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Monseñor José M.ª Yanguas regala a Cuenca un Pregón escrito para abrir a Cristo el corazón del nazareno

Por Redacción
sábado, 28 de marzo de 2026
en Cuenca, Portada
Tiempo de lectura: 11 minutos
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Monseñor José M.ª Yanguas regala a Cuenca un Pregón escrito para abrir a Cristo el corazón del nazareno
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Un Pregón valiente, comprometido, profundamente católico al tiempo que intensamente nazareno y de Cuenca. Un Pregón para ayudar a los nazarenos a reflexionar y vivir la Pasión más cerca de Cristo que nunca. Para unirlos, continuando con el lema del Cartel que ha presidido nuestra Cuaresma, a todos en Cristo. Un Pregón de un hombre que llegó a Cuenca hace 20 años sin conocer apenas su Semana Santa y que, a la vuelta del tiempo y las Semana Santas, ha terminado comprendiendo el sentir del nazareno y compartiéndolo con él.

Así ha sido el Pregón que ha regalado a la ciudad su obispo, monseñor José María Yanguas, en este Viernes de Dolores. El Pregón que la Cuenca nazarena necesitaba, tal vez, escuchar. Si previamente a su paso por el atril del Teatro Auditorio había expresado monseñor en muchas ocasiones su deseo de que fueran nuestras Sagradas Imágenes las que hablaran a los nazarenos de Cuenca a través de su texto, una vez frente al respetable se hacía su deseo realidad: su Pregón, conciso e intenso, de gran crudeza lírica y sobria belleza literaria, dotaba de movimiento a nuestra imaginería a través de una cuidada elección de palabras, sin artificios. Como hablaba Nuestro Señor.

Pero antes de que subiera monseñor al escenario y dedicara su Pregón – estas “pobres palabras”, como dio en llamarlo – “al Señor de la Cruz, Jesús hijo de Dios y hermano mayor nuestro, y a ella, Madre muy amada de los Dolores”, el Coro del Conservatorio y la Asociación Musical Virgen de la Luz – Banda de Música de Cuenca, convertían el Auditorio en recorrido procesional y disponían el corazón de los nazarenos a escuchar.

“El Pregón es el primer latido. El pistoletazo de salida del alma. Marca el inicio de un ciclo de diez días en el que el sentimiento se hace rito para narrar el drama divino: una crónica de amor infinito que se despliega desde la penumbra del Viernes de Dolores hasta la Gloria del Domingo de Resurrección”, describía evocadoramente Paula Latorre, directora de Comunicación del Obispado y presentadora del acto. Combinando referencias a la fe católica y a nuestra Semana Santa, dio paso a las dos actuaciones de la parte musical inicial con la que cuenta tradicionalmente el acto del Pregón.

Abrió escenario el Coro del Conservatorio, dirigido por Jesús Mercado, con la interpretación de Northern lights, de Ola Gjeilo; Ubi Caritas, de J. Michael Trotta, pieza en la que estuvo el Coro acompañado por una parte instrumental y que gustó especialmente; nuestro Stabat Mater, magistralmente interpretado y nuestro porque lo escribió Tartini para Cuenca aunque él, en el momento de empuñar la pluma, no lo supiera; y el Miserere con el que cierra siempre el Coro, para abrir, a un tiempo, el corazón a Cristo de todos los nazarenos.

Tras el Coro en el escenario convertido en escalinata de Los Oblatos, la Asociación Musical Virgen de la Luz – Banda de Música de Cuenca, como quien cierra procesión. Dirigida por Miriam Castellanos, empezó su interpretación con Cristo del Perdón, de José Gómez Vila, en lo que fue tal vez una referencia al 75º Aniversario de La Exaltación. Le siguió la muy querida en Cuenca Mi Amargura, de Víctor M. Ferrer Castillo, marcha especialmente asociada a María Stma. de la Esperanza y El Prendimiento, y que sonó espectacular en el Auditorio, arrancando un largo aplauso. Monseñor, en la fila de autoridades, flanqueado por la Ejecutiva y los representantes institucionales, seguía todo lo que acontecía en el escenario con atención, aguardando el momento de que fueran sus palabras las que llenaran el escenario. El programa de la Banda se completó con la maravillosa Réquiem por un músico, de José López Calvo, y San Juan, de Nicolás Cabañas, himno nazareno de Cuenca, que no por muchas veces referido llega a ser menos cierto. Arrancó, como es ya habitual, los primeros bravos y el aplauso más largo de la noche hasta ese momento.

Un Pregón para abrir a Cristo el corazón del nazareno

“Señoras y señores: esta noche, el atril del Pregón recupera una distinción excepcional que ya es historia de nuestra Semana Santa. La palabra vuelve a estar presidida por la mitra episcopal”, recordaba Paula Latorre en su presentación del Pregonero. Y es que, 29 años después del Pregón de monseñor Guerra Campos, otro obispo de Cuenca, en este caso monseñor José María Yanguas, se dirigía a los nazarenos de Cuenca en calidad de su Pregonero.

Monseñor José M.ª Yanguas regala a Cuenca un Pregón escrito para abrir a Cristo el corazón del nazareno

Hizo Paula una semblanza de monseñor en la que mezcló elementos de su vida personal, pastoral y de la fe católica, así como los principales hitos y vivencias relacionados con nuestra Semana Santa, siendo presa en algunos momentos de una contenida emoción, muestra del fuerte vínculo personal. Definió a monseñor como un hombre que ha hecho “de la búsqueda de la verdad, su vida. Y de Cuenca, su hogar”. Con su presentación, aportó dimensión y perspectiva al Pregón y consiguió dibujar certeramente para el nazareno la figura de monseñor y su relación con nuestra Semana Santa, así como recordó que el obispo ha entendido el Pregón no como un ejercicio de retórica, sino como un servicio pastoral: “Su deseo es que, esta Semana Santa, no seamos meros espectadores, sino que dejemos que las imágenes nos hablen en un silencio que lo dice todo. Porque, para un nazareno de Cuenca, un paso no es solo una obra de arte: es la Palabra de Dios hecha imagen que sale al encuentro en cada curva, en cada miserere, en cada acto de hermandad. Para que al final del recorrido seamos, sencillamente, mejores personas”. Y así, conociendo un poco mejor al hombre detrás de la mitra, la comunidad nazarena reunida en el Auditorio abrió oídos y corazón y arropó con un sentido aplauso a su obispo en su camino al atril del Pregonero.

Fue el de monseñor un Pregón de estructura cronológica y procesional, fiel a nuestra Semana Santa. Un Pregón del que fueron hilo conductor nuestras tallas, con la hondura y emoción que requiere el misterio que representa cada una de ellas: “¡Santísimo Cristo de la Vera Cruz! Mirada apagada, de aceptación orante, rendida a la voluntad del Padre; mirada de alma y cuerpo exhaustos después del gran combate, del grito final elevado al cielo sin obtener respuesta” diría, evocando el Lunes Santo. “Aunque duelan sus palabras, nos hacen bien los “bautistas” que nos recuerdan la verdad de nuestros pecados y no ceden a la tentación de limar su gravedad, ni admiten justificaciones fáciles”, afirmaría, poniendo el alma en Martes Santo. “Mirada a lo alto del Santísimo Cristo del Ecce Homo de San Gil. […] Aunque no fuera el Hijo amado del Padre, nadie dudaría de que su oración será acogida. Lo dice esa mirada tan llena de contenido como imposible de descifrar por entero. Solo por esa mirada, Luis Marco Pérez merecería un monumento como uno de los grandes. ¡Yo se lo levanto en mi memoria y en mi oración!”, evocaría con vehemencia al hacer camino con los nazarenos del Jueves Santo.

Un Pregón cuajado de preguntas, que buscaba interpelar al corazón del nazareno, a su fe, ponerle ante el espejo que es Cristo para ayudarle a reflexionar sobre los misterios de la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor, misterios universales pero encarnados muy especialmente, eso sí, en Cuenca. En nuestras Sagradas Imágenes. En nuestras calles. En nuestras más personales y propias devociones. “¿Querrás tú seguir embozado en tus pecados y caminar obcecado en la tiniebla, con la tristeza de Judas que se cierra al perdón, que, aun confesando su miseria, desespera y se ahoga en sus propias lágrimas que no logra derramar implorando piedad?”. “Judas, amigo, ¿tú, a quien elegí como discípulo? ¿Tú, que me has visto curar al ciego, limpiar la lepra, enderezar los miembros tullidos, resucitar muertos? ¿Tú, que has escuchado mi palabra, comido a mi mesa, asistido a mi entrega sin reservas… tú me traicionas? ¿Con un beso? ¿Haciéndote pasar por amigo cuando me has vendido por 30 míseras monedas de plata? Sólo una pregunta: ¿Por cuánto lo hemos vendido tú y yo? ¿Cuántas veces?”. “¿Seguiremos tomando el pecado por algo sin importancia, por un error sin mayores consecuencias, por la transgresión sin más de una ley?”. Preguntas, todas ellas, para que rumie el nazareno una respuesta.

Un Pregón que trasciende la mera exaltación estética para adentrarse en las profundidades del alma nazarena de Cuenca y de la fe que anida en ella, una fe anudada desde casi el nacimiento a nuestra celebración capital. “Juan levanta apenas la mano y alza su dedo al cielo para pedirnos: ¡dejadla sufrir en silencio!, que no hay dolor como el suyo. ¡Dejadla sufrir en silencio!; que solo tu propio silencio puede decirle a esa madre que tú quisieras llorar para aliviarle el dolor, aunque tú lo sufras por dentro”, dijo, trayendo a la mente del nazareno a Ntra. Sra. de la Amargura con San Juan Apóstol. “Aquel por quien han sido hechas todas las cosas, Cristo Señor del universo, atado a una columna. Pero no ha habido en la historia de la humanidad un acto tan profundamente libre como la entrega del Señor en su Pasión. No hay nada que obligue, que vincule o que ate más que el amor; nada más fuerte cuando es auténtico. Y la Pasión del Señor es entrega total, cumbre de amor; si este falta, solo hay necesidad que obliga, indiferencia inoperante”, afirmó, inspirado por Ntro. Padre Jesús amarrado a la Columna. “La Cruz, el desfile de la Cruz Santa. El Santísimo Cristo del Perdón, la Exaltación, el Santísimo Cristo de la Agonía, el Santísimo Cristo de la Luz o de los Espejos, el Santísimo Cristo de la Salud, el Descendimiento. Última Ella, la Madre, Virgen de las Angustias. Todo su ser atravesado por un dolor que ahoga, sofoca, asfixia. No muere porque todavía tiene mucho que sufrir, porque le queda, todavía, mucho amor que dar. Ahora a nosotros, porque Jesús la hizo madre nuestra”, evocó en relación a la procesión En el Calvario. Imágenes de una potencia arrolladora para conmover el corazón del nazareno como lo harán en apenas dos días por las calles de nuestra Cuenca.

Con un lenguaje directo y desprovisto de artificios vacíos, el Pregón de monseñor buscó en cada palabra, en cada párrafo, hacer mella en la conciencia del oyente, en una experiencia también sensorial en la que, a través de la palabra, hizo presentes monseñor algunos de los sonidos y silencios más característicos de nuestra Semana Santa. Y no estuvo exento de emoción personal, que se hizo especialmente patente en dos momentos: cuando confesó la profunda impresión que le causa cada año recibir a la Madre bajo el arco del Palacio Episcopal – dijo, personalizando el sentimiento en María Stma. de la Esperanza, que “me iré de Cuenca cuando Dios quiera, pero ese momento vendrá conmigo. Después, cuando reemprende la procesión, la acompaño hasta los arcos: que no es cosa fácil arrancarse de ella” – y en el momento en que hizo un hermoso homenaje a las madres en la figura de María Santísima, Madre del Señor y madre nuestra, como reconocía él mismo en una conversación informal al término del Pregón: “¡Qué bien, que hermoso y qué necesario que existan las madres! Al menos un Ave María cuando te retires a descansar, para agradecer que haya querido ser también madre nuestra la que es Madre de Dios”, dijo, referido en este caso a Ntra. Sra. de las Angustias.

Y, si bien bello en la forma y perlado de frases para que guarde el nazareno en su corazón (como hizo María) – sirvan como muestra tres que impactaron especialmente a esta cronista: “Jesús cautivo y libertador. Cautivo por nosotros, libertador para todos”, “Por eso amor y libertad van juntos. Pecado y esclavitud también”, o “La Cruz ilumina el sufrimiento humano y disipa su tiniebla” – el verdadero peso del Pregón de monseñor reside en su hondura teológica, que abraza con sinceridad radical la exigencia del Evangelio.

La denuncia de la fe acomodaticia, de la tibieza espiritual y del cristiano que se esconde por el miedo al qué dirán; la Cruz como símbolo del escándalo del amor – el “escándalo del bien” frente al “escándalo del mal”, diría monseñor – y la entrega de Cristo como el acto más profundamente libre de la historia; el dolor de Cristo en la Cruz como depositario y guardián de todos los sufrimientos contemporáneos – las víctimas de la violencia armada, los niños condenados a morir antes de nacer, los ancianos olvidados, las mujeres y hombres humillados o los jóvenes destrozados por los vicios de nuestro tiempo – o la mariología de la compasión, con la Virgen como refugio del nazareno y emblema de todas las madres, vertebraron un texto tan valiente como necesario. Un texto que no se conformó con admirar la belleza de nuestras procesiones, sino que nos exige a los nazarenos coherencia, caridad y una fe viva que culmine, al igual que nuestra Semana Santa, en la luz definitiva del Resucitado.

“Caminan lentamente, uno al encuentro del otro. La luz del Resucitado ilumina su rostro transfigurándolo como en el Tabor. Algo nos dice que ya no es de este mundo. […] La esperanza es cierta, el final será el encuentro. Anclados fuertemente en la esperanza, en la seguridad del final victorioso, ahora esperamos solo que nos llegue también a nosotros. Vamos a su encuentro, como María. Ella ya ha llegado; muchos de los nuestros – que sean todos pedimos en esta hora –han llegado con ella. ¡Nosotros esperamos estar con ellos, ellos esperan estar con nosotros! Nazarenos, conquenses todos, ¡feliz y devota Semana Santa 2026! Gracias”. Las palabras finales del Pregón, pronunciada por monseñor hacia las 21:38 horas, arrancaron un caluroso aplauso, sostenido en el tiempo. Y monseñor, con la expresión de tranquilidad de quien sabe el deber cumplido, en el escenario y tímidamente, sonrió a sus nazarenos.

Posteriormente, el presidente de la Junta de Cofradías le hizo entrega, a modo de recuerdo, de una escultura personalizada que le representaba fielmente a él y que provocó la sonrisa divertida y agradecida de monseñor. Pedro José Ruiz recibió de manos del vicepresidente, Antonio Abarca, el ya tradicional nazareno de Tomás Bux. Y así, con los cuatro en el escenario y los obsequios entregados, despidió Paula Latorre el acto deseando a los presentes una feliz Semana Santa y llegó el turno de las fotos de familia para el recuerdo.

Otros detalles del acto

El acto del Pregón reunió, un año más, a la sociedad conquense y a la comunidad nazarena en el Teatro Auditorio. En el apartado institucional, acompañaron a la Comisión Ejecutiva y Junta de Diputación de la Junta de Cofradías el Cartelista, Pedro José Ruiz; el alcalde de Cuenca, Darío Dolz; el consejero de Educación, Amador Pastor; la delegada de la Junta de Comunidades en Cuenca, M.ª Ángeles López; el presidente de la Diputación Provincial, Álvaro Martínez Chana; la subdelegada del Gobierno en Cuenca, M.ª Luz Fernández; el comisario de la Policía Nacional, Francisco Sánchez; la jefa de la Comandancia de la Guardia Civil de Cuenca, teniente coronel María Jesús Pascual; el jefe de la Policía Local de Cuenca, Ángel Barrios; el presidente de Fundación Globalcaja Cuenca, Eliseo Quejigo, y la directora, Henar de la Sierra; el vicario general de la Diócesis, Antonio Fernández; la concejala de Deportes y Urbanismo, Charo Rodríguez; el concejal de Educación, Innovación y Nuevas Tecnologías, Víctor Manuel Fernández; la concejala de Turismo, Patrimonio Histórico, Comercio y Patrimonio, Marta Tirado; la concejal del Grupo Municipal Popular y diputada nacional Beatriz Jiménez; los concejales del Grupo Municipal Popular, Álvaro Barambio, Julián Alberto Niño y Marta Segarra; la portavoz de Cuenca en Marcha en el Ayuntamiento de Cuenca, M.ª Ángeles García; el portavoz de Vox en el Ayuntamiento de Cuenca, Rafael Rodríguez; el cronista oficial de la ciudad, Miguel Romero; el presidente del Partido Popular de Castilla-La Mancha, Francisco Núñez, y el presidente del Partido Popular de Cuenca, José Martín-Buro; la senadora por Cuenca del Partido Popular, M.ª Ángeles Bonilla; así como diputados provinciales, delegados de diversas carteras del Gobierno regional y otras personalidades de la vida nazarena, civil, social, cultural y religiosa de la ciudad.

El escenario estuvo en esta ocasión presidido por una sencilla Cruz de madera, el Cartel, el Guion de la Junta de Cofradías y los colores del Vaticano, amarillo y blanco, materializados en un elegante y cuidado arreglo floral a base de lunaria (también conocida como flor o moneda del Papa) y narcisos amarillos, entremezclados como vétulas (similares a sarmientos) a modo de contraste.

Tags: Cuenca
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