Conviene decirlo sin rodeos: hay libros que sirven para pasar el rato y hay libros que, además de eso, le pasan el cepillo a las telarañas mentales que siglos de solemnidad han ido acumulando en las alturas.
Los que aquí se presentan pertenecen a esta segunda especie, rara, incómoda y, por ello mismo, sospechosa. No son textos para almas delicadas ni para devotos de ceño pétreo; son artefactos literarios con vocación de sonrisa torcida, de carcajada contenida y, llegado el caso, de leve escándalo doméstico.
Libros, en suma, con méritos suficientes para haber sido confiscados, anotados en índice y, con un poco de entusiasmo institucional, convenientemente tostados al punto por cualquier Inquisición con ganas de justificar su existencia.
Un servidor de ustedes —culpable confeso de estas páginas— no pretende fundar herejía alguna, entre otras cosas porque llega con varios siglos de retraso. Se limita, modestamente, a practicar una gimnasia intelectual tan antigua como necesaria: pensar con humor allí donde otros prefieren obedecer con gravedad.

El resultado son tres obras que destilan un anticlericalismo alegre, sin pancarta pero con bisturí, más cercano a la sonrisa de Voltaire que al grito de barricada, aunque, eso sí, con suficiente mala leche como para incomodar a más de un profesional de la fe administrada.
La primera, *Grasa y Ganzúa (Dios Padre dándose un garbeo por su creación terrícola)*, arranca con una premisa que ya de por sí merece excomunión preventiva: Dios baja a la Tierra sin séquito, sin trompetas y, lo que es peor, sin ganas de ser adorado cada cinco minutos. Lo hace, además, en plan turista curioso, como quien visita un museo del que sospecha haber sido el arquitecto. Y lo que encuentra no es precisamente una obra maestra en perfecto estado de conservación.
Hay goteras morales, grietas éticas, remiendos doctrinales y una capa de grasa —esa materia espesa de lo humano— que todo lo impregna. La “ganzúa”, por su parte, no es otra cosa que la herramienta necesaria para abrir cerraduras conceptuales que llevan siglos sin airearse. Porque si algo sugiere este paseo divino es que muchas de las puertas que se nos han presentado como sagradas no están cerradas por misterio, sino por costumbre.
El Dios que aquí deambula no fulmina ni bendice: observa. Y en esa observación se cuela un desconcierto que roza lo cómico. Descubre templos donde se le invoca sin escucharle, normas que se le atribuyen sin haberlas dictado y devociones que parecen más interesadas en la apariencia que en cualquier forma de trascendencia. El lector asiste así a un espectáculo ligeramente incómodo: el creador tomando notas mentales sobre los excesos de sus intermediarios.
Si esta primera entrega abre la cerradura, la segunda, *Un palomo para la Trinidad (Rapto de un palomo en Plaça Major de Barcelona)*, directamente cambia la puerta de sitio. Aquí la sátira se vuelve más juguetona, pero también más afilada. El protagonista involuntario es un palomo, criatura urbana despreciada y omnipresente, que de pronto adquiere una dignidad simbólica inesperada al ser “raptado” en pleno corazón de Barcelona.
El asunto, que podría despacharse como anécdota pintoresca, crece hasta convertirse en una parábola con plumas. Porque claro, cuando uno secuestra un palomo en una cultura donde ciertas aves tienen connotaciones bastante elevadas, el equívoco está servido. La Trinidad, concepto teológico de digestión lenta, se ve aquí arrastrada a un escenario donde convive con terrazas, cámaras de móvil y opiniones no solicitadas.
El resultado es una comedia de malentendidos donde lo sagrado pierde altura y gana perspectiva. Nadie sale indemne: ni los crédulos, ni los escépticos, ni los que hacen negocio con ambos. El humor funciona como una especie de ácido suave que no destruye las formas, pero sí borra el barniz de intocabilidad. Y de repente, lo que parecía incuestionable empieza a parecer, como mínimo, discutible.
La tercera pieza, *Mala uva” (San José teniendo que tragar lo que es intragable)*, entra ya en terreno delicado con paso firme y una media sonrisa. Porque si hay una figura que la tradición ha tratado con una mezcla de respeto y ninguneo, esa es la de San José: el hombre que estaba allí, que aceptó lo inaceptable y que, desde entonces, ha sido modelo de discreción obligatoria.
Aquí, sin embargo, se le concede algo peligrosísimo: voz interior. Y con ella llegan las preguntas, las dudas y, sobre todo, una irritación muy humana.
Porque no es fácil “tragar con lo intragable” sin que en algún rincón de la conciencia se forme un poso de escepticismo. La “mala uva” del título no es rabia desatada, sino ese regusto agrio que deja lo que uno acepta sin entender del todo.
El libro convierte a San José en una especie de patrón involuntario de todos aquellos que han tenido que asentir ante explicaciones poco convincentes por razones superiores —o supuestamente superiores.
Y lo hace sin dramatismo excesivo, apostando por una ironía sostenida que resulta, a la larga, mucho más corrosiva que cualquier ataque frontal. Porque nada desarma más un dogma que una duda bien formulada con media sonrisa.
Decir que estos tres libros desprenden más anticlericalismo que tres Voltaires distintos no es solo una boutade: es una declaración de intenciones. Aquí no hay odio, pero tampoco reverencia automática. Hay, sobre todo, una voluntad de mirar donde normalmente se baja la vista y de preguntar donde se nos ha enseñado a asentir.
Y, sin embargo, sería un error confundirlos con panfletos. Su mayor virtud es precisamente que no necesitan gritar. Su prosa es ágil, sus escenas están construidas con precisión y su humor, lejos de la grosería fácil, se apoya en la inteligencia del lector. Se leen con placer, casi con ligereza, y es solo después —a veces horas más tarde— cuando uno se da cuenta de que algo se ha movido por dentro.
Este mundo donde la susceptibilidad se ha convertido en moneda corriente y donde cualquier cuestionamiento puede interpretarse como ataque, estos libros reivindican una forma más adulta de enfrentarse a las ideas: la que acepta la ironía como herramienta de conocimiento. Porque reírse de algo no siempre es despreciarlo; a menudo es, simplemente, negarse a aceptarlo sin pensar.
La conveniencia de leerlos, por tanto, no es solo literaria, sino casi higiénica. Funcionan como un pequeño ejercicio de ventilación intelectual, una manera de dejar entrar aire fresco en habitaciones demasiado tiempo cerradas.
Y si en el proceso alguna convicción se resfría, quizá no sea una tragedia, sino una oportunidad.
Al fin y al cabo, pocas cosas hay más peligrosas para cualquier dogma que un lector que, entre sonrisa y sonrisa, empieza a hacerse preguntas.
Firma invitada: Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina.

