Abrazada a sus recuerdos, a nuestras raíces, Guillerma Millán emprendió el viaje sin retorno
La entrevisté el 11 de agosto de 2025, en Huélamo, recién cumplidos los 105 años, a la sombra de un árbol dejando, a su espalda, los símbolos icónicos de su pueblo: la iglesia y el castillo.
Aquel día, el del homenaje a los mayores, hablamos de sus primeros diez años en Huélamo, de la casa familiar, de la escuela, de los juegos en los que, las muñecas eran de trapo y del viaje, en mula, que con cinco años hizo a Cuenca pasando por lo que, hoy, es el embalse de La Toba que estaba en construcción. Hay más cosas. Los gancheros, las lavanderas abajo, en el río, los bailes, las fiestas, los ocho papas que han dirigido a la iglesia desde Pío XI…
Finalizada la guerra incivil se marchó de Huélamo cumplidos, ya, los 19 años a un pueblo desconocido para ella, llamado Picaña, en Valencia porque, más allá del Júcar, del Masegar y de los huertos por Valdeminguete, en el pueblo poco o nada se sabía de este lugar, Picaña, alquería musulmana donada por Jaime I a los Hospitalarios.
La entrevista mantenida con Guillermina, Guillerma o, como me dijo, Orosia por haber nacido el día de su festividad, más que entrevista fue una conversación entre vidas porque, en ella, sin apenas darme cuenta, abrimos el libro, el catón familiar en el que estaban mis abuelos Tomás y Vicenta, todos mis tíos, el maestro Marcelo que impartía clases en la calle Colón de Cuenca y mi madre, Ramona a la que, si nunca entrevisté de esta manera, me pareció hablar con ella mientras lo hacía con Guillerma.
Adiós.
José Luis Muñoz Martínez

