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El evangelio de la opinión no solicitada: esa dulce jaqueca democrática

Redacción Por Redacción
lunes, 20 de abril de 2026
en Opinión
Tiempo de lectura: 4 minutos
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Francisco R. Breijo-Márquez

Francisco R. Breijo-Márquez

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Vivimos inmersos en una alucinación colectiva de una calidez reconfortante, algo así como un útero jurídico que llamamos Estado de Derecho. Nos han vendido la moto, con sidecar y luces de neón, de que estas instituciones nos abrazan con la fuerza de una madre sobreprotectora, asegurándonos que el aire que exhalamos está bendecido por la sagrada Libertad de Expresión. Sin embargo, si nos detenemos a observar el paisaje con un poco de la mala leche que da el insomnio, descubriremos que hemos confundido el derecho a hablar con el deber de dar la tabarra.

Para arrojar un poco de luz sobre este lodazal de ruidos, conviene hacer una disección etimológica y conceptual, aunque sea por el puro placer de diseccionar algo que todavía respira.

Francisco R. Breijo Marquez

El Permiso y el Asalto: Expresión vs. Opinión

En este circo de tres pistas, la Libertad de Expresión es la hermana educada, la que espera a que alguien, por error o cortesía, abra la veda. Ex-pressio: sacar afuera lo que estaba comprimido. Pero, ¡ah!, el matiz es vital: es el visto bueno ante una interpelación. Es cuando la sociedad, en un alarde de masoquismo, te pregunta qué opinas sobre la cría del berberecho en cautividad y tú, haciendo uso de tus facultades, emites un juicio. Hay un pacto previo, un contrato de «te escucho porque te he preguntado».

Pero luego está la Libertad de Opinión, esa bestia parda que corre libre por las redes sociales y las barras de los bares a las diez de la mañana. La opinio no necesita invitación. Es un asalto en toda regla. Es esa necesidad biológica y casi mística de verter el contenido de nuestro cráneo sobre el vecino, aunque este esté plácidamente mirando cómo crece la hierba.

La libertad de opinión es el deporte nacional de los que creen que el silencio es una tara cognitiva. No me pregunta ni Dios Bendito, el mundo sigue su curso sin mi intervención, pero yo —erigido en faro de la civilización y apoyado en un articulado constitucional que, seamos sinceros, no he leído ni en el prospecto del paracetamol— decido que el resto de los mortales vive en la más absoluta indigencia intelectual. Y claro, como soy un ser rebosante de empatía y amor al prójimo, no puedo permitir que esos «cabezahuecas» sigan errando por el mundo sin conocer mi veredicto sobre la geopolítica actual o la alineación del equipo local.

La Constitución como Escudo del Pelmazo

Es fascinante cómo el ciudadano medio utiliza la Constitución como si fuera un amuleto contra el sentido común. «¡Es mi derecho!», grita el sujeto mientras te pone la cabeza como un bombo futbolístico en el cuarto de hora que dura el trayecto en ascensor. En su mente, no es un pelmazo; es un libertador. Se ve a sí mismo como un Prometeo moderno, solo que en lugar de fuego nos trae su teoría conspiranoica sobre por qué el pan ya no sabe a pan.

Este «Sablismo Ilustrado» de la opinión ajena parte de una premisa perversa: que mi derecho a decir algo anula tu derecho a no tener que aguantarlo. Hemos convertido el Estado de Derecho en el paraíso del egocentrismo. El «opinar por opinar» se ha revestido de una dignidad democrática que no le corresponde. Si la libertad de expresión es el derecho a no ser censurado por el Estado, la libertad de opinión parece haberse convertido en el derecho a no ser ignorado por nadie.

El Bombo Futbolístico y el Apocalipsis del Analgésico

Y así nos va. El resultado de esta hiperactividad bocal es un ruido blanco ensordecedor. El bombardeo constante de verdades absolutas no solicitadas genera una vibración en el cráneo que ni la ingeniería más avanzada podría mitigar. Hemos creado una sociedad de emisores que han olvidado la función biológica del oído.

La consecuencia inmediata es clínica. Las tasas de consumo de analgésicos no suben por el estrés laboral o por la incertidumbre económica —que también—, sino por la fatiga acústica de vivir rodeados de «iluminados» que sienten la urgencia de sacarnos del error. El «bombo futbolístico» que mencionamos no es una metáfora; es una realidad fisiológica. Es el martilleo constante de aquel que, por puro amor al arte de escucharse a sí mismo, te explica la vida sin que tú hayas mostrado el más mínimo síntoma de extravío.

«La libertad de opinión es el único lujo que se permite quien no tiene nada que decir, pero siente la obligación de gritarlo».

La Sensatez: Esa Gran Desconocida

Creemos que la sensatez nos ilumina y nos abraza, pero la sensatez es una señora tímida que se ha marchado del banquete hace rato al ver el nivel de los comensales. Lo que queda es una parodia de la Ilustración donde la luz de la razón ha sido sustituida por el flash de un selfi mental.

¿Es posible un Estado de Derecho donde la libertad de opinión incluya el derecho a callarse? Probablemente no, porque el silencio no vende, no genera tráfico y, sobre todo, no alimenta el ego de quien necesita sentirse el protagonista de una película que nadie ha ido a ver.

Estamos atrapados en la seguridad de que estamos protegidos al 100%, pero nadie nos protege del vecino que ha decidido que hoy es el día en que vas a aprenderlo todo sobre la macroeconomía del aguacate. La libertad, esa palabra tan manoseada, se ha convertido en la excusa perfecta para el linchamiento acústico.

Al final del día, cuando el efecto del Ibuprofeno empieza a remitir, uno se da cuenta de que la verdadera libertad, la más pura y radical, no es la de hablar o la de opinar.

La verdadera libertad es la de cerrar la puerta, apagar el móvil y disfrutar de ese extraño y subversivo milagro que es no tener que escuchar a nadie que crea que su opinión es el regalo que el mundo estaba esperando. Mientras tanto, sigan opinando, sigan sacándonos de nuestros «múltiples errores».

Mi cabeza y la industria farmacéutica se lo agradecen profundamente.

Firma invitada: Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina.

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