
Una sensación extraña recorrió el cuerpo cuando, a la hora de la verdad, en Navalón, los legionarios sacaron al Cristo de la Fe en esas andas que conservan en los entresijos de su iglesia de la Natividad, del siglo XVIII, en la que se encuentra una enorme pila bautismal del XV, una pequeña figura de San Roque que pudiera ser del XVIII y la Inmaculada de Olot que preside el retablo neoclásico.
Lo de sensación extraña viene porque uno esperaba que, al igual que el pasado año, los Antiguos Caballeros Legionarios sacaran al Cristo como acostumbran y, uno, repito, como los cientos de personas que se congregaron en Navalón para presenciar un desfile sin igual, nos quedamos sin la sal y la pimienta al privarnos de ver como levantan al Cristo porque, al parecer, así se nos dijo, el Cristo sufrió un desperfecto en su brazo izquierdo el pasado año y, los riesgos, había que aparcarlos en el solar del olvido.

La procesión se movió, sí. Pero antes hubo parada militar, toque a los caídos, exhibición de la escuadra de gastadores que maneja los fusiles como si fueran de juguete y, entre aplausos y aplausos, nos fuimos a la iglesia con “El novio de la muerte” en cuya placeta esperaban cientos de personas una procesión que se quedó en eso, y encima acortada en su trayecto de siempre porque, el cura, don Ángel, tenía que oficiar otra misa en la pedanía siguiente, Villar del Saz de Navalón, y no era cuestión anunciarla a campanazos a la hora de comer. Claro que, todo esto, recuerdan tiempos no sé si cargados de esperanza cuando, en estos pueblos, había escuelas, maestros que vivían en ellos y curas que muchas veces se hacían cargo de la cultura popular además de la parroquia. Luego vendría lo que vino porque, como dijo en la conferencia pronunciada en Navalón el profesor Martín Muelas, todo estaba premeditado porque las fusiones obedecían a un plan ideado en los últimos años del franquismo por el que se pretendía romper con el lazo rural al tiempo que se fomentaba la idoneidad de buscar otros horizontes cerca del mar o en Madrid, hasta donde llegaba mano de obra barata pero, sin hacer mejoras en sus lugares de origen. Es decir, sin invertir en los pueblos ni en sus vías de comunicación porque, ya entonces, se consideraba en ciertos ambientes que, el animal a proteger, era el hombre y no las rapaces. E insistiendo más en este asunto, la puntilla con la Ley General de Educación de 1970 que considera, entre otras muchas medidas, que la escuela unitaria es inviable.

Volvemos a la realidad porque, a toque de cornetín e Himno Nacional, hace su aparición el Cristo de la Fe en las andas de siempre. Un crucificado que, repito, fue llevado el año pasado como lo hacen en Málaga o en el propio Albacete el Viernes Santo, que curiosamente lleva una pletina que sujeta la cruz a las andas.
Desde bien cerca, se aprecia lo que parece un arañazo en el brazo izquierdo. Nadie se fija en eso. Solo en la recreación. En esa procesión en la que, por delante, va una mini banda de música -con miembros de la Banda de Cuenca- que suena increíblemente bien. Detrás, ya, la escuadra de gastadores y los legionarios que llevan al Cristo al compás de la marcha de Abel Moreno, “Hermanos Costaleros”, para desembocar en la Plaza con un larguísimo “La muerte no es el final” que nos llevó a eso, al final, en el que, por fin, y a petición, pudimos contemplar cómo izaban al Cristo medio metro por encima de sus cabezas, con andas y todo, en medio de un silencio sepulcral y un reguero de gente que comentaba, asombrada, lo incomprensible en un pueblo que en invierno no llega a los 30 habitantes.
Las mujeres mayores, en el interior de la iglesia, entre vivas al Cristo, no sabían para dónde mirar cuando los legionarios entraron con de la Fe hasta dejarlo en su lugar de siempre. Fue un momento corto que, de pura improvisación pareció un mundo. Así que, en medio de ese caos, don Ángel Zomora comenzó a oficiar la misa al tiempo que sonaba un clarinazo en el momento en el que, los fieles, reconocían sus pecados. Era el final porque, los legionarios, acababan de romper filas.
