Si esta noche, al encender el televisor mientras pinchas ese trozo de tortilla de patata que te ha sobrado del mediodía, el presentador del telediario apareciera con una sonrisa radiante para decir: «Buenas noches, ciudadanos. Hoy ha sido un día maravilloso. No ha muerto nadie, los trenes han llegado a su hora, la inflación ha bajado y se ha descubierto que el chocolate adelgaza», te sentirías estafado.
Sostendrías el tenedor en el aire, confundido, y probablemente cambiarías de canal buscando algo más sustancial. Algo con sirenas. Algo con humo. Algo que confirme que el mundo se está yendo al garete, porque, siendo honestos: la felicidad ajena es aburridísima, pero la desgracia… ah, la desgracia tiene un buké irresistible.

Vivimos en la era del sommelier de catástrofes. Nos hemos convertido en unos yonquis de la tragedia, unos vampiros de sofá que necesitan su dosis diaria de cortisol y sangre pixelada para sentir que están informados. Y los noticieros, esos grandes chefs de la miseria humana, lo saben. Conocen nuestro paladar mejor que nosotros mismos. Saben que el «todo va bien» no vende pañales ni seguros de coche. Lo que vende es el miedo, el horror y, sobre todo, el morbo. Ese delicioso y oscuro morbo.
El Menú Degustación del Apocalipsis
Fíjense en la escaleta de cualquier informativo moderno. Es una obra maestra de la narrativa del terror. No empiezan con la inauguración de una biblioteca. Empiezan con la música: esa sintonía urgente, grave, con tambores casi tribales que te gritan al subconsciente: «¡Siéntate y calla, que viene la muerte!».
Y entonces, el primer plato: El descarrilamiento.
No nos basta con saber que un tren se ha salido de la vía. Eso es información. Nosotros queremos detalles. Queremos saber si el tren iba lleno, si eran huérfanos que iban a una excursión, si el maquinista estaba enviando un WhatsApp o si el puente estaba hecho de palillos. Exigimos el recuento de víctimas en tiempo real, como si fuera el marcador de un partido de baloncesto.
—¿Cuántos van, Matías?
—De momento confirman doce, pero los bomberos siguen sacando gente.
—Uff, doce. Poca cosa. El mes pasado en la India fueron trescientos. Este descarrilamiento es de segunda división.
Porque sí, amigos, comparamos tragedias. Tenemos un ranking mental. Un terremoto de 4.5 en la escala de Richter que solo tira unos jarrones es una anécdota simpática. Un terremoto de 8.0 que se traga una ciudad entera es prime time. Nos sentimos decepcionados si la desgracia no tiene la magnitud suficiente para justificar nuestra atención. «¿Solo tres heridos leves? Cambia, a ver qué dicen en la otra cadena sobre el asesino del hacha».
La Pornografía Emocional y el «Pobrecitos»
Pero el verdadero arte del morbo no está en el hecho en sí, sino en el aderezo. Aquí es donde entra el reportero intrépido. Ese ser humano que es enviado al epicentro del drama y que, inexplicablemente, siempre pone cara de estar oliendo leche agria.
El reportero no te cuenta lo que pasó; te cuenta lo que se siente. Busca a la vecina. La vecina es la pieza clave de la geopolítica del desastre.
—Era un chico muy normal, siempre saludaba en el ascensor —dice la señora con rulos, refiriéndose al tipo que acaba de comerse a sus padres.
Y nosotros, desde casa, asentimos con gravedad. «Claro, siempre saludan. Hay que tener cuidado con los que saludan». Nos encanta ese escalofrío de cercanía. El morbo se alimenta de la posibilidad: «Podría haber sido yo, pero por suerte ha sido ese desgraciado de ahí». Es un mecanismo de defensa evolutivo que se nos ha ido de las manos. Miramos el abismo no para entenderlo, sino para asegurarnos de que nosotros seguimos en el borde seguro. Decimos «pobrecitos» mientras nos metemos otra cucharada de yogur en la boca, en una disonancia cognitiva tan brutal que si la analizáramos un segundo, el cerebro nos haría cortocircuito.
La Estética de lo Macabro
¿Se han fijado en cómo se visualiza la noticia? Si hay un incendio, queremos ver las llamas más altas. Si hay una inundación, queremos ver a la vaca nadando por la calle principal. Si la imagen es borrosa o lejana, nos quejamos de la calidad del servicio. «Con lo que pagamos de impuestos y no tienen un dron para meterse dentro del volcán».
El rojo sangre y el amarillo «Breaking News» son los colores de nuestra bandera. Los noticieros han aprendido de Hollywood. Necesitan un arco dramático. Primero, el shock (el accidente). Segundo, el dolor (los familiares llorando, un plano que debería estar prohibido por decencia humana pero que se emite en bucle y a cámara lenta). Tercero, la búsqueda del culpable (¿fue el gobierno? ¿fue el cambio climático? ¿fue un jabalí?).
Y luego, el momento más surrealista de la televisión mundial: La Transición.
Ese instante mágico en el que el presentador, después de narrar durante veinte minutos cómo la humanidad es una plaga violenta y el planeta un lugar hostil diseñado para matarnos, cambia el tono de voz, esboza una media sonrisa y dice:
—Y en otras noticias, en un zoo de Australia ha nacido un panda que estornuda.
Y tú, con el corazón todavía encogido por la masacre anterior, ves al panda. Y te ríes. «Je, qué gracioso el bicho». Esa capacidad de pasar del horror absoluto a la ternura banal en 0,5 segundos es la prueba definitiva de que estamos rotos. O quizás, de que estamos blindados.
¿Por qué lo hacemos?
¿Por qué no podemos dejar de mirar? ¿Por qué los vídeos de accidentes de tráfico tienen millones de visitas en YouTube? ¿Por qué frenamos en la autovía cuando vemos las luces azules de la policía en el carril contrario, creando un atasco monumental solo para ver si hay chapa retorcida?
Dicen los psicólogos que es para prepararnos ante el peligro. Yo creo que es algo más simple y más oscuro: el aburrimiento existencial. La vida moderna, para la mayoría, es una rutina de hojas de cálculo, atascos y facturas. La muerte, la destrucción y el caos son, paradójicamente, una inyección de vitalidad. Nos recuerdan que la vida es frágil, intensa y, sobre todo, que algo está pasando.
El morbo es el picante de una vida sosa. Nos sentimos virtuosos al preocuparnos por las desgracias ajenas. «Mira qué empático soy, que estoy aquí sufriendo por este volcán en Indonesia». Mentira. No estás sufriendo. Estás entretenido. Si sufrieras de verdad, apagarías la tele y te irías a llorar al baño. Pero no lo haces. Te quedas a ver si sube el número de víctimas, a ver si encuentran la caja negra, a ver si el reportero se cae al agua.
No nos engañemos. Los directivos de las cadenas de televisión no son monstruos sádicos que quieren deprimirnos; son empresarios que nos dan exactamente lo que pedimos. Si mañana los noticieros decidieran emitir solo noticias sobre avances médicos, rescates de gatitos y gente ayudándose mutuamente, la audiencia caería en picado.
Diríamos que es «buenismo», que nos ocultan la realidad, que es propaganda. Porque la realidad, para nosotros, tiene que doler. Si no duele, no es real.
Así que esta noche, cuando te sientes frente a la pantalla, no culpes al mensajero. No culpes al presentador de traje impoluto que te narra el fin del mundo con voz de barítono. Mírate a ti mismo. Observa cómo tus pupilas se dilatan cuando anuncian «imágenes impactantes». Reconoce al pequeño buitre que llevas dentro, ese que se alimenta de la carroña informativa para sentirse vivo.
Y disfruta del espectáculo. Al fin y al cabo, mientras la desgracia salga en la tele, significa que le ha pasado a otro. Y en el fondo, en ese rincón oscuro de nuestra alma que no admitimos en las cenas de Navidad, eso es lo único que nos importa.
¿Qué echan después? Ah, sí. Un documental sobre asesinos en serie.
Trae las palomitas.
Firma invitada: Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina.

