De pastorcillo, me llevaba el acordeón de botones y ensayaba en el campo. Hasta hice bailes.

Aurelio Mozo

Hablando con Aurelio Mozo, lo que menos importa es el hoy de la lluvia de cala bobos y, lo que más, lo que guarda de aquél ayer en el que los quintos de los años 20, los de los pueblos, le buscaban para hacer baile con su acordeón. Incluso estando en algún pueblo, venían a por él en burro con serones en los que metía el acordeón que sonaría, al día siguiente, en bailes cerrados con barra en la que corría coñac y botellines, y de sillas alineadas en la pared en las que se sentaban las mujeres a la espera de que, un mozo, sacara a bailar a alguna. Mientras, en la calle, los muchachos explotaban petardos que aterrorizaban a las que llevaban medias de cristal y, en la esquina, casi a dos calles, el turronero te daba un trozo blanco, del de Alicante, por no más de 20 céntimos.

El mismo día en el que se aprueba el Código de la Circulación vigentes hasta hace nada, el 25 de septiembre del año 1934, ve la luz Aurelio Mozo en Ribatajadilla, a medio camino entre el Campichuelo y la Sierra porque, si miran un mapa, las carreteras marcan una especie de figura similar a la de un globo aerostático en la que Mariana queda en la cesta y, en lo alto, Ribataja. Eran años en los que, las mujeres, daban a luz en sus casas con ayuda de las vecinas o la de una partera. Un año, 1934, que aunque Aurelio ni se acuerda porque tenía sólo unos días, pasó a la historia por la Revolución de 1934 (o Huelga General Revolucionaria) por los sucesos que tuvieron lugar en España, sobre todo en Cataluña y  Asturias durante el período que va entre los días 5 y 19 de octubre del citado año 1934, mientras estaba en el poder el Bienio Radical-Cedista de la Segunda República. No, yo de eso ni me acuerdo, gracias a Dios, dice Aurelio. Nací en una casa que era posada o lo parecía porque, mis padres, Felisa y Marcos, acogían a todo el mundo. Era como norma general por los pueblos de alrededor. Muy hospitalarios y acogedores. Éramos 5 hermanos, 4 varones y una chica.

El mundo de Aurelio, en Ribatajadilla, se reduce a su casa, a la escuela y a los juegos mientras puede. Teníamos animales, un par de mulas, una borriquilla malísima que no podíamos monta ninguno de nosotros. Solo con mi padre era mansa pero, con nosotros, buff, cómo se ponía.

En esos años, y en los posteriores, la economía familiar estaba marcada por la escasez subsistencial. Teníamos huerto, sí, y unas cien ovejas. Había también gallinas y el cerdo. Era una economía de cambio porque mi padre, que tenía colmenas, obtenía miel que luego llevaba a Olmedilla de Eliz, poco más allá de Castillo-Albarañez, trayendo, a cambio, aceite para todo el año.

Lo del cerdo, me cuenta Aurelio, era otra cosa porque se rivalizaba en matar al cerdo más grande. Si el mío pesaba 18 arrobas y el del tío Pelegrín 20, ya estaba armada.

Aurelio, como todos los chicos de pueblo, tiraba del rabo del gorrino y disfrutaba cuando lo asaban en las ascuas. Lo bueno, dice, era cuando cogíamos la vejiga, ya seca y con aire, y la explotábamos con el consiguiente susto del que estaba bebiendo en el porrón en una casa enorme, me cuenta, en la que hoy se han construido tres.

Con el acordeón de botones hice bailes

Don Teododoro Cordente fue su primer maestro. Era una escuela a la que, según Aurelio, solo iban los chicos que se sentaban en pupitres de dos asientos, abatibles, con tabla mesa provista de dos tinteros en sus extremos y a la que no había llegado el Plan Marshall aunque recuerda aún la mantequilla americana. Luego estuve con don Pío y con don Santiago Bonilla que fue el último. Estuve hasta los 10 o por ahí porque, con esa edad, me fui de pastorcillo. Teníamos unas 100 ovejas y bueno, pues tenía que sacarlas e irme con ellas.

En la plaza de toros de un pueblo

Los juegos que practicaba en su pueblo, Ribatajadilla, eran fundamentalmente dos: jugábamos al trinquete que consistía en lanzar una vara, con la punta del pie, ganado el que más lejos la llevara. Y mira, con las abarcas y los pies mojaos todo el día porque, aunque nos ponían piales, los pies se mojaban y así íbamos todo el día. También jugábamos al pillao, a la pelota, a esas cosas, dice Aurelio, subrayando mucho las calamidades que se pasaban, sobre todo, en época de nieves y fríos. Me gustaba mucho la música, dice. Tenía un acordeón de botones que compró mi padre por un costal de trigo a un tal Regino, que era un vendedor de telas que iba a Villalba. Cogía el acordeón, lo guardaba entre la ropa y me lo llevaba todos los días al  monte, con las ovejas. Allí, ensayaba las canciones que cantaba la gente por el pueblo, o las que escuchaba por la radio  las pocas veces que podía oírla, claro. En el campo tocaba y tocaba de oído, claro. De tanto ensayar, hasta me convencieron para hacer bailes en el pueblo y los hice tocando la “Tani, Tani que me Tani”, “La Casita de papel”… Pero sin saber música. La pena es que nunca supe a donde iría a parar el acordeoncillo aquel. No sé qué hicimos con ella.

Estando en el pueblo, me cuenta Aurelio, la pasión por la música era tal que se iba andando hasta Pajares a recibir clase de música. Es que era primo de don Domingo Muelas que, aunque estaba en el seminario, de vez en cuando venía a Pajares. Y claro, me enteraba y después de estar todo el día con las ovejas, me bajaba andando hasta Pajares para que don Domingo me diera unas clases de música que me venían muy bien. Y ya, después de la clase, a regresar al pueblo.

Cuenca, a principio de los años 50, es la realidad que define Saura en su serie la España Gris en la que choca la gabardina con la boina y la pana remendada. Acababa de salir –como ahora en otros puntos de España- de la cólera del Huécar cuyas aguas alcanzaron metro y medio de altura en la iglesia de las Concepcionistas de la Puerta de Valencia, los burros se alineaban por esa calle del Agua, los carros buscaban sitio en una plaza especial con suspiros de Eiffel, los Yacarés de Roque y compañía cantaban en las “Imágenes” de una radio que unía a los pueblos mientras, la Plaza Mayor, era todo menos eso.

La ciudad

Hasta allí, con 15 años, respirando música, llega Aurelio Mozo a la casa de su primo, Segundo, bombero de profesión. Me daba clases don Lorenzo Redondo (Juanjijo), una maravillosa persona que me enseñó todo. Hasta conocer la hora del reloj porque vine a Cuenca partiendo de cero. De las ovejas y de tocar un acordeón de teclas sin saber música, me dice. Don Lorenzo se ocupó de mí. Me enseñó hasta a caminar y la verdad es que, esté donde esté, le tengo una gratitud eterna. Yo vivía en la calle de san Pedro, en el nº 6 y él, al lado de la panadería de Morate. Allí estuve hasta que empecé a funcionar porque, con las clases de Lorenzo, se me abrió el mundo, dice riéndose a carcajada limpia. Y todo porque, el Domingo de Resurrección, con 16 años, pues vinieron los mozos de Mohorte a por mí para que tocara en el pueblo pero, yo, sólo me sabía las tres o cuatro piececillas que me había enseñado Lorenzo y, claro, ¿sabes qué pasó?, pues que a “Las Espigadoras” le daría unas 7 u 8 vueltas pero resulto bien la cosa. Cuando llego, las tiendas de barrio eran fundamentales. Había unas tiendas impresionantes, unos almacenes que ya te digo y muchísima gente por la calle. Carretería, por las tardes, a eso de las siete, hasta se cortaba la circulación para que la gente paseara. Desde la Plaza de Cánovas hasta la parada de taxis, era el recorrido de toda la tarde a no ser que te fueras a uno de los cines: el Palmeras, el Garcés, el Alegría antes de llegar al puente de la vía… nos gustaba mucho el cine y, a veces, veíamos dos películas, una por la tarde y otra por la noche. Éramos unos enamorados del cine y costaba poco la entrada, también.

Ismael y sus muchachos

En Cuenca, ya, le impresiona la Semana Santa. En su pueblo, Ribatajadilla, no sacaban imagen alguna en procesión y solo se notaba la Pasión en que, alguno de esos días, se comía algo mejor en medio de un luto que olía a muerto. Cuando llego a Cuenca me impresiona lo que veo. Esas caras cubiertas, los capuces, las túnicas…Bueno, la primera vez que sale la Borriquilla la saqué yo. Estábamos Clarito…la pandilla. Nos hicimos hermanos del san Juan para sacar la Borriquilla pero, luego, me fui a la mili, dejé de pagar y dejé de participar en las procesiones.

A Inés Barambio, su mujer y hermana de Facun, la de Ismael, la conoce como fruto de la relación que, ambos, tienen con el mundillo de la música. De ahí, los paseos por carretería, el noviazgo y la boda en la capilla de Santiago en la Catedral. Hubo convite, claro. Yo iba con traje y un lazo en lugar de corbata y, ella, de blanco. Era el año 1960 y, primero, hicimos un desayuno en la Marimba que lo tenía Ismael junto a la Posada de los Tintes y, luego, la comida en la huerta, allí abajo, junto al Huécar, con sartenes de carne. Un banquete.

Ismael y sus muchachos

No me acuerdo cómo coincidí con él, fíjate. El momento en el que nos conocimos. Y nos hemos llevado como hermanos toda la vida… El caso es que nos juntamos, era también culo inquieto y, como en Cuenca no había nada relacionado con este mundo de la música en plan verbenas, pues formó la orquesta Ismael y sus Muchachos en la que yo tocaba el acordeón, claro.

Estamos ya en los primeros años 60 y, por las calles, cuando venían las golondrinas, se escuchan las voces de Bravos y Velascos acompañados de instrumentos musicales entre los que siempre estaba la guitarra de Ismael. Ya leíamos partituras en esas fechas. A mí, me enseñó mucho Ismael y, con él, aprendí a ser músico antes incluso de formar el grupo Ismael y sus Muchachos en el que estábamos Ripoll, un trompeta fabuloso, Angelete con el saxo, Ismael con la guitarra que luego sería eléctrica, Realete a la batería y yo con el acordeón. Éramos 5, me dice Aurelio echando una ojeada a las fotografías que decoran la oficina de Musical Ismael como si de un santuario musical se tratara, porque solo hay espacio para los recuerdos plasmados desde finales de los años 50, tocando por los pueblos, hasta la actualidad en que Arturo se encarga de tapar huecos para que no escape la magia.

Pronto empezamos con la megafonía. Con unos Óptimus que pesaban, madre de Dios, lo indecible. Había que echarlos en la baca de los coches y no podíamos. Qué de aventuras. ¿Y el micrófono?. Al principio llevábamos un “Ronete” (uno supone que, el nombre, lo sacarían de uno de los grupos que triunfaban en el momento: The Ronettes. Tres chicas de color que cantaban “Be my baby”, Tú serás mi baby, no sé). Era un micrófono que parecía medio huevo cocido y que día sí, y otro también, te sacaba de quicio porque si te acercabas chillaban, se acoplaban, y si te separabas no te oían. Como lo que llevan ahora los músicos, dice riéndose Aurelio, viniendo a la mente los miles y miles de vatios y torres y torres de altavoces de todo tipo como el recuerdo de la guitarra eléctrica de Ismael. Todo un fenómeno social en aquellos bailes. Es que fue un bum. Un espectáculo. Era la primera vez que la gente veía y escuchaba una guitarra eléctrica. Ismael se aprendió “El tercer hombre” de Anton Karas y alucinaban escuchando aquello.

Por supuesto que, en Cuenca, tocaban en todas las verbenas. En cada barrio. Sí, en Cuenca tocamos varios años en todas las verbenas y, cosa curiosa, nos llamaban Los Mismos porque, la gente, preguntaba por la calle, ¿Quién toca en Tiradores…?: los Mismos del año pasado o los Mismos del Cristo del Amparo respondían y, sí, éramos casi siempre Los Mismos: Ripoll, Angelete, Ismael, Realete y yo.

Los taxistas que transportaban por la provincia al grupo Ismael y sus Muchachos eran varios y, las carreteras de acceso a los pueblos, de penitencia. Un día íbamos a Zafrilla, con Pisones, el taxista con todos los bártulos cargados en el coche y, al llegar a una casa que parecía forestal, pasado Laguna del Marquesado, dijo que, de allí, no pasaba. Nos dejó en tierra, se vino a Cuenca, tuvimos que coger los instrumentos y tirar andando hasta Zafrilla a donde llegamos al amanecer. Toda la noche andando y, allí, ya, a tocar después de la misa. Otro taxista era Emilio, el del bigote.

Rondalla Virgen de la Luz

Tenía un Seat 1500 rojo en el que, además de los instrumentos, llevaban pala y pico para evitar lo de Zafrilla si encontraban baches que por todas las carreteras había como peleas en los bailes, y accidentes inesperados como cuando se partió una viga en la plaza de toros de un pueblo de la Sierra, cayendo los músicos al suelo ante la mirada de un toro de 4 años. Mira, se partió el pino. Era una plaza cerrada con troncos de pino y, nosotros, estábamos arriba, tocando cuando de repente, ¡zas!, nos vimos en el suelo. Yo caí como estaba, montado a horcajadas y con el acordeón. Aquél día nacimos porque se acercó el toro, enorme, de unos 4 o 5 año, nos olió y algo debió barruntar –pobres de nosotros- que se alejó y no nos corneó. Y, después, al baile. A tocar pasodobles, bailes, “La princesa del acordeón”…menos en Huélamo. Había muerto el papa Pío XII. Eran las fiestas del Pilar del año 1958 y, estando en el salón de baile de Zaballos, llegó la Guardia Civil y paró el baile.

Allí, en Huélamo, Aurelio se llevaba muy buen con Pepe, el alguacil, y me cuenta que le prestó una bicicleta y, los dos, se fueron a por cangrejos a La Serna. Cogieron muchísimos, sí, pero, de regreso, les cayó una tromba de agua, una calazón, con él dice, que llegó hasta los huesos. Pero mereció la pena.

Las Rondallas

Ismael siempre estuvo liado con las rondallas, dice Aurelio. Con lo de Falange tenía una sede por el hotel Alfonso VIII y, luego, se fueron a Carretería, por encima de Ruiz. Ismael ya estaba liado con la rondalla y con la academia en la Plaza de Cánovas  que trasladó, después, a la calle de Alicante.

A cualquier acontecimiento en el que fuese necesaria la música, era llamado Ismael, imprescindible en esas faenas. Tenía muchísima experiencia. Toda una vida dedicada a la música, a la guitarra. Rondador infatigable cuando llegaba el caso. Fundó la de la Virgen de la Luz en el año 1992 con grupo de baile que fue grandioso. Enorme. Con ella, fuimos a Valladolid, Burgos…viajamos por muchos sitios de España dejando el pabellón muy alto porque, la tanto la rondalla como el cuerpo de baile era muy buena. Estaba patrocinada por el Ayuntamiento siendo alcalde don Andrés Moya y, concejal de Cultura, Daniel Gil que nos mimaba. Pero terminó la etapa política, vinieron las elecciones y, como resultado de ellas, se olvidaron de nuestra existencia y poco a poco fuimos muriendo hasta desaparecer todo, comenta Aurelio, con cara de tristeza.

Momenaje de Pulso y Púa a Aurelio

De esa Rondalla, prosigue, salió el grupo Voces y Esparto con Enrique Buendía, Javier Vacas… y, algún tiempo después, la actual Pulso y Púa casi casi, dice, por pura anécdota. Estábamos desperdigaos los Castillejo, Caruda, los hermanos Eugenio y Tomás…apenas nos veíamos pero, un buen día, en la residencia de mayores de la calle Colón, nos enteramos de que, en Guadalajara, había un certamen de rondallas compuestas por mayores y, ahí empezó todo otra vez. Nos juntamos Eulalio Paños, Luis Castillejo, Caruda, Eugenio, Tomás…nos juntamos 7 y nos llevamos el primer premio en modalidad de rondalla, premio que consistía en un viaje a Palma de Mallorca. Pero, claro, para actuar en Guadalajara había que ponerle nombre a la rondalla y, a Maxi, se le ocurrió el de Pulso y Púa. Al año siguiente el certamen era en Toledo pero no teníamos opción a premio por haber sido ganadores en Guadalajara. Pero, al año siguiente, lo ganamos otra vez y, otra vez, a Palma de Mallorca y, así, hasta hoy. Pero de aquélla experiencia solo quedamos tres: Maite Cordente, Antonio Martínez y yo.

Él, ya lo he puesto varias veces, es Aurelio Mozo quien, desde niño, lleva la música en la sangre. Tanto es así que, su hija, María de los Ángeles, ha heredado esa virtud impartiendo doctrina en el Conservatorio de Cuenca a otros niños que, de alguna forma, llevan acordeones de botones hasta el campo de una ilusión en el que, las notas musicales, es lenguaje universal. La gente agradece mucho estas cosas, lo de la música y, el otro día, pásmate, pues que yo no esperaba a tanta gente como acudió a vernos (en la presentación del Cd, “Habaneras y otras canciones”) como tampoco esperaba el reconocimiento que me hicieron. Una placa majísima. Lo tenían tan callao que no me enteré, dice Aurelio recordando el momento en el que, Arturo, le entregaba esa placa y su mujer, Inés, recibía un ramo de flores ante un auditorio rendido a la rondalla y a su director con el que, uno, tiene especial empatía. Será porque, en aquellos años, a mediados de los 50, les recuerda en el salón de la Catalina y subidos a los troncos de pino con los que cerraban la plaza de toros en la plaza de un pueblo que tenía pilón. Seguiré hasta que podamos.

Audio. Princesa del Acordeón

Audio Aurelio Mozo