En Extremadura ha nacido una nueva disciplina política, mezcla de yoga, esgrima y literatura fantástica: el guardiolismo reflexivo. Consiste en decir hoy lo contrario de ayer con gesto grave, mirada al horizonte y una pausa teatral que sugiera pensamiento profundo, aunque el pensamiento sea, como el río Guadiana, subterráneo y ocasional. La protagonista de esta performance es María Guardiola, que ha elevado la contradicción a rango de método y la duda a programa electoral.
La escena es conocida. Declaración solemne. Titular rotundo. Rectificación al amanecer. Nueva declaración aún más solemne que la anterior, pero incompatible con ella. Y, para cerrar el círculo, una reflexión posterior “muy meditada”, que suele durar exactamente lo que tarda el micrófono en encenderse. Nunca sabremos qué dirá mañana después de esa profunda reflexión. No porque el pensamiento sea insondable, sino porque cambia de traje con la facilidad de un figurante en camerino.

El problema no es cambiar de opinión. Eso sería saludable, incluso admirable, si viniera acompañado de argumentos, datos y una pizca de honestidad intelectual. El problema es la coreografía: negar, afirmar, negar lo afirmado, afirmar lo negado, y todo ello con la misma voz grave, la misma ceja arqueada y la misma convicción de cartón piedra. La contradicción deja de ser un accidente y se convierte en un sistema de transporte público: pasa cada poco y siempre en dirección contraria a la anterior.
En Extremadura, donde la memoria colectiva es más larga que la agenda de un gabinete, el ciudadano asiste a este espectáculo con una mezcla de estupor y fatiga. No es que no entienda lo que se dice; es que ya no sabe cuándo. El calendario político se ha vuelto cuántico: una declaración puede ser cierta y falsa a la vez, dependiendo del ángulo desde el que se mire y de la hora del informativo. El gato de Schrödinger se ha afiliado a un partido y ahora preside ruedas de prensa.
La retórica del “lo estoy pensando” ha sustituido al viejo “lo prometo”. Antes se prometía lo imposible y luego se incumplía con pudor. Ahora se reflexiona en público, se duda con altavoz y se decide sin dejar rastro del razonamiento. La reflexión es una cortina de humo aromatizada con incienso institucional. Se invoca para ganar tiempo, para medir reacciones o para permitir que el viento de Madrid marque el rumbo del día siguiente. Reflexionar, en este contexto, no es pensar: es esperar.
El caso es que la contradicción, cuando se repite, deja de ser contradicción y se convierte en carácter. Y el carácter, cuando se gobierna, tiene consecuencias. Porque gobernar no es improvisar un monólogo interior, sino ofrecer una brújula. Si la aguja gira como una peonza, el mapa se vuelve un mantel de bar lleno de migas. Y en Extremadura, que no está para experimentos de laboratorio político, la gente pide algo muy simple: saber a qué atenerse.
Hay quien dirá que todo esto es estrategia. Que la ambigüedad es un arte y que la política moderna vive de ella. Puede ser. Pero incluso el funambulista más audaz necesita una cuerda tensa. Aquí la cuerda parece de goma y el equilibrio depende del aplauso del momento. Hoy se demoniza, mañana se dialoga, pasado se demoniza el diálogo. La coherencia, esa señora mayor que siempre llega puntual, se ha quedado esperando en la estación.
Mientras tanto, el discurso se adorna con palabras nobles: responsabilidad, estabilidad, respeto institucional. Palabras que suenan bien y no significan nada cuando se pronuncian con la boca llena de rectificaciones. Se invoca la responsabilidad para justificar lo irresponsable; la estabilidad para explicar el vaivén; el respeto institucional para vestir de terciopelo una puerta giratoria de argumentos. El léxico es impecable; la sintaxis, un jeroglífico.
Y aquí surge la pregunta incómoda, la que se murmura en cafés y se escribe en servilletas: ¿y si pusieran a otro candidato? Digo yo. No por crueldad, sino por higiene democrática. A veces el problema no es la partitura, sino el intérprete. Cambiar de candidato no es una derrota; es una señal de madurez. Reconocer que el traje no sienta bien y buscar otra talla. La política no es una boda indisoluble, aunque algunos la vivan como tal.
Extremadura no necesita una adivina ni un oráculo que consulte las entrañas del día siguiente. Necesita claridad. Un sí que sea sí, un no que sea no, y un quizá que se explique sin aspavientos. Necesita menos reflexión performativa y más pensamiento verificable. Menos ensayo general y más estreno definitivo. Menos titulares que envejecen en horas y más decisiones que resistan semanas.
Porque al final, la contradicción constante no desgasta solo a quien la practica; desgasta la confianza de quienes escuchan. Y la confianza, cuando se pierde, no se recupera con una rueda de prensa más larga ni con un tono más grave. Se recupera con coherencia, con hechos y con la valentía de admitir errores sin convertirlos en un método.
Mañana, sin duda, habrá otra reflexión profunda. Se anunciará con gesto serio y palabras medidas. Quizá contradiga la de hoy; quizá la matice hasta hacerla irreconocible. Nadie lo sabe. Esa es la magia del espectáculo. Pero la política, cuando se vuelve magia, suele terminar en truco barato. Y Extremadura, que ha visto pasar demasiados trucos, merece algo tan poco espectacular como fiable.
Así que sí, lo digo yo y lo dicen muchos en voz baja: quizá ha llegado el momento de pensar en otro nombre, otra voz, otra manera. No para humillar a nadie, sino para devolver a la palabra “reflexión” su sentido original: pensar antes de hablar, y no al revés. Porque gobernar no es un ejercicio de improvisación lírica, sino una responsabilidad que exige, como mínimo, no contradecirse antes de que se enfríe el micrófono.
Firma invitada: Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina.

