Hay conversaciones que llevamos demasiado tiempo aplazando. La de nuestros pueblos es una de ellas. Hablamos de despoblación como si fuera el clima: algo que ocurre, que se mide, que se lamenta. Pero la despoblación no es un fenómeno meteorológico. Es la suma de decisiones (las que se tomaron y las que se dejaron de tomar) y, sobre todo, es la suma de lo que cada uno de nosotros estamos dispuestos a sostener.
Por eso quiero escribir hoy desde un lugar distinto, con una imagen del pasado. No desde el reproche, ni desde el color político, ni desde la trinchera. Quiero escribir desde lo que sí nos une como personas y residentes rurales.

Lo que ya sabemos (y compartimos)
Quien vive en Las Pedroñeras, en Mota del Cuervo, en Cañete, en Priego, en Torrejoncillo del Rey o en Almodóvar del Pinar sabe lo mismo, vote a quien vote. Sabe que el médico, el autobús, la cobertura, la escuela y el agua no son ideología: son condiciones para seguir viviendo donde uno ha elegido vivir. Sabe que un pueblo no se sostiene con un solo titular, sino con muchas decisiones pequeñas y constantes. Y sabe, también, que cuando una familia se va, no se va sola: se lleva una clase, una panadería, una cuadrilla, una manera de hablar.
Sobre ese diagnóstico no hay discrepancia. La hay sobre las soluciones, y está bien que la haya: la democracia consiste, precisamente, en discutir cómo resolvemos lo que nos preocupa a todos. Lo que no funciona es discutir como si la otra mitad del pueblo fuera el problema.
Tres ideas que pueden unirnos
Propongo tres puntos de partida. No son de izquierdas ni de derechas. Son, sencillamente, necesidades en las que hay que poner el foco desde la unidad.
• Primero, blindar los servicios básicos por ley comarcal, no por legislatura. Médico, transporte, conectividad y escuela rural no pueden depender de quién gobierne en cada ciclo. Necesitan un suelo mínimo garantizado que ningún cambio de mayoría pueda rebajar.
• Segundo, una mesa permanente entre Diputación, Junta y ayuntamientos, con calendario público y actas accesibles. Sin foto, sin pancarta. Solo trabajo y rendición de cuentas. Que cualquier vecino pueda saber, en cualquier momento, qué se está negociando con su pueblo.
• Tercero, reconocer y financiar lo que ya funciona. En nuestros pueblos hay cooperativas, asociaciones de mujeres, AMPAs, clubes deportivos, hermandades, peñas y proyectos culturales que están sosteniendo el tejido social sin pedir permiso a nadie. No necesitan que les expliquemos qué es comunidad: necesitan que se les facilite seguir siéndolo.
Lo que cada uno podemos hacer
La política institucional tiene su parte, y es grande. Pero hay otra que nos toca a todos. Comprar en el comercio del pueblo cuando se puede. Inscribir a los niños en la escuela rural cuando hay opción. Pasar el fin de semana en el pueblo en vez de cruzarlo de paso. Ir a la asamblea aunque dé pereza. Felicitar al alcalde o a la concejala cuando aciertan, sean del partido que sean. Y exigirles cuando no, con la misma firmeza y el mismo respeto.
La despoblación no se gana en X ni en Facebook. Se gana en la frutería, en la consulta, en la parada de autobús, en la reunión de la cooperativa, en el grupo de WhatsApp del pueblo donde se avisa de que la médica viene el jueves.
Una marquesina, dos miradas
Estos días se ha hablado mucho la imagen de la marquesina vacía. Es una buena imagen, sí, porque retrata una pérdida real: la del autobús que cosía la comarca. Pero una marquesina puede leerse de dos maneras. Como prueba de un abandono, o como invitación a sentarse a discutir cómo se devuelve, no ya el autobús de siempre, sino un servicio de movilidad reinventado para la España Disponible que hoy somos: con transporte a demanda, rutas flexibles, vehículos más pequeños cuando toca, coordinación con sanidad y educación, y financiación estable para que no dependa del humor de cada legislatura. En la Comunidad de Madrid está funcionando muy bien el servicio de transporte a demanda en la Sierra Norte, es una solución y una reinvención de la movilidad. En Castilla la Mancha se está introduciendo desde hace un tiempo, aunque desconozco la realidad exacta del funcionamiento, solo quien lo usa a diario puede ofrecer esa información: el usuario.
La primera lectura, la del vacío, nos divide. La segunda, la de la disponibilidad nos pone a trabajar. Yo prefiero la segunda, sin renunciar a señalar lo que esté mal. Porque señalar y construir no son verbos contrarios: son la misma frase si uno la conjuga con honestidad.
Final
Castilla-La Mancha rural y sobre todo la más despoblada no necesita más héroes ni más villanos. Necesita oficio, continuidad y una conversación que nos incluya a todos, también a los que emigramos. A quien gobierna y a quien hace oposición, al joven que duda si volver y al mayor que no quiere irse, a la mujer de más de 50 años que quiere emprender, al alcalde pueblo pequeño que firma facturas a las 11 de la noche y a la maestra que elige destino en un pueblo aunque solo queden cuatro niños.
A esa conversación me apunto, en Castilla la Mancha, en Castilla Leon, en Aragón, en La Rioja o en Extremadura, por citar varias regiones. Y creo que, si la abrimos en serio, descubriremos que somos muchos más los que queremos resolver que los que queremos discutir. Muchos más los que queremos dar continuidad que los que nos sentimos expulsados de un discurso. Eso es España Disponible, la posibilidad de una solución para los pueblos, donde entramos todos, los de dentro, los de fuera y los que sin duda alguna, llegarán.
Opinión de Yolanda Martínez Urbina.

