

Tampoco soy muy televisero. De vez en cuando enchufo el aparato al albur y me soplo algún programa medianamente entretenido. El “Intermedio” me salió el otro día. A veces me hace reír, o mejor, sonreír. A veces.

Un tufillo de humor claramente vástago de Groucho he podido comprobar. En mi respetable criterio, por supuesto. Alguna escena (‘sketch’ para los defensores de tal término) me hizo pensar “madre mía…la que les espera”; y así fue, pero muy poco por lo que he podido recabar. Era sobre Franco yacente en su ataúd, haciéndole la reanimación cardio-pulmonar, boca a boca incluido, y con una supuesta y más que estudiada torpeza, se cae el muñeco rodando por todo el plató.

Abusando de tan artificiosa torpeza supuestamente graciosa, el tercero de a bordo del programa, un tal Daniel Mateo creo, tuvo un acceso súbito de gripe flamenco-asiática (o algo así) y le vinieron estornudos incoercibles  no teniendo otra que limpiarse los mocos con la bandera española, roja y amarilla con símbolo constitucional en el tercio interno, que tenía a su derecha. Española o del estado español, que para el caso es lo mismo. ¡Patético sketch! ¡Lóbrega escena!

Estoy casi seguro de que alguien de los que vieron tamaña chapuza se rieron a base de bien. Un servidor no. Pasmado se quedó. Por mal gusto y peor delcadeza.

La falta de respeto, deferencia, cortesía, miramiento y –  lo peor – la falta de tolerancia que el mismo programa pregona fue, a mi buen y cándido juicio, intolerable se mirase por donde se mirase.

Hoy, que estoy que me repito más que bocata de ajos,  ya he escrito que para un servidor, ni símbolos, ni estandartes, ni banderas. Pero para todo aquel que sienta tales colores como Patria, debió sentirse ofendido hasta las trancas.

De igual – o parecida – manera que pudieron sentirse , si no ofendidos, si algo raros, algunas personas  cuando  Pablo Casado dijo algo así como que “demostrásemos lo españoles que somos poniendo una bandera bicolor en nuestros balcones”.

No más imposiciones por favor. Ni de los unos ni de los otros. Que cada uno ya lleva hecha – mal que bien – su propia mochila y no soporta que se la manoseen manos ajenas.

Lo escrito, que además de las faltas del sr. Mateo anteriormente mencionadas, la ausencia de humor con sketch  tan patán, resultó esplendorosa.

Y no todo, ni mucho menos, se acalla con una pedida de perdón más o menos estudiada también. Y estereotipada ya hasta el frenesí.

¡Fíjense que uno está convencido – claro que eso de ‘estar convencido’ es moneda de cambio común y dicho muletillero para todos, por lo visto-  de que a nadie agradó la limpieza mucosa con bandera roji-gualda (es decir, mismos colores que la ‘senyera’ y otras prendas gualdraperas de territorio español).

Tampoco es eso señor Monzón…tampoco es eso “la verdad que cuentan después de haber oído las noticias” precisamente.

Si pregonan el respeto y tolerancia criticando ácidamente – y con toda la razón- sus antónimos, hagan oídos ávidos a sus propias palabras.

Si no es molesto…si puede ser…

Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina. Full Professorship of Clinical and Experimental Cardiology at East Boston Hospital, Boston. Massachusetts. (On voluntary leave, currently)