
La última semana ha sido una de las que más han dado de sí por cuanto a lo noticiable, en especial con relación a las noticias de mayor alcance referentes a la vida pública a escala nacional. Tal vez la caída en privado -pues así lo hemos sabido- del ex presidente de la Generalidad Catalana, Sr. Puigdemont, haya sido la noticia de mayor alcance, tan esperada como final de esa comedia bufa que de una manera u otra nos ha tenido en ascuas desde el pasado verano; siempre en primera página hasta concluir en lo que se esperaba, en el final que millones de españoles celebramos, catalanes muchos de ellos, y que se cerrará con el susodicho personaje en prisión, como en justicia le corresponde, conocida la cadena de graves delitos que ha colgado sobre sus espaldas. Una lamentable página de nuestra historia reciente en la que no han habido ganadores, y sí perdedores, muchos perdedores, la propia Cataluña en primer lugar y España toda en la parte que le corresponde.
Por otra parte, la imposición del Toisón de Oro a la princesa Leonor, no fue más allá de un acto simpático para la inmensa mayoría de compatriotas, y una prueba por la que se vislumbra cómo el país camina a paso firme de cara al futuro, también a nivel institucional. Acto que ha servido para que Iglesias, don Pablo, pudiese denunciar en un encuentro con sus afines, que se trató algo así como de un escandaloso derroche, preguntando a sus incondicionales que cuántos de ellos estaban en condiciones de regalar a sus hijos de doce años con un objeto valorado en más de cincuenta mil euros. Ignora nuestro político de renombre que se trata de una distinción, la más alta que conceden los Reyes de España a personajes de la Política, de la Economía, de las Letras o de las Ciencias, que se consideran merecedores de ella; sin tener en cuenta que quienes la poseen están obligados a devolverla (sus familiares, supongo) después de su muerte.
Y en fin, hoy me entero de que el pasado martes el sindicato Comisiones Obreras pidió que la asignatura de Religión se saque del currículo educativo, restituyendo en su lugar la “Educación para la Ciudadanía”. Que desean -dicen- una educación en valores, alejada del militarismo y libre del dogmatismo de la Iglesia Católica. Y yo, que siempre he creído que en el Servicio Militar se aprenden (se aprendían, porque ya no existe) valores de amor y de servicio a la Patria, me quedo perplejo. Y de la Iglesia Católica no digamos.

