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Yo ya no quiero ser premio Nobel

Por Liberal de Castilla
sábado, 17 de enero de 2026
en Opinión
Tiempo de lectura: 5 minutos
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francisco-r-breijo-marquez
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No, gracias. Que lo guarden. Que lo fundan. Que se lo metan en la vitrina institucional donde duermen las momias de la corrección política, bien amplios de pecho y bien escasos de vergüenza. Yo ya no quiero ser Premio Nobel, ni de Literatura ni de la Paz ni de la Gente que Sabe Agachar la Cabeza con Estilo Nórdico. Antes sí quería, claro, cuando uno todavía creía que ese dorado medallón significaba algo parecido a “mérito”, “genio” o, por lo menos, “una frase frente al espejo que no dé vergüenza ajena”. Pero no. Se acabó la ilusión en el mismo instante en que vi la reverencial flexión de cerviz esa, la inclinación profunda, casi gimnástica, de cierta Collado literaria rindiéndose, sin necesidad ni dignidad, ante el nuevo ídolo de barro con pelo de zanahoria.

Ahí comprendí que todo había terminado. Que el Nobel ya no era un premio, sino una especie de diploma de obediencia, una medalla Scout del servilismo internacional. Y no hablo de política, sino de teatro: del gesto, del trance mímico en el que se doblan las rodillas y se entrega el alma por un selfie con la sonrisa justa. Si Alfred Nobel levantara la cabeza, pediría una bomba de hidrógeno para sí mismo.

Francisco R. Breijo Marquez

Dirán que exagero, que el Nobel siempre fue un asunto de diplomacias, equilibrios y sonrisas forzadas. Probablemente. Pero había —antes— un resto de dignidad en el absurdo: Sartre negándose al premio, Faulkner borracho improvisando su discurso, Camus mirando de reojo al destino como si fuera un inspector de aduanas. Aquellos sí parecían humanos. Ahora ya no: son hologramas sonrientes, plastificados, listos para posar junto a quien convenga, aunque sea una estatua de cera con el peinado del apocalipsis.

Yo, si algún día se les ocurre cometer el disparate de ofrecérmelo, haré como Sartre, pero con más ruido. Renunciaré tan enérgicamente que las letras suecas temblarán en las paredes de la Academia. Diré que el Nobel es incompatible con el sueño literario, que no se puede escribir con libertad mientras se aceptan reverencias de protocolo y frases de gracias aprendidas. Que la literatura no se premia: se sufre, se padece y, a veces, se vomita con estilo.

Y mientras tanto, allá está el “zanahoria” mundial, ese dirigente que parece una caricatura que se tomó demasiado en serio. No mencionaré su nombre, no por prudencia, sino por higiene mental. Ya suficiente daño causa su peinado como para darle además espacio semántico. Pero cada vez que uno observa a esa alrededor del poder absoluto —esa corte de aduladores, esos brazos doblados en ángulo de 90 grados y esas sonrisas sin alma— comprende que el Nobel ha dejado de ser símbolo de sabiduría para convertirse en accesorio de campaña.

Claro que hay excepciones. Los hay que todavía escriben, que todavía sangran tinta. Pero son los menos, y cada vez los esconden más en el programa: no vaya a ser que estropeen la foto con su honestidad. La Collado, en cambio, se entrega entera: cuello de cisne hacia atrás, mirada de devota, y ese aire de “yo no voté por esto, pero aquí estoy, cumpliendo protocolo”. Es la imagen perfecta de la civilización doblada.

Y mientras, Venezuela espera. No un milagro, sino un gestor, un cerebro; alguien que no crea que gobernar consiste en posar en cadena con metafonías patrióticas. Allí es donde entra mi candidato personal: el Tío Gilito. Sí, el de los cómics. Ese avaro insaciable con bañera de monedas que al menos sabe lo que vale un céntimo. Lo propongo como presidente interino, plenipotenciario y autárquico. Porque, al menos, el Tío Gilito entiende de economía, de ahorro y de timing. Y sobre todo: nunca se arrodilla ante nadie. Él negocia, regatea, discute, pero siempre de pie.

¡Qué paradoja tan gloriosa! En un mundo de burócratas prosternados, el único ejemplo de dignidad financiera y ética nos viene de un pato en frac. El capitalismo salvaje convertido en modelo moral. Quizá el propio Marx, en el más allá, esté revisando sus apuntes. Y mientras tanto, nosotros, los que escribimos, seguimos buscando sentido entre el polvo de las palabras.

A veces pienso que el Nobel debería abolirse, como las coronas o las indulgencias plenarias. Dejarla ahí, en los libros de historia, como una costumbre obsoleta, equivalente al duelo a espada o a las cartas de amor escritas con pluma. Al fin y al cabo, el verdadero premio ya no es de oro sino de lectura: que alguien te lea sin bostezar, que recuerde una frase tuya mientras friega los platos. Eso vale más que todos los discursos de Estocolmo.

Pero los tiempos son estos, y las reverencias continúan. La Collado sonríe, el zanahoria se peina, los suecos aplauden con elegancia inerte, y yo —desde esta lejana torre de papel— observo el espectáculo con la fascinación morbosa de quien ve naufragar el gusto universal. Quizá el futuro sea eso: una larga ceremonia sin alma donde la literatura se canjea por cortesía y el pensamiento por postura corporal.

Por eso digo, sin amargura pero con firmeza: no quiero ser Premio Nobel. Que se lo den a otro, a quien sepa inclinar la cabeza sin que se le salga la dignidad por la boca. Yo prefiero seguir escribiendo en paz, reírme de la solemnidad ajena, y citar a Sartre cada vez que se me acerque un diplomático con un sobre dorado.

Y si algún día alguien insiste en nominarme, haré mi discurso anticipado: “Agradezco tanto honor, pero me basta con que no me confundan con los de la genuflexión fácil”. Luego me iré caminando sin mirar atrás, con la ligera esperanza de que en algún rincón, entre el polvo de las bibliotecas y las carcajadas de los lectores, sobreviva eso que un día se llamó dignidad literaria.

La mía, por lo menos, no se inclina.

 

Firma invitada: Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina.

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