A veces – muchas veces – no puede uno evitar volcarse sobre estas malditas teclas, que no funcionan como debieran, haciéndome  trabajar más de lo debido, y proclamar a todo aquel ser viviente y lector que quiera leerme la serie de verdaderas tonterías que están ocurriendo en este país que llamamos España.

Padres e hijosPor mucho que los gerifaltes recién constituidos (Sr. Iglesias, comenzó para muchos siendo un casi ‘ídolo referente’ en sus albores y, ya ve usted, ahora sólo es un vicepresidente enmendando la plana a casi todo lo que anatemizaba. Quién te ha visto y quién te está viendo)  intenten contrarrestar  con soflamas y tonos “perdonavidas” como diciendo : “… qué más se les puede pedir a estos ignorantes soplagaitas ( o sea, los que no comulgamos con sus  más que demagogas y tontas consideraciones) que no saben hacer la ‘o’ con un canuto…ayyyy señor…” a las justas y dignas apreciaciones sobre aquello  que han decidido en imparcial, decente , cabal y – sobre todo – constitucional consenso de veintitrés (¿o son veintidós?) señoras y señores, sentados en larga mesa de pura madera de caoba, decidiendo por unanimidad y obligado cumplimiento en el nombre de la sacra democracia que les ha puesto ahí tras arduas, peliagudas e interminables sesiones de «dialogo-dialogo-dialogo».

A mi me parece muy bien que hayan llegado a una anuencia para conseguir por fin crear una especie de gobierno nacional y aprobar unos presupuestos generales para y del estado , que , por cierto y a mi pesar,no he tenido tiempo ni ganas de leerme: Total, todos querríamos más; como siempre.

Pero de ahí a afirmar que los hijos no pertenecen a los padres…¡menudo abismo!

«No podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres» han dicho que ha dicho, por lo que he podido cotejar en varios medios de comunicación, una tal Celaá.

En respuesta, parece ser, a que en una región española – ésta no pretende todavía denominarse país , ni nacionalidad, ni pamplineras tonterías de esas (estoy repitiendo la palabra tontería, porque no podría denominarlo de otra manera) – se ha propuesto poner una especie de “Personal Identification Number” – o PIN en sus siglas – parenteral a la hora de decidir si los hijos habidos en en núcleo familiar católico, apostólico y romano, naturalmente, deben estudiar unas determinadas materias y otras nazing de nazing.

Uno, a manera de ejemplo, también tiene sus hijos e hijas. Rompiendo además todas las estadísticas de índices de natalidad, habidos y por haber en mucho tiempo, pienso yo. ¡Seis, entre varones y hembras -repito…¡hembras! – !

¿Ahora resulta que después de haberlos mantenidos limpios, bien alimentados, bien abrigados, educados en las formas al uso para que no desentonasen en el medio hostil y pedante que nos rodea, de darles la paga semanal que -según ellos y ellas – les correspondía; de matricularlos en su correspondiente escuela pública (uno es de lo público, francamente) y en sus varias variedades de estímulos extraescolares – llámese bailes regionales, guitarra clásica o yé- yé, idiomas diversos en dependencia de la moda, taicuondo y sus etcéteras (con el correspondiente apoquinamiento de lo que costasen los trajes y demás enseres) – y sin ayuda estatal que me aliviase la cécécé, resulta- digo – que no son míos, que no me pertenecen?

¿Nadie de ustedes, queridas y queridos lectores que tengan a bien, ha oído alguna vez, aunque solo haya sido una vez, aquello de “…mientras vivas bajo mi techo, harás lo que se te dice y se dicte en esta casa; en caso contrario, ya sabes, coge el portante y a vivir que son dos días  (en armonioso contubernio con tu consorte, pareja, piba (o pibo)  o socia – en mi caso – en tan vastos menesteres, ni decir tiene)…?” Pues yo sí. Pura libertad de decisión, como bien puede sonsacarse.

Igual – que va a ser que no – no me pertenece alguno o alguna (raro…rarooo) pero, qué quieren que les diga señores ministros, ministras y sucedáneos, por aquellos tiempos no existía eso de las pruebas de ADN ni maldita la falta que me hacían ni me hacen.

Si no pertenecen a los padres, señora Celaá, ¿a quién pues?: ¿Al estado, a su gobierno, al hombre del saco o al vecino del sexto quizá? ¿Tal vez a su impresionante y lúcida capacidad de decisión infantil?

Pertenecer no significa en absoluto tiranizar, ni avasallar, ni oprimir ni restar criterios propios y de cada cuál, vástagos incluidos, por supuesto. O al menos, así lo entiende éste que lo es.

Si bien uno, a manera de ejemplo, tuvo que estudiar una asignatura llamada Formación del Espíritu Nacional (FEN en sus siglas) en sus últimos coletazos y en su tierna adolescencia, ni me formé, ni tenía espíritu, ni nada similar al respecto de tal materia. ¡Ni siquiera sabía qué narices era lo que entonces  llamaban la “gloriosa guerra de liberación”! Y el rojo y el azul pegan fatal a mi sutil y delicado gusto.

Por tanto, señora Celaá, señor Abalos, y todos los demáses, no deberían ni siquiera intentar poner a caldo a quienes no comulgan con sus dichos – de sus hechos ya sería harina de otro costal – puesto que, a lo tonto-tonto , de puntillas y por lo bajini, nos están incitando a muchos a compartir demasiadas cosas con una camarilla más o menos hostil, que cada vez se nos va haciendo más sensata y acertada a muchos de los contribuyentes de esos presupuestos generales tan denodados y tardíos.

Un servidor, a manera de ejemplo, en su tierna adolescencia, dependiente cuál era de parné ajeno, o llegaba a casa sobre las diez p.m. – fuere invierno o verano -, o sancionado sin postre ni parranda por lo menos diez o doce días. ¡Y chiton!

Mientras estén mis vástagos bajo el techo que mantengo, soy yo y no ustedes quien decide qué normas han de seguir y cuáles no. Que si “la tierra es para quién la trabaja”, imaginen los hijos de quienes son…

Actuando sin sectarismos. Sin fanatismos. Sin partidismos. Sin empecinamientos. Sin cabezonerías. Sin tonterías.

Con pura y ecuánime sensatez…¡sobra y hasta basta!

Barran su casa y acomoden a sus huéspedes adictos, que la mía (y la de otros muchos) la llevo yo a mi gusto, placer y desahogo.

 

Firma invitada: Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina.

 
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