Hay tragedias que ocupan portadas, tertulias, pancartas, manifiestos, hashtags y cafés filosóficos en terrazas progresistas. Y luego hay tragedias que pasan discretamente por la puerta trasera de la historia, como un invitado incómodo al que nadie quiere sentar en la mesa.
La situación de la Gaza Strip es, sin duda, dramática. Bombardeos, destrucción, víctimas civiles, una geopolítica infernal y un conflicto que se arrastra desde hace generaciones. No hay que ser un experto del Consejo de Seguridad de la ONU para entender que lo que ocurre allí es terrible.
Pero al mismo tiempo, y a miles de kilómetros de distancia, la isla de Cuba vive algo que se parece sospechosamente a una agonía nacional. Y lo curioso, lo verdaderamente fascinante desde el punto de vista sociológico, es que de eso se habla bastante menos.
No porque falten motivos.
Ni porque falten víctimas.
Ni porque falte sufrimiento.
Simplemente porque, al parecer, la tragedia cubana es ideológicamente incómoda.
La isla que se está apagando
Cuba fue durante décadas un símbolo romántico para buena parte de la izquierda occidental. Una especie de postal revolucionaria congelada en el tiempo: barbudos heroicos, discursos interminables, alfabetización, dignidad frente al imperialismo y coches americanos de 1956 que parecían parte del decorado.
En el centro de esa narrativa estaba, naturalmente, Fidel Castro, un personaje que logró algo extraordinario: gobernar más de medio siglo y seguir siendo considerado por muchos como un rebelde antisistema.
No todos los políticos pueden presumir de eso.
Pero el problema con los mitos es que envejecen mal. Y cuando la realidad empieza a filtrarse por las grietas de la propaganda, lo que aparece no es una utopía tropical sino un país exhausto.
Hoy Cuba sufre:
- apagones de diez o doce horas
- escasez crónica de alimentos
- hospitales sin material
- una emigración masiva que vacía la isla
- salarios que apenas alcanzan para sobrevivir
En otras palabras, una sociedad que se está deshilachando lentamente.
Sin embargo, esta situación rara vez provoca manifestaciones multitudinarias en universidades europeas. Tampoco vemos grandes movilizaciones en capitales occidentales exigiendo libertad para los cubanos.
Curioso fenómeno.
El extraño filtro moral
El dolor humano, en teoría, debería ser universal. Pero en la práctica parece que pasa por un filtro ideológico bastante selectivo.
Cuando el sufrimiento puede atribuirse a enemigos políticos claros, la indignación se vuelve inmediata y estruendosa. Cuando el sufrimiento procede de un régimen que durante décadas fue presentado como una esperanza revolucionaria, el volumen del escándalo baja misteriosamente.
No desaparece del todo, claro. Siempre queda algún artículo discreto en la sección internacional o algún informe de organizaciones de derechos humanos. Pero el nivel de pasión es notablemente menor.
No hay camisetas.
No hay conciertos solidarios.
No hay pancartas creativas.
Tal vez porque la tragedia cubana no encaja bien en ciertas narrativas románticas.
Gaza como símbolo global
El conflicto de Gaza funciona, además, como un símbolo político global. Es un escenario donde se proyectan debates sobre colonialismo, imperialismo, religión, identidad y poder.
Por eso cada bombardeo genera un eco planetario.
La tragedia se convierte en narrativa.
Y las narrativas movilizan.
Pero Cuba, en cambio, es una tragedia menos cinematográfica. No hay guerra abierta. No hay frentes militares. No hay imágenes espectaculares de destrucción.
Lo que hay es algo mucho más silencioso: un deterioro lento, cotidiano, casi administrativo.
Un país que se vacía.
Un sistema económico que no funciona.
Una generación joven que, cuando puede, se marcha.
Eso no produce titulares tan impactantes.
La emigración como termómetro
Si alguien quiere medir la salud real de un país, basta observar cuántos ciudadanos intentan escapar de él.
Y en ese indicador Cuba ofrece datos extraordinarios.
En los últimos años cientos de miles de cubanos han abandonado la isla. Algunos cruzan Centroamérica a pie. Otros se lanzan al mar en embarcaciones improvisadas que harían temblar a cualquier aseguradora marítima.
No lo hacen por turismo.
Ni por curiosidad antropológica.
Lo hacen porque la vida en la isla se ha vuelto insoportable para muchos.
Pero esta diáspora gigantesca tampoco genera demasiadas tertulias apasionadas.
Quizá porque admitir el fracaso del modelo cubano resulta incómodo para demasiadas biografías políticas.
La nostalgia revolucionaria
El caso cubano tiene un componente emocional muy peculiar: la nostalgia ideológica.
Durante décadas la revolución fue presentada como una epopeya heroica contra el poder estadounidense. Aquella imagen romántica quedó grabada en la imaginación política de varias generaciones.
Aceptar que ese experimento terminó en pobreza estructural, control político y emigración masiva obliga a revisar muchas certezas.
Y revisar certezas siempre es incómodo.
Es mucho más sencillo mirar hacia otro lado.
Una voz que se niega a callar
Por eso resulta tan importante que algunas personas sigan recordando lo que ocurre en Cuba.
No porque haya que restar gravedad a Gaza. Las tragedias no compiten entre sí como si fueran medallas olímpicas del sufrimiento.
Pero sí porque el silencio selectivo es una forma bastante elegante de hipocresía.
Y cuando uno tiene sangre, memoria o afecto ligados a esa isla, el silencio se vuelve todavía más difícil de aceptar.
Cuba no es una postal revolucionaria.
Es un país real con once millones de personas que intentan sobrevivir.
Un país donde muchos ciudadanos ya no discuten ideologías. Simplemente intentan encontrar comida, electricidad y un futuro.
El deber de mirar también allí
La historia tiene una costumbre molesta: tarde o temprano termina poniendo las cosas en su sitio.
Los mitos caen.
Las narrativas se revisan.
Y las realidades emergen.
Cuando eso ocurra con Cuba, probablemente descubriremos que llevábamos demasiado tiempo mirando hacia otro lado.
Mientras tanto, algunos seguirán hablando de la isla aunque no esté de moda. Aunque no genere trending topics. Aunque resulte incómodo para ciertas nostalgias revolucionarias.
Porque hay silencios que son demasiado ruidosos.
Y el silencio sobre Cuba empieza a parecerse peligrosamente a uno de ellos.
Firma invitada: Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina.


