Plaza Condes de Priego, domingo, primero de diciembre de dos mil diecinueve.
Plaza Condes de Priego, domingo, primero de diciembre de dos mil diecinueve VII edición de la Subida a la Degolla
Fotografía de Juan Pérez

Con una noche y madrugada pasada por agua en abundancia, confiaba en que la diosa Niké intercediera y nos regalase una mañana para su propia gloria y honor.

Y amaneció Priego envuelto en nubes aterciopeladas, casi de algodón, nubes etéreas que abrazaban hasta fundirse en un abrazo eterno con los gigantes pétreos sobre los que se postra la ciudad de Priego.
No había marcha atrás, los ruegos y letanías habían surtido efecto. Nada se interpondría entre la gloria y el triunfo del deporte.
A primera hora de mañana, un sin parar de gente se esforzaba en los preparativos previos de una carrera deportiva que se preveía épica
Comandados por el incombustible Angel Llorens, como una danza ensayada cienes de veces, todos sabían lo que hacer y en que momento.
Y es que ese es el trabajo más ingrato y poco reconocido, el de las personas que hacen posible que una carrera tan importante como la nuestra pueda ser posible.
Los primeros atletas empiezan a hacer acto de presencia en la plaza Condes de Priego ataviados con una amalgama de colores vivos que desde la lejanía parece un baile de mariposas.
Mientras Guardia Civil, Protección Civil y organización van ocupando sus posiciones para garantizar la seguridad de la carrera, los atletas van recogiendo sus dorsales en una caseta preparada para lo que se ha convertido en todo un rito.
La expectación va creciendo a medida que los valientes corredores se preparan en la línea de salida dispuestos a serpentear por montes y oteros risueños modelados por miles de años de erosión y de nuestras aguas de vida.
El chupinazo marca el inicio de la carrera. Desde mi atalaya privilegiada les animo en su peregrinar mientras hago una rogativa para que vuelvan todos sanos y felices.
El Puente Liende, la Degollá, la Atalayuela y el Chorrilo, son testigos del pundonor de estos.deportistas que a su paso se transforman en gladiadores invictos.
No hubo sorpresas en la línea de meta. Ganó la liturgia del mito, ganó la amistad y el afecto, pues para el que os escribe estas líneas todos son ganadores.
Mujeres y hombres que han derramado sangre, sudor y lágrimas para fundirlas en una tierra en la que jamás se sentirán extraños.
Gloria a Vosotras y vosotros!
Por Jorge Juan Orusco Pérez.