Siempre quise escribir sobre este tema. Pero por una cosa u otra, siempre se me queda en la teclas. Una cosa
Que me vengan a mí, con mis canas, mis arrugas y mis dosis reglamentarias de incredulidad, a decir que la culpa del cambio climático la tienen las vacas por sus flatulencias, me resulta, como mínimo, un insulto a la inteligencia colectiva. Y no digo que las vacas no tengan un sistema digestivo de lo más complejo, con sus varios estómagos y su rumiado lento que parece una meditación zen bovina, pero, hombre, de ahí a culparlas de que el planeta se nos esté cociendo como una paella olvidada en el fuego, hay un trecho que solo se explica si quien lo sostiene ha pasado demasiado tiempo en algún despacho con el aire acondicionado a quince grados, alimentándose de informes patrocinados por alguna petrolera aburrida.

La teoría oficial es que las pobres reses, al expulsar su metano – sin consideración alguna con sus acompañantes -, son como fábricas andantes de destrucción climática. Yo me imagino a la vaca lechera – que no es una vaca cualquiera y me da leche merengada …Ay que´vaca tan salada…tolón, tolón -, que pasta tranquila en un prado de León, ajena a su reputación internacional, y pienso: “si esta señora bovina es capaz de provocar el deshielo de Groenlandia con un pedo, apaga y vámonos”.
¿No será que alguien se ha pasado de entusiasmo con las estadísticas y, al no encontrar un culpable humano tan fácilmente manejable, han decidido culpar a los rumiantes? Es como cuando en el colegio desaparecía una goma de borrar y todos señalábamos al niño tímido de la última fila, que era un petardo.
Ahora bien, mientras nos distraemos con las ventosidades de la fauna, ahí arriba surcan los cielos unas criaturas mucho más sospechosas: los aviones. Y no esos avioncitos de aeroclub que llevan a cuatro jubilados a sobrevolar un campo de amapolas, no, me refiero a esos monstruos metálicos de centenares de toneladas que transportan tanto turistas con chancletas como misiles de precisión. Ahí nadie dice ni mu, porque parece que los gases que expulsa un Boeing, un Airbus o un bombardero estratégico son aire perfumado de lavanda que purifica la atmósfera. Y tampoco es eso, oiga.
Uno no necesita ser ingeniero aeronáutico ni físico cuántico para darse cuenta de la incongruencia. Basta con mirar al cielo un domingo cualquiera: se ven trazas blancas cruzando de un lado a otro, como si algún mocoso celestial hubiera decidido jugar al tres en raya con nubes químicas.
Y mientras tanto, en la tele un tertuliano te dice, con cara de gravedad, que lo importante es reducir el consumo de carne porque las vacas se tiran pedos. ¡Pero si yo me comiera a todas esas vacas que supuestamente destruyen el clima, necesitaría un vuelo chárter de Ryanair para ir al hospital más cercano a que me rehicieran el hígado! Y eso, claro, contaminaría mucho más.
Ryanair, esa empresa de bajo coste que ha hecho de la incomodidad un modelo de negocio y pretensiones, merece mención aparte. A mí no me cabe duda de que si mañana desapareciera de la faz de la tierra, no solo el medioambiente respiraría, sino también los pasajeros. Uno no puede llamarse ser humano digno después de haber volado tres horas en sus asientos que parecen diseñados por un dentista sádico en prácticas.
El maltrato empieza antes de despegar, cuando te cobran por llevar un equipaje que cabe en el bolsillo de un abrigo – mi experiencia fue en Sofía, Bulgaria…y me enfadé un montón con la gorda que me gritaba algo así como «Don’t be boring. Damn it.».
.Y ya en vuelo, la tripulación se convierte en vendedores ambulantes de lotería, perfumes de imitación y bocadillos extremadamente sospechosos, mientras el capitán anuncia con júbilo que han logrado aterrizar en el aeropuerto correcto, cosa que no siempre ocurre. Entonces, la gente empieza a aplaudir y, claro, una persona no habituada a tales acciones, pues se asusta mucho: No nos hemos estrellado, gracias a los dioses.
Pero no nos desviemos: lo importante es que esos aviones —los de Ryanair y los de todas las demás— sueltan más humo que un adolescente encerrado en un baño con tabaco barato ( en mi caso era Bisonte).
Y claro, la diferencia es que el adolescente no contribuye de forma significativa a la alteración del clima planetario, salvo que viva en un internado gigantesco. En cambio, cada vuelo es una bomba de dióxido de carbono disfrazada de vacaciones baratas a Salou.
Y lo de los aviones de guerra ya es otro cantar. Que alguien me explique cómo es posible que nadie tenga la decencia de sumar a la contabilidad del cambio climático esas maniobras aéreas que llenan de ruido los cielos, mientras sus turbinas escupen gases a mansalva.
No, claro, eso no contamina porque es por la patria, y lo que se hace por la patria debe oler a jazmín y a gloria bendita. Pues no, señores: huele a queroseno quemado y a factura que nunca aparece en el balance de emisiones.
Me fascina que la humanidad se haya puesto de acuerdo en aceptar que la flatulencia vacuna es un problema global, mientras ignora que a diario se lanzan cientos de miles de vuelos, como si el planeta fuese una feria aérea permanente. Es la lógica invertida: nos preocupamos de que un animal de 600 kilos expulse gas por su trasero, pero no decimos nada de una máquina de 300 toneladas que arde con combustible fósil cada vez que alguien necesita hacerse un selfie en la Torre Eiffel sin pegarse un trastazo y , así, poder enseñarlo a sus amistades más chic y snob.
Yo ya me imagino al futuro tribunal climático, con toga y martillo, dictando sentencia contra los culpables del desastre: “Condenamos a la vaca Margarita y a su séquito de cabras y ovejas a cadena perpetua en un establo hermético, por sus incontrolables actividades digestivas”. Y al fondo, los ejecutivos de las aerolíneas brindando con champán, celebrando que, mientras tanto, ellos sigan vendiendo billetes sin equipaje incluido como rosquillas madrileñas.
La vaca, pobre, ni siquiera tiene abogado defensor. Y si lo tuviera, probablemente sería un abogado de oficio especializado en gallinas.
Pero nadie se atreve a poner en el banquillo a las aerolíneas, porque entonces los turistas del primer mundo tendrían que resignarse a pasar sus vacaciones en el pueblo de al lado. Y claro, ¿qué sería de Instagram si la gente solo pudiera mostrar fotos de la fuente seca de la plaza mayor en lugar de playas exóticas al otro lado del planeta? Sería un cataclismo social.
Lo más gracioso es que, en el discurso oficial, parece que los pedos de vaca son un fenómeno imparable, una amenaza bíblica, mientras que los aviones, mágicamente, no forman parte de la ecuación. Yo me pregunto: ¿quién ha tenido la ocurrencia de convencer al mundo de que el metano bovino es más sexy como villano que el dióxido de carbono aeronáutico? Probablemente alguien con muchos intereses en que las aerolíneas sigan funcionando como relojes suizos, aunque huelan a gasofa de tractor anacrónico.
En mis momentos de insomnio – que son molestamente frecuentes -, me gusta imaginar un mundo alternativo en el que los papeles se invierten: titulares alarmantes sobre las “flatulencias aéreas” y conferencias internacionales dedicadas a cómo limitar el número de vuelos a lo estrictamente necesario. Y mientras tanto, los científicos tranquilizan a la población diciendo que las vacas, en realidad, no hacen tanto daño, que su digestión es un mal menor comparado con las discotecas de turistas que despegan del aeropuerto de Stansted cada quince minutos.
Pero claro, ese mundo no existe, porque vivimos en este, donde se prioriza la rentabilidad de las aerolíneas sobre el sentido común. Es más…contra la propia sensatez.
Es mucho más fácil prohibirle a un campesino que tenga demasiadas vacas que prohibirle a una aerolínea que vuele de Madrid a Lisboa a la misma hora en que sale otro vuelo de la misma ruta. Y mientras tanto, los gobiernos organizan cumbres climáticas en lugares paradisíacos, a los que acuden en jets privados miles de políticos y expertos, y cantidades ingentes de caviar beluga acompañado con langostas de azul , que después culpan al ganado de la tragedia. Si eso no es ironía, ya no sé qué lo es.
Yo estoy convencido de que si retiraran Ryanair de los cielos, el planeta daría un respiro inmediato. No solo en términos de emisiones, sino también en salud mental. Sería una especie de terapia global: menos retrasos absurdos, menos asientos que parecen sillas de tortura medieval, menos pasajeros frustrados intentando meter su maleta en un compartimento diseñado para guardar un estuche de lápices. Y si además eliminamos las maniobras militares innecesarias, entonces igual hasta podríamos empezar a hablar en serio de salvar el clima, en lugar de torturar al ganado con acusaciones infundadas.
El futuro del planeta, nos dicen, depende de que comamos menos carne roja. Pues muy bien, yo acepto que quizá un consumo moderado no nos venga mal. Pero de ahí a aceptar que la culpa de todo es de las vacas, mientras se exoneran toneladas de aviones rugiendo día y noche, hay un trecho que ni con la mejor digestión se digiere. El aire huele más a queroseno que a pedo, aunque algunos quieran convencernos de lo contrario. Y, sinceramente, yo prefiero la sinceridad olorosa de una vaca a la hipocresía perfumada de una aerolínea.
Rematando, y sin miedo a equivocarme: si el mundo se acaba porque la vaca Matilde se tiró un cuesco en León, entonces merecemos extinguirnos por crédulos. Pero si resulta que el verdadero problema son los vuelos que nunca dejamos de multiplicar, entonces habrá que mirar al cielo con menos devoción y más sentido crítico.
Porque lo que contamina no es la vaca que mastica pasto, sino el turista con selfie stick que insiste en ver el mundo entero a base de billetes baratos y nubes artificiales. Y además, se tira pedos apestosos de tapadillo.
Firma invitada: Francisco R. Breijo-Márquez. Doctor en Medicina.

