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Más de un centenar de directivos de las hermandades de la Semana Santa de Cuenca se forman en religiosidad, puesta en escena e impacto económico

Por Liberal de Castilla
martes, 10 de febrero de 2026
en Sociedad
Tiempo de lectura: 12 minutos
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Más de un centenar de directivos de nuestras hermandades de Semana Santa participaron el pasado viernes, 6 de febrero, en la II Jornada de Convivencia y Formación organizada por la Junta de Cofradías. El objetivo de la actividad, que ha superado con creces las expectativas y la participación de la primera edición, celebrada en 2025, es mejorar la gestión de nuestra Pasión en aspectos capitales como el económico, el relacionado con el orden procesional y la formación y práctica religiosa.

“Muchas veces se nos olvida realmente lo que somos, para lo que estamos y lo que representamos. Nos centramos en cosas que, si bien son importantes, la esencia y lo que nos da sentido es nuestra formación religiosa”, reflexionó el presidente de la Junta de Cofradías, Jorge Sánchez Albendea, en la apertura de la jornada. Además, abogó por que sean los directivos de las hermandades “esa punta de lanza” en formación y que “lo transmitamos a nuestros hermanos”.

La jornada contó además con la asistencia en pleno de la Comisión Ejecutiva de la Junta de Cofradías.

La procesión que va por dentro

El dean de la Catedral, José Antonio Fernández Moreno, fue el encargado de abrir la Jornada con formación en la fe y la religiosidad. Para ello, ofreció una profunda e inspiradora ponencia en forma de itinerario de fe de Domingo a Domingo, centrada en la necesidad de construir la Semana Santa de Cuenca “desde dentro”. Bajo la premisa de que la celebración pasional es una realidad viva e inacabada que se debe renovar cada año, Fernández invitó a los nazarenos a realizar un viaje introspectivo, vinculando cada desfile procesional conquense con una actitud espiritual concreta.

“La cara es el espejo del alma y nuestra Semana Santa, la que se ve en la calle, debe ser reflejo y manifestación de la otra procesión que va por dentro”, afirmó Fernández al inicio de su intervención, subrayando que ser nazareno es, ante todo, “un estado del alma”. Estructuró su intervención siguiendo el orden cronológico de la Semana Santa de Cuenca y proponiendo un examen de conciencia para cada día.

Del Domingo de Ramos y la procesión del Hosanna destacó Fernández la necesidad de trabajar nuestra coherencia como nazarenos. Alertó sobre la facilidad con la que se pasa del entusiasmo del ‘Hosanna’ al drama del ‘Crucifícalo’. Instó a los hermanos a buscar una unidad de vida donde “lo que dicen los labios lo profese el corazón”, evitando la disonancia entre la vida pública y la fe privada.

Del Lunes Santo y la procesión de las Siete Palabras llamó a trabajar “el amor por la Palabra”. Frente al silencio exterior del Lunes Santo, Fernández propuso el amor por la Palabra de Dios. Invitó a los presentes a no tener la Biblia como un mero adorno, sino a escucharla con devoción y anhelo, permitiendo que sea “luz en el sendero”.

Para el Martes Santo y la procesión del Perdón eligió José Antonio Fernández la misericordia. “La misericordia se ríe del juicio”, recordó. Vinculando este día con el sacramento de la Penitencia, exhortó a los nazarenos a vivir un perdón transformador, que no sea un mero trámite o protocolo, sino una realidad sentida que nos mueva a perdonar a los hermanos de la misma forma que somos perdonados por Dios.

Del Miércoles Santo y la procesión del Silencio reflexionó Fernández que el del cristiano, el del nazareno de Cuenca, es en realidad un silencio habitado. En una sociedad calificada por José Antonio como “sorda y aturdida” por el ruido, el Miércoles Santo debe ser una escuela para interpretar y buscar el silencio. No un silencio vacío, sino “un silencio habitado y elocuente” donde Dios se manifiesta.

Más de un centenar de directivos de las hermandades de la Semana Santa de Cuenca se forman en religiosidad, puesta en escena e impacto económico

Para el Jueves Santo eligió Fernández el valor del servicio y de la paz, representados en el propio nombre de la conquense procesión de Paz y Caridad. Definió la paz verdadera no como un tratado firmado, sino como un estado del corazón y un don del espíritu. Vinculó esta paz a la caridad del ágape (amor gratuito), recordando que, al igual que en la Eucaristía, que evoca el sacrificio de Cristo en la Cruz, el cristiano debe “partirse y repartirse” por los demás sin esperar nada a cambio.

Para abrir el Viernes Santo con la procesión Camino del Calvario, José Antonio llamó a los nazarenos a abrazar la Cruz. Haciendo alusión a la cinematografía de La Pasión de Mel Gibson, destacó que cargar con la Cruz no es un fastidio, sino un “signo de amor”. Invitó a los nazarenos a identificar su propia cruz y las de los demás para actuar como cireneos, abrazando el sufrimiento propio y ajeno con fidelidad.

Continuó el Viernes Santo en el Calvario con una preciosa defensa de la fidelidad y la esperanza, valores capitales del cristiano y del nazareno, representados en la figura de la Virgen María. Así, para Fernández la procesión interior de este momento debe ser la de la fidelidad inquebrantable, a imagen de la Virgen María y el discípulo amado. “María nos enseña a esperar cuando el cielo todavía está negro”, señaló, llamando a confiar en que el Señor “hace nuevas todas las cosas”.

Concluyó el Viernes Santo con una reflexión sobre el Santo Entierro en la que defendió la fe ante la muerte. Abordó el misterio de la muerte desde la esperanza cristiana, afirmando que “nada nos separará del amor de Dios”, tal y como escribió San Pablo. Invitó a aprender a “morir” en las pequeñas limitaciones diarias y a despojarse poco a poco de las cuestiones de la vida, como preparación para el encuentro definitivo con Dios.

Para el Sábado Santo y la procesión del Duelo reservó Antonio Fernández la promoción de la empatía cristiana. Distinguió en este punto entre la resignación (que, aseveró, no es una emoción cristiana) y la esperanza cristiana y exhortó a “llorar con los que lloran”, practicando una empatía activa y estando cerca del que sufre para consolarlo desde la fe.

Para el Domingo de Resurrección dejó quizá la reflexión más militante para el nazareno, inspirada por aquellos que no lucen capuz, sino bonete: la de ser, en Semana Santa y fuera de ella, cristianos a cara descubierta. José Antonio Fernández puso el foco en la Resurrección como el patrimonio inalienable del cristiano: “No estamos abocados a la muerte, estamos destinados a la vida”, proclamó. Utilizando la metáfora del nazareno que se quita el capuz, en analogía con los hermanos del Resucitado conquense, finalizó con un llamamiento valiente al testimonio público: “Nuestra sociedad necesita cristianos a cara descubierta, que no se avergüencen de dar la cara por Jesucristo, aunque a veces nos la galleteen”. Animó a las hermandades a vivir con el “sano orgullo” de ser hijos de la Resurrección, buscando los bienes de arriba y llevando la fe desde los templos a la vida cotidiana.

Consideraciones sobre las cofradías en la calle: el desfile procesional

La segunda ponencia, ofrecida por el profesor de Educación Secundaria, investigador y experto en Semana Santa, Francisco Javier Moraleja, reflexionó sobre la Semana Santa y sus señas de identidad, para profundizar en busca de lo que nos es propio, sentar las bases de la esencia de la Semana Santa de Cuenca, desterrar mitos relacionados con las presuntas influencias externas y ofrecer criterio a la hora de continuar trabajando y enriqueciendo nuestra Pasión.

Mediante una cuidada selección de imágenes de diferentes épocas y distintas representaciones de la Pasión de todo el país, Moraleja ofreció una ponencia crítica y documentada en la que desmontó varios tópicos históricos y analizó la estética procesional conquense en comparación con otras Semana Santas de la geografía española. Bajo un enfoque riguroso, Moraleja defendió que la Semana Santa de Cuenca posee una “personalidad única” y una “categoría estética extraordinaria” que ha sabido mantenerse fiel a su esencia barroca, resistiendo mejor que otras ciudades a las modas historicistas o recreaciones artificiales.

Uno de los puntos fuertes de su intervención fue la desmitificación del concepto de “sobriedad castellana”. Moraleja fue tajante al afirmar que esta idea es una “creación ideológica de la época de Franco” utilizada para diferenciar regionalmente a Castilla, y no una realidad histórica de los desfiles procesionales antiguos. Explicó que las procesiones tal como las conocemos son barrocas (siglo XVII en adelante) y que la estética actual de muchas ciudades del norte, que intentan recrear un ambiente medieval o monacal, constituye en realidad una colección de reinterpretaciones modernas que no se ajustan a cómo se procesionaba en el siglo XVII.

Recordó Moraleja que, desde la conquista de Sevilla por Fernando III el Santo en 1248, “Andalucía es la mismísima Castilla”, y que hasta principios del siglo XX, las procesiones en el norte y el sur compartían la misma estética neogótica y barroca, con andas y hábitos muy similares. “Vayamos desterrando la idea de que todo lo que no sea austero es sevillano”, argumentó, explicando que históricamente no había grandes diferencias entre las procesiones de Andalucía y las de Castilla. La diferenciación, puntualizó, surge en el siglo XX con la revolución estética de Juan Manuel Rodríguez Ojeda en la Macarena de Sevilla y, por otro lado, con los intentos de ciudades como Zamora o Valladolid de “reconstruir” una Semana Santa de corte medieval o monacal. Así, elementos como el bordado, el uso de ciertos colores o el capuz no son exclusivos del sur, sino que responden a la citada evolución estética generalizada.

Moraleja destacó como gran valor de la Semana Santa de Cuenca su fidelidad al orden cronológico de la Pasión. Mientras que en otras ciudades castellanas se crearon cofradías nuevas con estéticas podríamos decir que de diseño (silencio, monacales) que rompían la narrativa, Cuenca mantuvo la estructura de los antiguos cabildos y hermandades (Vera Cruz, Santo Entierro), construyendo su Semana Santa sobre un relato continuista y coherente de los hechos evangélicos.

Más de un centenar de directivos de las hermandades de la Semana Santa de Cuenca se forman en religiosidad, puesta en escena e impacto económico

En su intervención, el investigador puso en valor elementos distintivos e identitarios de la estética conquense, citando los ejemplos de los madroños con que se ciñen a la cintura las túnicas, que son un elemento puramente conquense, y el de las tulipas. Explicó que su origen no es puramente estético, sino económico: surgieron en la Cuenca empobrecida y escasa en población del siglo XIX para ahorrar cera y evitar que el viento apagara los cirios. Lo que nació de la necesidad se convirtió, con el tiempo, en un elemento de elegancia y distinción, aportando además una sonoridad única al desfile con el entrechocar de los cristales.

Asimismo, desmintió que elementos como el Libro de Reglas o el incienso sean “copias sevillanas”. Aclaró que el Libro de Reglas se sacaba en las procesiones de toda España como una herramienta práctica y jurídica para resolver disputas in situ, y no como mero adorno. Hizo especial hincapié en el significado de la cola del hábito, desterrando el extendido mito de que es una herramienta “para ocupar sitio”, y aclarando que no es sino un signo de penitencia que el nazareno arrastra (o que antiguamente en Cuenca se llevaba sobre el hombro).

En un tono más exhortativo, Francisco Javier Moraleja llamó también la atención a los directivos de nuestras hermandades sobre el cuidado del hábito nazareno en Cuenca. “La gente viste el hábito impecablemente en casi todas partes, pero aquí a veces se descuida”, lamentó, criticando el uso de zapatillas deportivas o túnicas cortas. Instó a las hermandades y a los hermanos a recuperar el rigor y la pulcritud en la vestimenta como forma de respeto a la tradición, tal y como se hace en otras Semana Santas del mismo jaez que la conquense.

Para cerrar su intervención, Moraleja hizo hincapié en la importancia de la investigación como forma de conocer y conservar lo que de verdad nos es propio en Cuenca, señaló el déficit de investigación histórica que existe en nuestra ciudad, y animó a acudir a las fuentes documentales y actas para no hablar “de memoria” en lo que a la puesta en escena de nuestra Pasión se refiere.

Concluyó afirmando que la Semana Santa de Cuenca tiene una categoría estética envidiable y una personalidad más fuerte y mejor defendida que la de otras ciudades porque ha sabido filtrar las influencias externas. La clave de su éxito y de su futuro, según Moraleja, no está en buscar una falsa castellanidad austera, sino “en la mesura”: el equilibrio de las formas, la proporción y el respeto a una estructura que ha demostrado ser extraordinariamente sólida y bella. “Tenemos una de las Semana Santas con más personalidad, pero nos lo tenemos que creer conservándola”, finalizó.

El efecto de la Pasión: el impacto económico y turístico de la Semana Santa de Cuenca

La última ponencia, ofrecida por el catedrático de la Universidad de Castilla-La Mancha, Juan Antonio Mondéjar, analizó el impacto económico y turístico de la Semana Santa de Cuenca y la profunda influencia de la celebración en la ciudad y la provincia, actuando como dinamizadora económica, social y cultural más allá de los días de la Cuaresma y la propia Pasión. La de Mondéjar fue una ponencia técnica y reivindicativa, un ejercicio de consciencia, para que los nazarenos sepan claramente lo que supone su esfuerzo y sacrificio, también económicos, y tengan herramientas a la hora de negociar con las administraciones lo que es “una inversión y no un gasto”.

Mondéjar calificó la Semana Santa como el “buque insignia” de la ciudad, un motor insustituible que marca la temporada alta turística y que genera un retorno económico vital para Cuenca. Inició su intervención aportando datos sobre la evolución turística, señalando que la ciudad está volviendo a cifras previas a la pandemia, acercándose a los 200.000 viajeros y superando el medio millón de pernoctaciones en el acumulado anual, con un crecimiento notable del visitante extranjero. Destacó que el turista de Semana Santa es un perfil de alta fidelidad: “Es un cliente que repite; el que viene, vuelve”, afirmó, subrayando además la simbiosis indisoluble con la Semana de Música Religiosa, ya que ambos eventos se retroalimentan y son imprescindibles el uno para el otro.

Mediante el análisis de datos de telefonía móvil, el catedrático ilustró cómo el Viernes y Sábado Santo son los días pico de pernoctación, sumándose a un importante flujo de excursionistas (visitantes de un día) que dinamizan el sector servicios, la hostelería y el comercio local.

El núcleo de la ponencia giró en torno a la necesidad de cuantificar la riqueza que genera la Semana Santa. Mondéjar diferenció tres tipos de retorno: el impacto directo, es decir, el volumen de negocio generado por la propia actividad de las hermandades; el impacto indirecto, esto es, el gasto realizado por turistas y residentes en alojamiento, restauración y transporte; y el impacto inducido o efecto multiplicador, que es la dinamización general de la economía y el empleo gracias a la celebración.

Para ilustrar este potencial, Mondéjar comparó cifras de otras ciudades donde ya se han llevado a cabo estudios exhaustivos, como Granada (con un impacto de 141 millones de euros y más de 1.400 empleos) o Castilla y León (90 millones de euros). Se sirvió además del modelo de Málaga para poner en valor la singularidad conquense. Mientras que en la ciudad andaluza una parte significativa de los ingresos proviene de la venta de sillas y tribunas, en Cuenca las hermandades se sustentan fundamentalmente con las cuotas de los hermanos.

Mondéjar destacó un dato revelador: a pesar de la diferencia poblacional, la proporción de participación de los conquenses en sus desfiles es muy superior a la de grandes capitales. “La implicación social en Cuenca es altísima; aquí las hermandades no tienen ‘funcionarios’, tienen una base social que trabaja todo el año”, señaló, elogiando la labor de las Juntas de Diputación.

A modo de conclusión, Juan Antonio Mondéjar hizo un llamamiento claro a las instituciones públicas. Argumentó que, dado el “efecto multiplicador” que tiene la Semana Santa en la economía local, las subvenciones y ayudas que reciben las hermandades no deben considerarse un gasto, sino una inversión estratégica. “Estamos devolviendo a la ciudad mucho más de lo que recibimos”, aseguró. Por ello, reclamó a las administraciones una financiación “sostenida en el tiempo”, que no dependa de ciclos electorales ni coyunturas políticas, y que sea proporcional al retorno que la Semana Santa aporta a las arcas públicas y al tejido empresarial de Cuenca.

Finalmente, Mondéjar abogó por la realización de un estudio científico específico para Cuenca que permita cuantificar con exactitud este impacto económico, con el objetivo de que la Junta de Cofradías no tenga que “suplicar ayudas”, sino presentar resultados objetivos que demuestren que la Semana Santa es el pilar fundamental de la economía de la ciudad. “Todos debemos arrimar el hombro porque ninguno de nosotros es más importante que el resto”, concluyó.

Tags: Sociedad Cuenca
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