Hace tiempo que no me pongo delante de las teclas para intentar que mis opiniones  logren ser entendidas por los lectores que tienen a bien – o a mal, quién sabe nada – leer alguno de mis escritos. Tanto que, tendría que ponerme a buscar cuál fue el último y, francamente, me acogota la pereza. Y me aburre la búsqueda. O algo parecido debe ser. ¡Yo qué sé ya, ni me importa!¡Bastante sabré yo..!

Lecciones de una Vieja Sabia En esta vida...
Francisco R. Breijo-Márquez

Sospecho que era algo sobre el virus éste, que no nos deja un ‘alto el fuego’ según todos los noticieros – expertísimos; personas medias; medios de comunicación y otras calañas afines – y que no obstante, para este seguro servidor, siempre anduvo por ahí rondando (desde el Triásico como poco), aunque sin tanta fanfarria.

El virus, digo.

Quizá haya sido un articulo de D. Rafael López Villar, titulado « Sólo sé que no sé nada» el detonante que me ha impulsado a escribir el presente.

Y, por aquí ando, tecleando sin saber si será concluido o no. Presentado o no. Publicado o no.

Es demasiada madrugada y desconozco que me traerá la jornada por regalo-sorpresa. Otro disgusto….como si lo viera.

Es cierto lo que dice Platón en su “Apología de Sócrates” que dijo Sócrates,- puesto que, según mis datos, Sócrates ,como Cristo, no escribió nada de nada; igual es que no sabían escribir, no lo sé (qué sabré yo), pero lo que es “citas antológicas”, tienen para aburrir; inventadas, eso sí)  y corroboró Querofonte cuando le preguntó a la pitonisa de Delfos.

Y que pueden ustedes valorar su inviolable certeza desde esta frase lapidaria:

«ἀλλʼ οὗτος μὲν οἴεταί τι εἰδέναι οὐκ εἰδώς, ἐγὼ δέ, ὥσπερ οὖν οὐκ οἶδα, οὐδὲ οἴομαι ».

Un servidor, como no domina mucho el griego clásico lo ha tenido que ‘copiar – pegar’ por si acaso las criticas. Claro que, el griego actual tampoco es que lo maneje nada bien; más bien nada.

Pues eso, que salvando las insufribles distancias, un servidor no podría jamás ser el más sabio de los hombres – como dicen que le dijo la pitonisa al Querofonte , allá por Delfos o sus aledaños- cual Sócrates era. En absoluto (qué sabré yo).

Pues ya ni siquiera sé si no sé nada, o si – por un casual y a traición – sé algo de tapadillo o quizá de cacareos pasillales, que los hay a legiones.

O yo qué sé si sé o no sé…yo que sé (qué sabré yo): Delfos me pilla algo alejado para ir y preguntar, además que seguro que me confundo de sibila ( conforme creo yo que soy lo que menos me extrañaría sería no equivocarme) y pregunto a una cotilla de escalera cualquiera para que me adivine lo que le salga del sayo. Viaje en balde.

Lo que sí sé, o al menos intuyo que sé que lo sé, es que cada vez me permiten menos saber que sé o no sé. Y no salvo ni a Sócrates, ni a Platón, ni a Querofonte, ni a la hechicera Δεκελεύς (¡Hala, otro copypaste), ni a los maravillosamente pedantes sabihondos que dictan las órdenes y los protocolos (¿protocolos?) cada dos por tres y sin misericordia con los pobres otros mortales cual un servidor; que ni saben que saben ni son capaces de no saber cómo se sabe.

Estos últimos son los peores para un servidor. Es que me vuelven loco, mire usted; con la cabeza cual bombo, las neuronas bailando al compás del “cha-chá-chá” bombonero, sin permitirme siquiera un rato de asueto en que pueda ponerme a pensar si sé lo que sé, si se me ha olvidado lo que sabía que sabía puesto que nunca lo supe saber… qué sabre yo.

Total, que ésos últimos – como bien he escrito – me han hecho un verdadero majara con carnet acreditativo de tal, dispuesto a hacer oposiciones de no saber, a ver si consigo el puesto de bufón de Belfebú o de alguno de sus incondicionales. Fijo que apruebo. Y con nota… algo cobraré digo yo, aunque no sé, no sé…

No. Algunos no es que seamos “negacionistas” (qué estupidez de término tan manido en estos tiempos), es que… nos están haciendo tales mediante todos los medios que tienen a su alcance, que son inmensos por cierto. ¡Como se lo digo a ustedes! Pero…qué sabré yo.

A un servidor y a manera de ejemplo (los tengo a decenas , pero …que sabré yo; con uno basta que, en otro caso,…me ‘como’ las páginas), y aunque se va acostumbrando poco a poquito, no le encanta el hecho de llevar siempre máscara en ristre y en la calle, siempre y cuando guarde celosamente las distancias pertinentes. De hecho son una pura patraña las aserciones que aducen las  infalibles autoridades para obligar a llevarlas. So pena de multazo y tentetieso. O así me lo parece (qué sabré yo).

Aducen – siguiendo el único ejemplo, porque haber hay decenas – que en el aire callejero existen una especie de “aerosoles” – o algo así, que no acabo de saber qué son – plagados de virus y por ello es imprescindible llevar las máscaras a fin de no “contagiarnos” ni contagiar a los demás.

Pero, al tiempo, aducen también de manera inexorablemente determinativa e inviolable, la necesidad de dejar las puertas y ventanas del edificio que nos cobija de par en par, a fin de que se oree a raudales la morada y podamos respirar aire puro y limpio. (¿¿¿???)

¿Dejar abiertas puertas y ventanas de mi humilde habitáculo para que entre el purificador aire de la calle que está -según lo escrito previamente – petado de “aerosoles” y se anegue mi casa de “aerosoles” callejeros?

Pues sí que estamos bien, con la sensatez escondida en el último rellano.

Personalmente lo valoro como una pura e inmensa contradicción. Pero como ni siquiera sé (ni me lo permiten) que no sé nada…¡qué sabré yo!: Agachar la cabeza, empotrarme la máscara aunque no haga ‘juego’ con mi vestimenta. Salir a la p*** calle plagada de “aerosoles” y fumarme un L&M a dos metros de la terraza más próxima a sabiendas que mi casa está purificada con el aire callejero atestado de “aerosoles”. Porque ni siquiera sé (no me lo permiten) que no sé nada.

Cuando me acosan tales dudas y contradicciones, siempre acudo a una “vieja sabia” de cinco recién cumplidos y acojo sus sentencias cual agua bendita, palabra de Dios y verdad verdadera .

Por si gustan, se llama Dolores María Serrano Breijo.

Descubrí su inmensa sabiduría un día de frio manchego, sentada en el sofá de mi humilde alojamiento, muy de temprano.

Y me sentenció mirando al infinito de la pared de enfrente:

“En esta vida – abelopaco – yo no puedo coger frío; porque me pongo malita y mi madre, aún encima me regaña…” (sic. Textual, calcado,literal…)

Pura sentencia sabia y con moraleja final.

Sin necesidad de pitonisas, adivinas, hechiceras; fueren de Delfos o de Madagascar noroeste.

¡Ve usted! Eso sí que lo sé , me digan lo que me digan: Adoro a esa vieja sabia de cinco recién cumplidos…¡La adoro!

Firma invitada: Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina.

 
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