Pocas cosas tengo claras. Pocas.

Pero una de las que se salvan de la negrura es la seguridad impepinable de que el Murphy ese -o como quiera que se llame el muy   bellaco – la tiene tomada conmigo. Y no me abandona cual desodorante televisero en sobaco ajeno.  Eso si que lo tengo claro-cristalino.

Por si cuela el veintiocho de los corrientesAyer. Sin ir más lejos. Sobre las 14.05 pm. Suena mi timbre atronadoramente insistente. No suelo atender al mismo , salvo que la estridencia sonora afecte tanto a mis delicadas membranas timpánicas que me levante totalmente predispuesto a enfrentarme en singular combate al acosador de mis más íntimas fronteras.

En este caso, sin fisgar por la mirilla, no era un acosador, era una acosadora vestida de punta en blanco con ‘fular’ rosa estampado de mariposillas malvas muy acorde con su falda a media pierna de tonos amelocotonados exhalando un perfume tipo pachuli con dejes de aromas orientales más intensos que inundaron todo el piso y todavía perdura; acompañada de un individuo vestido de no sé qué.

Amablemente le digo a la fustigadora impertinente que qué puedo hacer por ella, en nombre de mi natural amor al prójimo y mi desprendimiento habitual hacia mis semejantes menos allegados, al tiempo que le reprocho muy cortésmente que eso no eran formas – ni siquiera maneras – de asustar al personal humano con tanto timbrazo impertinente y machacante (el día menos pensado he de ir al mediamark ese a comprar un timbre con tonos de “claro de luna” beetoveniano, sin dilación)

Se me presenta como una funcionaria del ayuntamiento, o del juzgado…(o de los dos al tiempo, que no me acuerdo bien), para darme la buena y envidiable nueva  de que he sido elegido por no sé quién para ser presidente de mesa electoral el día veintiocho de los corrientes así como que mi presencia en tales menesteres es totalmente inexcusable. Tras solicitarle su identificación preceptiva – que por cierto casi nunca hacen – le comento amistosamente que eso ya lo sé, que no hacia falta que se molestase en describírmelo, por Dios, que qué menos, que para eso estamos, para ayudarnos los unos a los otros sin ánimo alguno de endiñarle una puñalada trapera por la espalda en cuanto se diese la vuelta  ni nada parecido.

Aprovecho para preguntarle que si había visto al portero del inmueble, que de vez en cuando – mucho – se escaquea y se marcha a tomar muchos potes al bar de la esquina y a estar de perpetua cháchara con los parroquianos que haya por ahí.

Con su campechana simpatía – era más agria y dominanta que un funcionario beocio recién aprobada la oposición por enchufe, la verdad – me contesta que ella no ha visto a nadie, ni ganas. Que firmara en un papelajo la comunicación que me endiñaba y que considerara un honor el haber sido elegido presidente de una mesa electoral. Por más que le insistí en que tenía un cuadro crónico de diarrea intestinal con repercusiones mentales, contestó que era inexcusable. ¡Inexcusable!

A mi me lo iba a decir tan bella mocita remilgada. ¡A mi! Que estoy de honores presidenciales electorales hasta el corvejón y más allá.

El Murphy ese de los colindrones más mugrientos no se aleja de mi ni por despiste pasajero. Dale que dale…¡tres veces había tenido ya tal honor inexcusable! Y tres veces acabé para el arrastre hasta las tres de la madrugada pasadas en un juzgado con las actas de los resultados de las votaciones.

¡A mi me lo iba a a decir tan infecto personaje!

Y eso que esta vez tenía bastante convencido mi voto.

Como no hago otra cosa que endilgarme todas las palabras, frases y promesas – los hechos no, …¿para qué? – de todos y cada uno de los candidatos de los distintos partidos a competición, y todos -absolutamente todos y todas- me parecen a cuál mejor (primorosos, educados, seductores, altruistas y sus etcéteras…¡que es imposible dilucidar cuál va a ser más beneficioso para nuestras más ínfimas necesidades! A cuál mejor…imposible decidirse por uno solo), pues mi decisión era votarlos a todos, tomando todas y cada una de la papeletas de todos y cada uno de los partidos y meterlas en un mismo sobre, aunque abultase y costase introducirlo por la hendidura de la urna.

Igual ahora lo hago así ya que he sido premiado con el honor de ser presidente de mesa electoral y para eso mando yo entre vocales, apoderados, gulusmeros y toda esa panda que suele acompañar la honorable mesa electoral. ¿O no?

Yo lo haré y si cuela…cuela.

Tengo entendido que solo tienes el honor de presidir una mesa electoral si sabes leer, escribir y las cuatro reglas. Pizca más o menos.

Y que es dificilísimo escaquearte por más que aduzcas enfermedad o deficiencia.

Pero ésta vez voy a intentar que no me pillen en renuncio alguno. Aduciré que me está aflorando la enfermedad de “Von Schnitzler – Rosenzwig” consistente en fases hiperagudas de desorientación y daltonismo con unas dosis de hipermetropía y movimientos involuntarios (o muy voluntarios) de las extremidades distales con tendencia a meter los dedos de las manos en los ojos de los concurrentes.

Es una enfermedad rara y benigna, con tendencia a la resolución espontanea. Pero que cuando da…da, como cualquier niño de cinco años ya sabe comprender.

Por si cuela. Que tantos honores me desbordan y sonrojan mi natural modestia.

Y si cuela, le coloco en los morros a la deliciosa funcionaria la decisión. Al muchacho acompañante no le digo nada, que el estuvo calladíto y sin molestar.

¡Por si cuela!

P.S.- Mecaguen en el Murphy ese o cómo se llame… y en toda su calaña.

¿A que no me libro de tan excelso honor?

Firma invitada: Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina. Full Professorship of Clinical and Experimental Cardiology at East Boston Hospital, Boston. Massachusetts. (On voluntary leave, currently)