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Pilares

Por Liberal de Castilla
viernes, 12 de diciembre de 2025
en Opinión
Tiempo de lectura: 4 minutos
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Pilares
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Aunque algunos me siguen calificando como “insultantemente joven” -cada vez menos- siempre he tendido a considerarme “viejoven”. Los que me conocen bien, lo corroboran; y mi edad musical en Spotify lo certifica.

Eso y haber nacido y crecido en mi pueblo me hacen reconocerme con suerte, pues veo y conozco a mi “familia grande”, que es como me gusta llamar a mi pueblo. Quien tiene un pueblo sabe que los vecinos son como una familia extensa: los ves todos los días y si te lo cruzas por el pueblo le haces un gesto con la cabeza, pero si te lo encuentras fuera del pueblo, lo saludas con entusiasmo. Aunque no sea familia, hay algo invisible que te une.

Eso es un pueblo como Dios manda; y el mío lo es. Y un buen pueblo también tiene sus “pilares”: Esas personas que, cuando están, hacen que todo marche con normalidad; pero cuando ya no están, su ausencia se ve y se escucha.

Pilares

Hace una semana el pueblo lo invadió un espeso silencio durante horas. Antonio, el Mezquito, nos había dejado solos. Los gritos de su bar se convirtieron en silencio cuando cuatro amigos lo sacaban a hombros de la iglesia y la multitud de personas que aguardábamos en el callejón no pudimos hacer más por él que callar y llorar.

Antonio es un pilar.

No sólo su bar, que se describe por sí mismo por quienes lo considerábamos nuestra casa, sino él. Padre, marido, hermano, tío y Amigo. Era un hombre que, como bien dijo Pablo en su funeral, tan pronto te echaba con el botellín a medias, como no dejaba que te fueras del bar. Y así era siempre. Fue generoso, mucho. Fue dulce, y también arisco. Pasó épocas de profundo dolor y otras de gran satisfacción. Como todos en esta vida, recorrió un camino de grises, y ahí seguía, luchando con dignidad.

Si le queríamos tanto, por algo sería.

Y cuando un pilar que sostenía una parte importante del pueblo se va, la estructura se desquebraja. ¡qué pueblo se nos queda sin él! Uno distinto, seguro.

Los pilares de un pueblo marcan épocas, y cada época tiene los suyos. Lo que para una generación fue imprescindible, para otra puede ser solo un recuerdo, o incluso un nombre apenas escuchado. Haber crecido en mi pueblo me ha dado el privilegio de conocer a muchos de esos pilares vivos; mi juventud, en cambio, me ha impedido conocer a otros que fueron igual o más importantes para mis padres o mis abuelos.

Si le pregunto a mi abuelo Bautista, me habla de hombres y mujeres que murieron antes incluso de nacer mi padre, pero que fueron fundamentales en su tiempo. Y con eso basta. Lo mismo ocurre con mi padre, Fernando, y con tantos otros mayores. La suerte de un pueblo es contar con “instituciones” humanas que sostienen la memoria colectiva y que —aunque no siempre lo admitamos— solemos valorar cuando ya no están.

Algunos no necesitaron grandes gestas: les bastó ser exactamente quienes eran para dejarnos una huella imborrable.

En estos momentos me puedo acordar del Tuertecete, al que me solía cruzar subiendo de Argelete dirección a la Plaza; de Poli, con su silla de ruedas y su gorrilla, sentado al sol en la puerta de su casa, frente al almacén; de Rosario, que con tanto cariño me bordó unas toallas que mi abuela me regaló a modo de ajuar cuando me fui a estudiar a la universidad; de Juan, el Vasco, con su voz grave, y su sonrisa de hombre bueno; de José María y de la Sole, la del bizcochero -el limón de la Virgen ya no nos sabe igual sin ella-; de Moisés y Andrea, que no se podía ser más dulces y buenos que ellos; de Jose e Hilaria, sin los que no podemos entender Casalonga; de Antonio “el Colorao”, que me parecía un gigante cuando era pequeño y que tenía un corazón que no le cabía en el pecho; o de Guillermo y Alicia, un hombre bueno donde los hubiera, y una mujer fuerte y valiente que no podía ocultar -ni quería- el orgullo por los suyos; o de Álvaro, que, en su sabia juventud y con su breve vida, nos dio una lección de dignidad y superación.

Recuerdo también a Genarete, a Popo, a Nico, a Ángeles, a Pascual, a Amparo, a Elvira, a Miguel “yegüecilla”, a Cipri, a Correcalles, a Sacramento, a Conrado y a Ana, a Velero y a su mujer, a Segundete, a mi abuela Cristi… y tantos más. Qué larga y dolorosa se hace la lista.

No puedo nombrar a todas las personas con las que reconozco mi pueblo y con las que he tenido la fortuna de coincidir. Ni están todos, ni pretendo que lo estén. La lista de nuestra memoria siempre queda abierta, siempre por escribir. Tampoco puedo nombrar a quienes no conocí, incluido mi propio bisabuelo, porque sería un ejercicio imposible.

Pero todos ellos fueron imprescindibles en su momento. Todos dejaron su marca, grande o pequeña, y con ella ayudaron a construir el pueblo que hoy somos. Con luces, con sombras, con grises: el color verdadero de la vida.

Quizá por eso, cuando se marcha alguien como Antonio —o cualquiera de aquellos que nombramos sin dudar cuando pensamos en “nuestro pueblo”—, uno siente que pierde un trocito de sí mismo. No es sólo que falte una persona: es que se apaga una voz que acompañaba nuestras rutinas, un gesto habitual, una forma de estar en el mundo que dábamos por hecha.

Y entonces, casi sin querer, miro atrás y me doy cuenta de la suerte que he tenido. De la suerte que tenemos quienes tenemos la familia grande del pueblo: crecer rodeados de gente que nos enseñó, sin manuales y sin discursos, cómo se quiere, cómo se trabaja, cómo se llora y cómo se sigue adelante y que son tu familia aunque biológicamente no lo sean. Gente que, con sus virtudes y sus manías, con sus luces y sus grises, nos construyó un lugar al que siempre podemos volver.

Porque al final, un pueblo no son sus calles ni sus fiestas, ni siquiera sus historias. Un pueblo son sus personas. Las que están, las que estuvieron y las que seguimos recordando aunque ya no podamos saludarlas por la calle.

Y quizá esa sea la mayor herencia que nos dejan: que cada vez que pronunciamos sus nombres, aunque sea en voz baja, el pueblo vuelve a encenderse un poco. Y nosotros también.

Gracias por ser nuestros pilares.

Gracias por tanto, Antonio.

 

Opinión de Alejandro Pernías Ábalos

Tags: Opinión Cuenca
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