El territorio de la provincia de Cuenca que une Castilla con la Mancha engrandece a quien lo recorre, se impregna en el ADN de quien lo camina. Esa certeza la llevo escrita en los pies desde 2021, cuando, entre olas de pandemia, junto a personas de los pueblos abrimos el Camino de Tierra de Girasol: un hilo de libros, teatro y gratitud que encendió plazas hasta llegar a Uclés ante el Apóstol Santiago, y que años después, en 2024, prolongamos desde Uclés hasta Fuentelespino de Haro y Mota del Cuervo, de la mano de la gente de La Mancha.

He recorrido a pie los 200 kilómetros que separan Cuenca de Mota del Cuervo como una experiencia única, y yo misma he comprobado que despierta los sentidos, porque aquí renacen cada día. Caminar esta provincia hacia la Mancha es dejar atrás la bella silueta de Cuenca y adentrarse en una constelación de iglesias, castillos, molinos y veintitrés municipios que pasan a formar parte de la propia biografía emocional: Jábaga, Cólliga y Villanueva de los Escuderos como umbral entre ciudad y campo; Villar del Horno y Naharros, donde la iglesia y la plaza siguen marcando el pulso de la vida; Horcajada de la Torre, Valparaíso de Abajo, Olmedilla del Campo y Carrascosa del Campo, que condensan la hondura de un interior rural que resiste entre despoblados, recetas heredadas y conversaciones a pie de puerta. Rozalén del Monte abre un corredor de historia viva que nos conduce a Uclés, corazón espiritual del camino. Llegar a su monasterio a pie, ofrecer quesos, vinos, aceites y dulces de los pueblos ante el Apóstol Santiago convierte la cultura y la gastronomía en un acto de dignidad compartida.
Desde allí, el itinerario late en Villarrubio y Almendros, donde la vida sigue girando en las tradiciones, la riqueza de la alimentación sencilla y la fuerza discreta de las fiestas patronales. Puebla de Almenara, Tresjuncos y Fuentelespino de Haro demuestran que el mundo rural no es una postal detenida, sino un presente creativo: castillos que vigilan las llanuras, plazas que se transforman en escenario, recorridos de murales artísticos, pueblos de gran acogida y vueltas y vueltas de vida en San Antonio. Osa de la Vega, Villaescusa de Haro, Monreal del Llano, Belmonte y Santa María de los Llanos completan el arco emocional con iglesias que guardan siglos de Fe, Arte y Artesanía, que llevan grabado el apellido de un territorio Santiaguista.
La llegada a Mota del Cuervo, con sus molinos recortando el horizonte, la iglesia de San Miguel, las ermitas y la devoción a Manjavacas mientras resuenan notas de jotas y seguidillas en un espacio de folclore natural, es mucho más que un final de etapa: es un espejo donde mirar el camino recorrido por dentro. Allí comprendo que “Tierra de Girasol” no es sólo una ruta, sino una manera de acercarse a Cuenca y mirarla a la cara, que concentra la identidad de Castilla y de la Mancha, y permite reconocer en cada uno de esos municipios un regalo de cultura, arte, artesanía, gastronomía, folclore y tradiciones religiosas sostenidas por algo sencillo y profundo: las iglesias, esos faros que siguen guiando a quienes un día elegimos caminar esta tierra con el corazón abierto.
Animo a las personas del territorio a recorrerlo y aprovecho este artículo para agradecer, especialmente, a la Asociación de Amigos del Camino de Santiago y de la Santa Cruz y a todas las mujeres rurales con las que he compartido miles de pasos, su compañerismo, y también quiero desearles un Feliz Día de la Mujer en el que todas las personas, sigamos avanzando en libertad y en igualdad de derechos y oportunidades.
Opinión de Yolanda Martínez Urbina

