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Cuenca mira a Oriente: una noche de música y memoria

Redacción Por Redacción
lunes, 10 de agosto de 2026
en Cultura
Tiempo de lectura: 6 minutos
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Cuenca mira a Oriente: una noche de música y memoria
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Acudíamos anoche a la Catedral de Cuenca atraídos por lo anunciado en prensa: el concierto inaugural de Mirabilia. Semana Medieval de la Catedral de Cuenca, en su quinta edición, dedicada este año a las «Cruzadas. Tierra Santa, horizonte espiritual, cultural y político». El título del programa resultaba ya, por sí mismo, una invitación a la escucha: Cantos de los cristianos de Oriente, un repertorio que llegaba por primera vez a Cuenca de la mano de tres intérpretes de extraordinaria personalidad: la cantante libanesa Lamia Yared, el valenciano Efrén López, al laúd y la zanfona, y la intérprete turca Didem Başar, al qanun, la característica cítara trapezoidal de la tradición musical árabe y otomana.

El programa reunía himnos siríacos y maronitas, muchos de ellos atribuidos a san Efrén de Siria, junto a cantos pertenecientes a las tradiciones maronita y ortodoxa. Un patrimonio litúrgico profundamente arraigado en el Oriente Próximo y cuya presencia en las programaciones europeas continúa siendo, por desgracia, excepcional. Escuchar en España un repertorio de esta naturaleza —vinculado a tradiciones cristianas que hunden sus raíces en los primeros siglos de nuestra era— constituía, por tanto, una oportunidad poco frecuente.

La expectación era evidente. Una hora antes del comienzo, los alrededores de la Catedral ya registraban una notable afluencia de público. Pero la primera gran sorpresa llegó al acceder al templo: el concierto no se celebraría en uno de los espacios habitualmente destinados a la actividad musical, sino en la nave gótica central de la basílica conquense, con el público orientado hacia el Altar Mayor y la monumental reja de Juan Francés, realizada entre 1511 y 1516, como extraordinario telón de fondo.

Cuenca mira a Oriente una noche de música y memoria

La elección del espacio no era casual. Se trataba, además, de la primera ocasión en que se celebraba un concierto en esta parte de la Catedral. La organización de Mirabilia había encontrado en esta disposición una poderosa correspondencia simbólica con el propio contenido del programa. Las catedrales góticas se orientan tradicionalmente hacia Oriente, hacia el lugar por donde nace el sol y hacia Jerusalén, la Ciudad Santa. Cantos de los cristianos de Oriente, escuchados precisamente mirando hacia Oriente: pocas veces una concepción escénica consigue establecer un diálogo tan directo entre espacio, repertorio y concepto artístico.

Y esa relación adquiría todavía mayor sentido dentro del marco temático de esta quinta edición de Mirabilia. Tierra Santa fue durante la Edad Media lugar de peregrinación, devoción y conflicto, pero también territorio de encuentro entre comunidades, lenguas, culturas y tradiciones. Ese complejo entramado de intercambios encontraba en la música una de sus expresiones más profundas.

Con la puntualidad que caracteriza a la Catedral, comenzó el concierto. Lamia Yared lo definiría posteriormente, con humor, como «Time iPhone». Desde los primeros compases, el laúd y el qanun establecieron un espacio sonoro de extraordinaria delicadeza y profundidad. La arquitectura gótica amplificaba esa impresión: las naves, la piedra y la resonancia natural del templo parecían integrarse en la propia materia musical.

Lamia Yared apareció cantando desde el exterior del escenario y puso voz al primer canto, Fawlos chliho, «Gloria a Dios y paz en la tierra», un himno siríaco que introducía de inmediato al público en la dimensión sacra del programa.

No siempre somos conscientes en Occidente de la riqueza y antigüedad de las primeras comunidades cristianas ni de las formas musicales que acompañaron su liturgia. Los cantos maronitas constituyen una de las tradiciones musicales cristianas más antiguas que permanecen vivas. Procedentes de la Iglesia maronita, estrechamente vinculada al actual Líbano, estos repertorios se articulan fundamentalmente en siríaco —lengua perteneciente a la familia del arameo— y también en árabe.

Escucharlos en directo supone aproximarse no solo a una tradición musical, sino a todo un contexto histórico, lingüístico y espiritual. Son melodías sobrias, meditativas, estrechamente ligadas a la palabra y portadoras de rasgos arcaizantes que evocan las primeras formas de oración cristiana. Su escucha permite percibir, además, la extraordinaria diversidad de las tradiciones que florecieron en torno al Mediterráneo oriental.

En este contexto, la actuación de Lamia Yared resultó especialmente notable. Su dominio de la micro tonalidad —uno de los rasgos que mayor dificultad plantea para un intérprete formado exclusivamente en la tradición musical occidental— se reveló esencial para preservar la identidad de estas melodías. Pero más allá de la precisión técnica, destacó su capacidad para dotar de vida a cada pieza. Yared no se limitó a reproducir un repertorio antiguo: lo habitó, lo respiró y lo comunicó con una naturalidad que hacía perceptible su dimensión viva.

A su alrededor, Efrén López y Didem Başar construyeron un diálogo instrumental de enorme riqueza. El laúd y el qanun no funcionaron como mero acompañamiento de la voz, sino como interlocutores capaces de expandir, comentar y ornamentar las líneas melódicas. Sus improvisaciones, siempre estrechamente ligadas al discurso vocal, aportaron una dimensión de libertad y de riesgo que convirtió cada interpretación en un acontecimiento irrepetible.

Especialmente relevante fue la labor de ornamentación desarrollada por ambos instrumentistas sobre las líneas melódicas de referencia. En lugar de imponer una lectura cerrada, López y Başar permitieron que la música respirara dentro de sus propios códigos modales, estableciendo una complicidad extraordinaria entre instrumento y voz. Esa capacidad de escucha mutua fue, sin duda, uno de los grandes valores artísticos de la velada.

El programa avanzó por himnos litúrgicos, cantos dedicados a la Virgen y repertorios vinculados a momentos fundamentales del calendario cristiano, entre ellos el Viernes Santo. La sucesión de piezas fue construyendo una atmósfera de creciente recogimiento, favorecida de manera decisiva por la acústica de la Catedral. El silencio del público se convirtió así en un elemento más de la interpretación.

Y cuando parecía concluida la ceremonia musical, llegó el bis. El ambiente se relajó ligeramente con Qamaroun yajlou douja el ghalassi, «La luna ha disipado la oscuridad del alba», un muwashah sufí de Alepo, en Siria. La elección adquirió además un carácter especialmente sugerente como guiño al eclipse que estaba próximo a producirse. Un hermoso cierre que, sin abandonar el universo espiritual del concierto, abría una ventana hacia otra de las grandes tradiciones musicales de Oriente.

Nos habíamos preguntado antes de comenzar si seríamos privilegiados por asistir a esta propuesta. La respuesta, al finalizar, era inequívoca.

Habíamos asistido a un concierto excepcional, tanto por la singularidad del repertorio como por la calidad de sus intérpretes y por el espacio elegido para presentarlo. La Catedral de Cuenca no fue simplemente el lugar donde tuvo lugar el concierto: se convirtió en parte esencial de la experiencia sonora. La arquitectura gótica, la resonancia del templo y la orientación hacia Oriente establecieron una correspondencia difícil de olvidar con un repertorio nacido de las tradiciones cristianas del Mediterráneo oriental.

Dentro del panorama europeo de la música antigua, propuestas de esta naturaleza siguen siendo extraordinariamente infrecuentes. El precedente más próximo que recordamos en ámbitos musicales especializados son las actuaciones ofrecidas en España por la religiosa y cantante libanesa sor Marie Keyrouz, en Barcelona en 1999 y en Madrid en 2015. Precisamente por ello adquiere especial relevancia la iniciativa de Mirabilia.

En apenas cinco años de trayectoria, este festival de la Catedral de Cuenca está demostrando una ambición artística que trasciende con mucho sus dimensiones y recursos. Programar un proyecto como Cantos de los cristianos de Oriente, con intérpretes de la talla de Lamia Yared, Efrén López y Didem Başar, supone situar a Cuenca en un mapa europeo de la música antigua en el que no siempre es fácil encontrar espacios para repertorios tan específicos.

La velada dejó, en definitiva, algo más que el recuerdo de un buen concierto. Dejó la sensación de haber asistido a la recuperación momentánea de una tradición que, aunque profundamente antigua, permanece viva. Y acaso ahí residió el mayor mérito de la propuesta: no presentar estos cantos como piezas arqueológicas, sino como música capaz de conmover, dialogar con el presente y encontrar, siglos después, un espacio natural bajo las bóvedas de una catedral castellana.

Mirabilia ha conseguido algo que no es sencillo: hacer que Oriente sonara en Cuenca no como un territorio lejano, sino como una parte esencial de nuestra propia memoria musical mediterránea.

Tags: Cultura Cuenca
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