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La verdad secuestrada…, por la Delta Force (¿o por nosotros?)

Por Liberal de Castilla
domingo, 4 de enero de 2026
en Opinión
Tiempo de lectura: 6 minutos
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francisco-r-breijo-marquez
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Hay que reconocerlo: los próximos días serán un banquete para los fabricantes de bulos, los cazadores de clics y los redactores de titulares histéricos. Si algo genera más excitación digital que una historia con armas y petróleo es una historia con “Delta Force”, “Maduro” y “secuestro” en la misma frase. Las redes arderán, los foros se incendiarán y el algoritmo( fuere el que fuere) sonreirá satisfecho, mientras cada cual selecciona su verdad precocinada del día.

Vivimos el apogeo del relato inmediato, donde la complejidad molesta. Aquí no importan los hechos verificados, sino las emociones recicladas. Bastará con que alguien publique un video borroso, un tuit en mayúsculas o una fotografía fuera de contexto —ya lo imagino: hombres encapuchados, helicópteros, banderas confundidas— para que medio planeta jure haber presenciado la captura de Maduro en directo. Y el otro medio, naturalmente, asegurará que todo fue un montaje del imperialismo y sus lacayos mediáticos. La realidad, como siempre, quedará hecha polvo bajo el tacón de la propaganda.

Francisco R. Breijo Marquez

Pero vayamos por partes. Admitámoslo sin rubor: Maduro no despierta simpatías, ni dentro ni fuera de su República de las Aves Trinadas. Su liderazgo, siempre al borde del sainete, ha sido un manual de cómo degradar la credibilidad institucional de un país a base de discursos huecos y políticas erráticas. Es comprensible que produzca rechazo. Sin embargo, de ahí a celebrar ciegamente su hipotético secuestro va un salto ético preocupante.

Porque si el hombre es realmente culpable de lo que se le achaca —corrupción inmensa, violaciones de derechos, complicidad con el narcotráfico, y un largo etcétera que ni las fiscalías saben resumir—, entonces bienvenido sea el brazo extendido de la justicia, aunque adopte forma de comando estadounidense con gafas de visión nocturna. Pero si resulta que todo es otra coreografía geopolítica, otra de esas operaciones “quirúrgicas” que los estadounidenses justifican con palabras como “libertad” o “seguridad nacional”, entonces habrá que preguntarse qué demonios está haciendo Trump (o el Trump que lleva dentro cada norteamericano cuando se siente sheriff global) provocando una crisis que puede poner a media América Latina al borde del colapso.

Porque Trump —ese híbrido de vendedor de coches usados y mesías autocoronado— tiene una virtud que no se le puede negar: su capacidad de reducir cualquier ecuación moral a un simple problema de marketing. Si lo de Maduro sirve para desviar la atención de sus líos judiciales o de un Congreso hostil, adelante con los drones. Si sirve para inflar la épica nacionalista, perfecto: unas banderas, unos vídeos filtrados al Pentágono y Fox News convertirá el episodio en una nueva epopeya contra el mal. Pero si el resultado es otro polvorín hemisférico, ¿a quién le importa? La memoria política dura menos que un videoclip de TikTok.

Claro, nada de lo que ocurre en este tablero es inocente. Tras los discursos inflamados y los tuitazos, siempre hay petróleo, oro o rutas de narcotráfico. Y detrás de la pantalla de humo, los mismos de siempre: los que no dan la cara, los que financian, los que tejen alianzas en la sombra. En ese sentido, resulta instructivo el silencio monumental que rodea a Diosdado Cabello. Todos hablan de Maduro, de su huida o su captura, pero nadie dice ni mu de su fiel escudero, el hombre que durante años controló los resortes militares y económicos del régimen como quien toca una guitarra afinada al milímetro. ¿Por qué será? ¿Demasiado peligroso tocar ese nombre? ¿Demasiado útil mantenerlo invisible?

El poder real, el que no se fotografía, odia la transparencia. Y Cabello encarna precisamente eso: el poder opaco, subterráneo, el que prefiere manejar los hilos desde la penumbra mientras Maduro representa la caricatura ruidosa, la máscara mediática. Si algo enseña la historia de los regímenes autoritarios —y Venezuela ya acumula un manual de tamaño enciclopédico— es que la caída del líder visible no necesariamente implica el derrumbe del sistema. A veces, incluso lo fortalece, al ofrecer un chivo expiatorio que distrae a la opinión pública mientras los verdaderos beneficiarios del caos continúan en sus butacas.

En este escenario, tanto la izquierda como la derecha juegan su partida de espejos deformantes. La primera grita “soberanía” sin preguntarse qué soberanía puede defender un país cuya economía fue asfixiada por la incompetencia y la corrupción. La segunda clama por “libertad” mientras aplaude intervenciones que violan cualquier principio básico del derecho internacional. Los extremos se encuentran, como siempre, en el desprecio por la verdad.

Lo más preocupante, sin embargo, no es la acción misma —real o ficticia— de una Delta Force operando en suelo extranjero, sino la indiferencia con la que el público mundial asume esas noticias. Ya no reaccionamos con sorpresa, sino con la rutina del entretenimiento: “Así son estas cosas”, decimos, y pasamos al siguiente escándalo. La trivialización del conflicto ha alcanzado tal punto que las guerras entran en nuestra dieta informativa como snacks visuales. Y el peligro de acostumbrarse es que un día no quede ya nada que nos escandalice.

Mientras tanto, los bulos se multiplican como esporas. En cuestión de horas, habrá versiones para todos los gustos: que Maduro fue capturado, que fue rescatado por sus leales, que está refugiado en Cuba, que lo clonaron, que negocia con los rusos… todo con fotos de hace tres años y voces dobladas con acento caribeño impostado. La industria del rumor funciona como un reloj suizo: precisa, rentable y, sobre todo, adictiva. Cada nuevo “dato exclusivo” genera la dopamina necesaria para seguir creyendo en el relato preferido.

Y así, entre memes y teorías conspirativas, se diluye lo realmente importante: la crisis real de un país que lleva años desangrando a su gente. Mientras los medios debaten sobre comandos secretos y complots imposibles, los venezolanos siguen huyendo, los hospitales colapsan y los apagones se cronifican. Pero claro, eso no vende ni divide tanto como una buena historia de acción, traición y rescate.

Podría decirse que vivimos en un tiempo en que la verdad ya no se busca: se elige, como quien selecciona un sabor de helado. Cada facción tiene la suya, y ninguna va a renunciar a ella aunque los hechos le escupan en la cara. Tal vez por eso el ruido mediático es tan eficaz: basta con ofrecer mil versiones para que el público desconfíe de todas. Y cuando nadie cree en nada, los poderosos sonríen: el descrédito generalizado es la mejor cortina de humo.

Quizá, en el fondo, lo más trágico sea eso: que ya ni siquiera importa si la Delta Force existió o no, si Maduro fue capturado o sigue tranquilamente viendo béisbol en Miraflores. Importa el espectáculo, no su veracidad. Importa el relato que mejor alimente nuestra indignación. Porque la política moderna no se libra en los despachos ni en los campos de batalla, sino en el teatro digital de las emociones instantáneas.

Así pues, prepárense: los bulos vendrán en cascada, los influencers geopolíticos afilarán sus cámaras y cada tuitero se convertirá en analista militar por un día. El mundo se llenará de noticias imposibles y de certezas rotundas. Y nosotros, espectadores fatigados, acabaremos debatiendo sobre lo accesorio mientras los verdaderos protagonistas —los que deciden, los que callan, los que manipulan— siguen moviendo las piezas desde su bunker de impunidad.

Lo de siempre, pero más rápido, más absurdo, más rentable.

la política moderna no se libra en los despachos ni en los campos de batalla, sino en el teatro digital de las emociones instantáneas.

Así pues, prepárense: los bulos vendrán en cascada, los influencers geopolíticos afilarán sus cámaras y cada tuitero se convertirá en analista militar por un día. El mundo se llenará de noticias imposibles y de certezas rotundas. Y nosotros, espectadores fatigados, acabaremos debatiendo sobre lo accesorio mientras los verdaderos protagonistas —los que deciden, los que callan, los que manipulan— siguen moviendo las piezas desde su bunker de impunidad.

Lo de siempre, pero más rápido, más absurdo, más rentable.

Firma invitada: Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina.

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