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La transparencia de la infamia: cuando el horror se explica a sí mismo

Por Liberal de Castilla
viernes, 9 de enero de 2026
en Opinión
Tiempo de lectura: 5 minutos
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francisco-r-breijo-marquez
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La gran ironía de nuestro tiempo no es que vivamos engañados por las sombras de una caverna platónica, sino que nos hemos empeñado en inventar una oscuridad artificial para no admitir que la luz del día nos está mostrando algo insoportable. Nos repiten hasta el cansancio que las apariencias engañan, que hay que esperar a las investigaciones, que el ojo humano es subjetivo y que un video de tres minutos no resume una vida ni un procedimiento. Pero la verdad es mucho más perezosa y, por ende, mucho más terrible: lo que parece un acto de barbarie suele ser, tras examinar todas las capas del cebollino burocrático, exactamente un acto de barbarie. No hay un mensaje oculto en la ausencia de palabra mediadora por parte de esos policías en Minnesota; el silencio es el mensaje. Ese vacío de diálogo antes de la ejecución es la prueba irrefutable de que, para el poder que dio la orden, la humanidad de esa mujer autóctona ya había sido anulada de antemano. La ironía reside en que el sistema gasta millones en relaciones públicas para convencernos de su complejidad, cuando la realidad de ese video es de una simplicidad que hiere: es el fuerte aplastando al débil porque puede, porque tiene el respaldo de un discurso que viene de arriba y porque sabe que la imagen, por muy infame que sea, será cuestionada por aquellos que necesitan creer que el mundo es un lugar lógico. Ver ese video tropecientas veces no te vuelve paranoico, te vuelve testigo de una transparencia absoluta donde el uniforme no es un escudo de justicia, sino un permiso de impunidad – además, inmerecido-. La apariencia de desprecio no es un error de encuadre, es la política misma manifestándose en el asfalto.

Francisco R. Breijo Marquez

Al final, después de tanto análisis y tanta justificación oficial, nos quedamos con la certeza de que no hay nada más que rascar bajo la superficie del horror; la máscara es el rostro, el acto es la intención y, lamentablemente, la vida es así.

Esta insistencia en que debemos dudar de nuestras retinas es, en realidad, una técnica de domesticación social. Cuando un ciudadano observa cómo se «cargan» a una mujer sin que medie un solo intento de resolución pacífica, lo que está viendo es el colapso del lenguaje frente a la fuerza bruta. Se nos dice que hay protocolos que no entendemos, pero el protocolo más antiguo del mundo es el de la dominación. La ironía se vuelve amarga cuando comprendemos que la «apariencia» de brutalidad es tan perfecta porque no intenta esconderse; se exhibe como un escarmiento pedagógico. En el caso de Minnesota, la identidad de la víctima como mujer autóctona añade una capa de verdad histórica que la apariencia solo viene a confirmar: la continuidad de un atropello que no necesita explicaciones porque se fundamenta en la negación del otro. No hace falta ser un experto en balística o en tácticas de contención para reconocer la infamia cuando se presenta con esa claridad quirúrgica. Muchas veces, el esfuerzo por buscar una «verdad profunda» es solo un mecanismo de defensa para no aceptar que el mal puede ser así de banal, así de directo y así de gratuito. La instrucción que baja desde las esferas de Trump no es un código cifrado, es una luz verde para que la apariencia y la realidad se fundan en un solo golpe de autoridad. Por eso, al repetir el video una y otra vez, la sensación de incomprensión no disminuye, sino que se solidifica. La incomprensión no nace de la falta de datos, sino de la resistencia de nuestra conciencia a aceptar que el orden establecido pueda ser tan intrínsecamente desordenado y cruel. La ironía verdadera es que nos piden que seamos escépticos ante lo evidente mientras nos exigen fe ciega en lo institucional. Pero el ojo que ha visto la infamia ya no puede ser engañado por la retórica del «procedimiento». La mirada de esos agentes, la rigidez de su postura y la celeridad del desenlace fatal son piezas de un puzzle que encaja perfectamente a la primera, sin que sobre ninguna pieza de humanidad. Es la estética del poder absoluto, donde la mediación es vista como una debilidad y el exterminio del conflicto como una eficiencia necesaria. Al apagar el monitor, uno comprende que la apariencia no era el envoltorio del regalo, sino el regalo mismo en toda su crudeza.

Resulta fascinante, en un sentido macabro, cómo hemos construido una sociedad que penaliza la observación directa. Se nos tacha de simplistas si nos atrevemos a decir que lo que estamos viendo es un asesinato a sangre fría. Se nos exige un doctorado en sociología del conflicto para opinar sobre la trayectoria de una bala que no debería haber sido disparada. Pero la ironía es que los propios perpetradores no necesitan esa complejidad. Para ellos, la situación es clara: hay un cuerpo que sobra, un espacio que limpiar y una autoridad que imponer. El video de Minnesota es la representación cinematográfica de una filosofía política que ha decidido que ciertos grupos son desechables. No hay «mediación» porque la mediación implica reconocer al otro como un igual, como alguien con quien se puede intercambiar significados. Cuando ese reconocimiento desaparece, lo que queda es la técnica pura, la logística de la eliminación. La apariencia de eficacia policial que intentan proyectar es, en realidad, la apariencia del nihilismo más absoluto. Es la política del «porque puedo», amparada en una estructura jerárquica que premia la obediencia sobre la conciencia. La verdadera infamia no es solo el acto de «cargarse» a alguien, sino el teatro posterior de la justificación, donde se intenta convencer a los testigos de que lo que vieron fue una alucinación colectiva. Pero la memoria del ojo es tenaz. Cada vez que el video se reproduce, la herida se abre no por la sorpresa, sino por la confirmación de lo que ya sabíamos. Sabemos que el racismo no es un concepto abstracto, sino un dedo apretando un gatillo. Sabemos que el poder no es una entelequia, sino una bota en un cuello. Y sabemos que, por mucho que los portavoces oficiales intenten añadir notas al pie a la realidad, la página principal está escrita con una tinta que no se borra. La ironía de las apariencias es que son el único refugio de la verdad en un mundo de mentiras institucionales. Si algo parece un acto infame, si suena como un acto infame y si se siente como un acto infame en lo más profundo de las entrañas, es porque la infamia ha decidido presentarse sin disfraces, confiada en que su propia brutalidad nos dejará tan atónitos que acabaremos dudando de nosotros mismos. Sin embargo, frente a ese despliegue de fuerza sin palabras, la única respuesta honesta es la denuncia de lo obvio. No busquemos el secreto en el fondo del pozo cuando el agua está envenenada en la superficie. Al final del día, la claridad de la injusticia es su rasgo más distintivo, y aceptarlo es el primer paso para no volvernos cómplices de esa ceguera voluntaria que el sistema nos quiere imponer. No hay nada más que explicar, porque en este escenario de luces crudas y sombras alargadas, la vida es así.

Firma invitada: Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina.

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