El pregón de monseñor José María Yanguas con la sensación de que no busca deslumbrar, sino acompañar interiormente la Semana Santa, casi como si fuera un retiro guiado a través de las procesiones. A medida que avanza, uno siente que no está simplemente recordando escenas conocidas, sino entrando en ellas: el Hosanna fácil del Domingo de Ramos, la noche áspera del Huerto, el peso de la Cruz camino del Calvario, el silencio denso del Santo Entierro y, por fin, la luz sobria del Encuentro pascual. Todo está contado con un lenguaje muy visual, pero lo decisivo no es la descripción, sino la pregunta que viene después.
Me impresiona especialmente cómo el pregón nos coloca una y otra vez frente al espejo de Judas y de Pedro. Judas aparece como el que se encierra en su propia miseria hasta ahogarse en ella; Pedro, como el que llora su pecado y vuelve al “amor primero”, aun sabiendo lo lejos que ha llegado en su traición. En esa contraposición reconozco muchos de nuestros dilemas actuales: la tentación de instalarnos en la culpa estéril, en la imagen social, en el “qué dirán”, frente a la humildad más difícil de todas, que es dejarse perdonar de verdad y empezar de nuevo. El pregón no dulcifica el pecado ni lo rebaja, pero tampoco se recrea en él; abre un camino de conversión muy concreto, sin estridencias.

Otro rasgo que valoro mucho es la atención a los gestos pequeños y silenciosos: la mano amiga que llega en la enfermedad, la compañía del que no huye cuando la vida se tuerce, la Verónica que se sale de la fila para enjugar el rostro de Cristo, los “hombres sin rostro” que llevan a la Virgen sobre sus hombros. Esa insistencia me recuerda que una fe que no se traduce en cercanía y cuidado del otro corre el riesgo de quedarse en estética y emoción pasajera. La Semana Santa, tal como aparece en este texto, no es una colección de imágenes bellas, sino una escuela de compasión concreta: consolar, visitar, escuchar, quedarse cuando a otros les resulta más cómodo desaparecer.
La figura de María, la figura de la madre, recorre todo el pregón con una fuerza serena. No es una Virgen idealizada y distante, sino Madre que llora, que guarda silencio, que sostiene el dolor del Hijo y el de tantos hijos. La escena en la que es acogida unos minutos antes de seguir la procesión, y la confesión de que ese momento “se irá” con él cuando deje Cuenca, revelan una implicación afectiva que me parece muy sincera: se nota que no habla solo desde el cargo, sino desde un vínculo real con la devoción de su pueblo. María aparece como el rostro más tierno de la esperanza: la que sufre, pero no desespera; la que sostiene, pero no se impone.
El pregón mira también de frente el sufrimiento del mundo actual: guerras, pobrezas, esclavitudes nuevas, vidas descartadas, heridas silenciosas. No ofrece soluciones fáciles, pero sí una clave: la Cruz como “escándalo del bien” y no solo del mal, como lugar donde Dios decide cargar con lo que no sabemos explicar ni soportar solos. Eso no elimina el dolor, pero le da un sentido que no es resignación, sino posibilidad de que algo nuevo nazca incluso de lo más oscuro.
El final, en el Domingo de Resurrección, no suena a final feliz artificial, sino a promesa sobria: el encuentro definitivo hacia el que caminamos, que da horizonte a cada caída, a cada madrugada de Viernes Santo, a la que un día decidí unirme para dar sentido al entierro más sagrado de la historia de la humanidad.
En conjunto, lo que me deja este pregón es la convicción de que, si se escucha con profundidad, la Semana Santa no nos permite quedarnos como espectadores. Nos invita a elegir: si queremos seguir siendo personas de “procesión y foto” o discípulos que aceptan que Cristo entre en su biografía, con todo lo que eso implica de luz, de cruz y de esperanza.
Opinión de Yolanda Martínez Urbina

