Brihuega celebra San AntónUn año más la Cofradía del Santo y la Parroquia dispusieron todos sus medio para honrar al Santo, por la mañana a las 12 del medio día se celebró la Santa Misa oficiada por el señor cura párroco de la Villa D.  Antonino Salmerón que en el panegírico verso sobre la vida del Santo, que como conocemos fue un monje cristiano fundador del movimiento eremítico, sabemos que abandono sus bienes para llevar una vida de ermitaño, cuentan que vivió hasta los 105 años, la Iglesia le tiene como el patrón de los animales dado que les cuidaba, representando su imagen con un cerdo, una vez finalizada la Eucaristía y en el Pórtico de la Iglesia para resguardarse del frio, se repartieron bollos acompañados con vino dulce.

Poco antes de las 5 de la tarde comenzó el Prado de Santa María a llenarse de caballos, perros, gatos, pájaros, alguna tortuga, etc., y esperar la salida del Santo, la gente no se amilano y aunque lloviznaba  acompaño a la imagen del Santo en procesión por las céntricas calles de Brihuega, contando con la asistencia de la Banda de Música de Brihuega, una vez de regreso al Prado de Santa María el Sr. Párroco procedió a bendecir a cada uno de los animales y a sus acompañantes, hubo algún niño que portaba la tradicional “rosca” de San Antón.

San Antón no acaba aquí porque luego todos los cofrades se marcharon hasta El Tolmo para degustar y saborear las clásicas gachas y otras viandas, al son de la Ronda de San Antón. Como ya es tradicional al día siguiente se celebro la Misa de Difuntos, repartiéndose  las rosca y se sorteo el cerdo, siendo el número afortunado el 1045.

Todavía hay quien recuerda aquellos años 50 y 60 en que el día 16 se cantaban las Vísperas y a continuación con los dulzaineros, el cerdo y la Junta acompañados de la chiquillería se iba por las calles vendiendo las papeletas de la “rifa del cerdo”, esos bailes de solteros y casados y, por supuesto después de la Eucaristía del Santo se marchaba por todos los hornos de pan cocer de la Villa a recoger las rocas para repartirlas entre los hermanos.

Por Abelardo Mazo Arteaga

 
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