En el año 1949, por estas fechas, fallecía en Olivares de Júcar, mi pueblo natal, uno de los hijos más relevantes que ha dado al mundo la provincia de Cuenca. Quiero recordar que era domingo. Los chavales jugábamos al futbol en la era del Estanquero. Con la tarde de caída volvíamos al pueblo cansados y sudorosos. En la plaza del Lejío se había congregado una cantidad de gente expectante fuera de lo acostumbrado. Esperaban noticias de la casa de don Eusebio Belinchón, el médico, adonde media hora antes habían llevado a los pasajeros de un coche que acababa de sufrir un aparatoso accidente en la Cuesta del Escalón de la carretera general Madrid-Valencia, escasamente a dos kilómetros del pueblo. Alguno de los heridos, en estado de extrema gravedad.

Minutos después se dijo que nada se había podido hacer por aquel herido, que acababa de fallecer y que se trataba de una persona muy importante de la que, por el momento, nadie sabía dar noticia. Se supo horas después, cuando la radio informó del necrológico suceso en el diario hablado de Radio Nacional de las diez de la noche, donde se dio como primera noticia que el fallecido en cuestión había sido don Ángel González Palencia, académico de la Real de la Lengua, autor de innumerables estudios literarios, históricos y bibliográficos, sobre una importante pléyade de nombres de la Literatura Española, tales como Juan Meléndez Valdés, Juan Ruiz de Alarcón, Francisco de Quevedo y Miguel de Cervantes, entre otros.
Eminente arabista y crítico literario, don Ángel González Palencia, catedrático de Literatura arabigo-española en la Universidad Central y director que fue de la Escuela de Estudios Árabes de Madrid, había nacido en Horcajo de Santiago en el año 1889, dejando a su muerte un listado sin fin de importantes trabajos de crítica literaria, sobre los que hasta entonces nadie había profundizado como él lo hizo, y de los que me limito a entresacar los siguientes títulos: “La España del Siglo de Oro”, “De El Lazarillo a Quevedo”, “Historia de la Literatura arábigo-española”, “Moros y Cristianos en la España Medieval” y “Fuentes para la historia de Cuenca y su provincia”.
Aquella tarde de infeliz memoria, nuestro hombre vino a concluir su personal y más que brillante historia en la que fue su tierra, a la que nos consta amó tanto. Pero “sic transit gloria mundi”, hubiera dicho él: así pasan las glorias del mundo. Tal vez sean muy pocos de los de la nueva ola, los conquenses que tengan noticia de este paisano ilustre. Para mí es un placer sacarlo a la luz tantos años después de su muerte; pues considero injusto dejar en reposo su recuerdo, quien sabe si por los siglos de los siglos.