Pusimos a la Virgen de las Angustias en un garaje. Un criadero de pollos en el que no cabíamos

Raíces de El Liberal.“El día que nací yo, qué planeta reinaría” cantaba Imperio Argentina la que, entonces, con otras estrellas como la Piquer, dominaba el panorama musical español de finales de los años cuarenta entre “tatuajes” y carteles en los que han puesto un nombre que, Juanita Reina, no quería mirar.

La Santa Misión. Mayo de 1966

Eran tiempos de año y vez. En blanco y negro porque colores, los justos cuando salía el arco iris del Señor porque llovía y hacía sol.

A Madrid, había llegado la Virgen de Fátima en 1948 tras un periplo europeo con el fin de que curase heridas de la segunda guerra mundial. Fue recibida por una multitud enfervorizada y, gracias a las imágenes del NODO, aún podemos ver la realidad de los hechos con miles de peregrinos e incontables enfermos en camillas y lo que llamaban, entonces, impedidos, recibiendo comuniones de manos de curas revestidos con amito, alba, casulla y estolas para la ocasión.

Esos tiempos, en blanco y negro, también eran los de Cuenca a donde, la Virgen de Fátima, llegó en 1958 para visitar pueblo a pueblo y barrio a barrio. Se estaba sembrando una semilla en nuestra sociedad que, poco a poco, fue enraizando hasta la mitad de la década de los años 60 en que todo sale a la luz gracias a la labor de la Santa Misión que, incluso años antes, ya dejaba cruces de recuerdo en nuestros pueblos.

Es la Cuenca en la que la Semana Santa duraba más de una semana y en la que, las carracas, sustituían campanas con sonidos de muerte. Semana larga en la que los cines cerraban con un fundido en negro y, por la radio, solo ponían música sacra.

Ese es el escenario de una Santa Misión que llega, y se instala en el barrio de Tiradores Altos, Santa Teresa, el 10 de Mayo del año 1966. Ese día, comienzan a escribir su propia historia. Y qué historia.

Si es que, cuando nos trajeron a la Virgen de las Angustias, dice Josefa Lanza asomándose a la ventana de sus 87 años, se comentó que como venía a la parte alta pues, eso, que  se comentó dónde ponerla para que estuviera cerca de los altos y de los bajos. Que si en el Cerrillo San Roque, el de Molina que es más alto…pero nos la trajeron aquí.

Santa Misión la Milagrosa y la tienda de campaña

La subieron con una apoteosis de recibimiento tremendo. Incluso el señor Obispo dijo una misa con el padre Rábanos que también estaba cuando llegó la Virgen. Fue algo grande porque el padre Marcial era muy echao palante y conseguía todo lo que pedía. Fue algo excepcional, sí, dice don Francisco Bermejo Bustos, cura párroco del Cristo del Amparo y de la Capilla hasta que la edad -83 cumplirá en Julio- y dos golpetazos fuertes directos a la salud, lo dejaran casi en la cuneta aunque los muebles de su cabeza los sigue teniendo muy ordenados: tuvimos que ponerla en una cochera, un criadero de pollos de Julio Sevilla y, claro, hubo que adecentar aquello lo mejor posible comenzando allí la Misión aunque, el espacio, resultó pequeño y no podía acoger a tanta gente como acudía. Por eso tuvimos que pedir una tienda de campaña al Frente de Juventudes, sigue contando don Francisco. Aquello era especial y se convirtió en el centro de la Misión la Milagrosa. Algo maravilloso. Estábamos muy lejos de todas las iglesias, añade,  porque gran parte de Santa Teresa era de San Esteban y, Tiradores Altos, también se quedaba lejos del Cristo que era la parroquia. Entonces, al hacer aquí el centro misionero, acogió a muchas personas que no podían desplazarse a otros lugares.

Basiliso Romero, en aquellos meses del año 1966 trabajó de albañil en lo que sería la capilla. Aquí no fallaba nadie a la misa diaria, dice al tiempo que enseña una fotografía de un libro titulado “Alma”, escrito por Jorge López, en el que se narra toda la historia de la que se cumplen, hoy, cincuenta años.

Dionisio Pardo, desde la distancia de sus 85 años, recuerda que aquella Misión es la que trajo esto. El hacer esta iglesia porque vieron una humildad y una fe en la gente que, hoy, es difícil de ver. Venir aquí la Virgen de las Angustias, a una cochera, toda una noche entera velada por el barrio es inenarrable dice Dionisio poniendo énfasis en su voz y evitando lágrimas de emoción cuando recuerda la visita de la Virgen y la noche en vela en la que no puedo estar porque trabajaba de panadero. Fue lo más grande que hemos visto en el barrio hasta hoy.

Estuvo poquito tiempo, dice  Josefa Lanza. El tiempo justo para darnos cuenta de que nos faltaba una capilla.

Lo primero que se creó fue la comunidad, dice don Francisco. Antes de que se hiciera la Capilla ya teníamos una comunidad que era lo importante y, además, la base para que ellos mimos se movieran porque fueron ellos los que construyeron la iglesia sin coste alguno para el obispado que solo dio el Sagrario. Lo hizo don Vicente Navales que era el Vicario General.

Llegada de la Virgen de Fátima el 14 de Mayo de 1967

El terreno que pertenecía a Lorenzo Patiño era mitad vertedero de materiales de obras y mitad campo yermo en el que  la tierra y los guijarros se peleaban por asentarse. Era todo un campo, recuerda Josefa. Y en ese campo, construirían la Capilla iniciando las obras lo antes posible como recuerda Basiliso. Vamos a empezar no sea     que se vuelva atrás y nos quite el terreno. Y todo porque el señor Patiño tenía fama de roñoso : sin embargo, me dijo que cogiera lo que hiciera falta dejándolo por escrito junto a unas líneas, también escritas, sobre la aparición de la Virgen de Fátima a los pastorcillos que es muy curioso de leerlo, sí. Asevera don Francisco.

Aquí había un vecino, dice Dionisio, llamado Pedro Lanza, que era el maestro de la obra, pa qué vamos a decir otra cosa, y aquí venia la gente a trabajar muy a gusto sin pedir nada a cambio.

Pedro Lanza era hermano de Josefa con lo que toda la familia estaba ahí, en la obra: mi marido con mi hermano, mi primo con su hijo y otro señor. Bueno, varios porque están sus nombres en la campana.

Don Francisco recuerda que decía la misa, el domingo, a las 12 de la mañana y la gente la seguía desde el puesto de trabajo. Desde los andamios. Es que, entonces, se trabajaba también los sábados y, claro, solo se echaban horas en las obras de la Capilla el domingo.

Qué milagro. Todo el barrio colaboró, dice Josefa. No tiene nada más que ver el suelo, mire usté. Había que poner un suelo para que no se viera la tierra y mírelo. Cada vecino trajo cuatro ladrillos, ocho ladrillos, quince ladrillos para poner el suelo. Después ha habido movimientos en el sentido de querer quitar el suelo para poner otro pero, la Hermandad y el barrio entero, se han opuesto porque el suelo tiene su historia como la tiene el agua que traíamos para la obra. Íbamos al vallejo ese de abajo, Josefa, o al que decían los carabineros. Una casa que había en lo que ahora es el Pozo de las Nieves.

Uno de los mayores problemas que se presentaron a la hora de cubrir la capilla, de hacer la techumbre, fue la madera de la que encargó Juan Jaén, el padre de Maria Luz: lo primero que recuerdo, dice, es cuando vino don Francisco a casa para decírselo a mi padre y, claro, a mi padre hacia muy poco tiempo que le habían quitado un riñón y no estaba recuperado totalmente. Pero le dijo, don Francisco que no le iba a fallar y, claro, en el taller donde vivíamos tenía que hacer lo de las vigas y tenía que salir a la calle porque no cabían. Las cortaba en la calle pero, ¿quién las sube a Fátima?. La subieron entre los amiguetes.

Milagros Muelas, de 80 años, ha pasado lo suyo porque su marido, que ayudó a Juan a montar las vigas, cayó fulminado por un infarto cuando llevaba en procesión –era el primero por la derecha- a la Milagrosa: mi marido no tenía entonces taller de carpintería y ayudaba, con Baldomero, a traer madera de la  Fábrica de Maderas llevándola después a un taller que había subiendo por Santa Lucía.

 María Luz Jaén, que nos había recibido en su casa, sigue recordándonos cómo su padre se movía como un gato por la estructura de madera: sin arnés, sin nada, como Dios lo dio a entender. Este hombre se nos mata por aquí, decíamos. Pero no. Cada vez que voy a Fátima parece que lo veo por allí, engarabitao todavía. Y la teja, añade Basiliso, íbamos a las casillas de las carreteras, las de los peones camineros, con permiso claro, y cogíamos la teja y aquí esta puesta.

Soledad López y sus hermanos a la llegada de la Virgen de Fátima

El padre Marcial fue el que más ímpetu puso para traer al barrio una imagen. Pero tanto él como Wenceslao regresaron a Valencia y, como cuenta don Francisco, le dejaron solo pero sabiendo que, el párroco, sentía una gran devoción por la Virgen de Fátima de ahí que, la decisión sería clara. Ir a Fátima a por la Virgen porque si la Misión fue en el año 1966, y la capilla se terminó en 1967, se cumplían 50 años de las apariciones de la Virgen de Fátima. Así que pensado y hecho. Nos fuimos a Fátima en tres autocares, unas 90 personas en peregrinación ese año, el del cincuentenario, en el que el papa Pablo VI estaría allí. Era el 13 de mayo de 1967. Oímos misa pero, antes, compramos la imagen. Había dos, pero yo escogí la que me pareció más hermosa que es la que tenemos.

Ese día llovió intensamente en Fátima y, el regreso a Cuenca comenzó a complicarse. Querían llegar a nuestra ciudad sobre las cinco de la tarde pero la realidad fue otra: llegamos a las 10 y media de la noche al campo de la Fuensanta y no sabes la de gente que estaba allí, esperando la llegada de la Virgen de Fátima, entre ellos el provisor don Salvador Alonso porque el señor Obispo estaba muy mayor y no pudo estar con nosotros. Pusimos a la imagen sobre unas andas y fuimos en procesión desde San Antón pasando por Calderón de la Barca, Carretería y Calle Real entre vivas, cohetes, arcos con cadeneta, la Banda de Música…

En una fotografía, en blanco y negro, Soledad López explica que, en ella, se ve a su hermano Miguel fallecido hace 15 años, a su hermano Ángel y a ella misma vestida de pastora para la venida de la Virgen. Mi madre me hizo el traje. Bueno, se fue a las Quinientas a pedir el traje y le hizo otro a mi hermano. El mayor como había hecho la comunión, lo vistió así.

Era el 14 de Mayo, día de Pentecostés, y aún dijimos una misa y ya, el 15, es cuando el señor Obispo bendijo la capilla, aclara don Francisco. Hizo una homilía como nunca le había oído “luego dicen que los obreros están lejos de la iglesia. Mirad, mirad lo que han hecho los obreros de Tiradores Altos, Mirad” dijo entre otras muchas cosas.

Declan Huerta, el párroco actual, afirma que hay conciencia de barrio.  Hay conciencia entre los que digamos que se sienten más cercanos al Cristo del Amparo por tradición o por familia, y los que se sienten de la capilla también por tradición, porque ya es tradición e implicación. Pero también es muy bonito que, cuando propones algo que hay que arrimar el hombro, las cosas salen adelante independientemente si está centrada abajo o en la Capilla. Y un elemento muy importante es la labor de Cáritas parroquial.

Al final de la antigua Calle Real, coronando esa especie de colmillo orográfico del barrio de Tiradores Altos, se encuentra la capilla de Fátima: aquí, por lo menos tenemos a la Virgen dice Josefa Lanza porque otra cosa no hay. Tenemos la Capilla y a mi Virgen.

Es que, ¿no ve usted? La Virgen parece un tulipán de guapa, dice Carmen San Julián. Es que con la Virgen de Fátima es pasión lo que tengo aunque no vengo todos los domingos a misa. Pero es pasión lo que tengo, dice Soledad López a la que se le atropellan los recuerdos de su madre fallecida hace ocho meses. Y más cuando  te enteras de que, últimamente, la procesión es de año y vez y que, la de este, pasa por su casa. Por eso su hijo cambió el turno para que, en este, lo pudiera ver su abuela pero mi madre murió hace ocho meses y no lo verá. Bueno, desde el lugar que le dio mi Virgen sí. Por eso le pido que la cuide.

Yo hay veces que miro parriba y se me caen las lágrimas. Me hago la fuerte pero lo imagino por allí arriba danzando con la vigas pero, bueno, imagino que la Virgen le habrá dado un buen sitio porque se lo merece. Eso es muy grande, dice María Luz Jaén con los ojos iluminados delante de su nieto, Marcos.

A un servidor, con tanta historia como hemos contado, lo que más le llega es el suelo de la capilla. Ese damero entrelazado que refleja, fielmente, el abrazo del barrio.