Los asesinatos y la muerte de personas inocentes se suceden sin tregua en nuestro país, incluso muy cerca de nosotros El horror de la llamada violencia de género se difunde a diario en los medios de información en tanto que la gente permanece impasibles, algo así como si se tratara de uno más de los aditamentos inevitables en el complicado cóctel de la vida.
Nos encontramos en uno de los momentos de la historia de la Humanidad en los que más frívolamente se considera la vida del hombre. Solo hay que abrir las páginas de los periódicos, escuchar la radio o ver cualquier informativo en televisión, para comprobar que la vida del hombre no es ya un producto de mercadería, como lo fue en la era de la esclavitud, sino algo todavía de menor valor. La vida, lo más valioso que el hombre puede tener por la simple razón de serlo, está en manos de un cualquiera, quien puede disponer de ella por un simple quítame allá esas pajas. Tan amarga degeneración, dentro de la condición humana, ha plantado sus reales en todos los estratos de la sociedad, con preferencia por los más civilizados, entre los que se encuentra el nuestro. Medio centenar de mujeres fallecidas a manos de sus “correspondientes”, durante el año que acaba de concluir, solo en España, es algo que no puede pasar desapercibido y a lo que en modo alguno nos debemos acostumbrar.
¿Por qué esto es así? ¿Qué es lo que pasa? ¿Nos hemos vuelto locos? Acaso la cultura de la muerte, tan propagada, tan favorecida y gratificada, que fluye en el ambiente, ha empezado a reclamar sus derechos? La pena de muerte todavía en vigor en algunos países de la tierra; la carcoma salvaje del terrorismo; las guerras del matar por matar, sin considerar siquiera la amarga estela de dolor que en cualquier caso deja tras de sí la muerte de una persona. La eutanasia o la ley del más fuerte; el aborto de seres inocentes, cobarde y vil por partes de quienes lo llevan a término, son el crespón negro que la especie humana lleva prendido entre los pliegues del alma, sin que se le vea dispuesta a renunciar a él.
Muchas páginas de la Historia están escritas con sangre inocente, en todos los siglos y en todos los lugares, empezando por aquellos cuya responsabilidad es todavía mayor, y acabando por aquel último perturbado que dice que todo le da igual, que todo vale. ¿Es tan difícil caer en la cuenta de que la vida es para vivirla y respetarla, para disfrutar de ella y salvar con talento sus dificultades si es que las hubiere, pues son la sal y la pimienta del saber vivir? ¡Costaría tan poco…! Un simple ejercicio de sensatez y de buena voluntad, dos valores gratuitos, pero muy escasos… Y ahí está el problema.

