Virginia Mínguez con 4 años

La despoblación, como la sequía, se llevó por delante a Las Ramas de Majaelrayo, en Guadalajara. Un lugar en el que hace 30 años vivían setenta habitantes que ya se dice pronto. Y más cuando, la mayoría de ellos, sobrepasa los 75 años de edad. La imagen de la hucha boca abajo si  lo ilustráramos con una pirámide de población, vamos. Es lo que queda de los años de bonanza si miramos atrás, muy atrás, cuando en 1877, Majaelrayo tenía 624 almas que se redujeron a 221 en 1960 y a los que encontré, como digo, hace treinta años.

A Majaelrayo, al norte de Guadalajara, la encontramos pasada una pequeña ciudad encantada más allá de Tamajón. En el cruce que divide los caminos de Valverde de los Arroyos y Majaelrayo entre sabinares, jaras y lo que llaman “estepas” que para uno, siguen siendo jaras entre granitos en los que encuentran cobijo musgos, hongos y líquenes en una Reserva Nacional de Caza en la que se ubica este pueblo construido a base de pizarras, casi dormido, como sacado de un cuento de hadas.

Voy por las calles del pueblo con Maruja, la madre de Virginia a la que vuelvo a preguntarle su nombre: ya te lo he dicho antes, tengo cuatro años y no voy al cole porque soy pequeña, me dice casi gritándome.

Tienen una hermana que se llama Sandra, interna en un colegio de Guadalajara por lo que, en Majaelrayo, solo han quedado tres niños: Virginia de cuatro años, Raúl de tres y María que aún no ha cumplido el año y que, ahora, treinta años después, pues eso.

Elías García

El abuelo de Virginia, Elías, ha sido alcalde y, hoy, ha estado por ahí todo el día con sus vacas: Majaelrayo tiene 67 habitantes. Da pena decirlo pero, en fin,  antes tuvo 200 y  hace muchos años, pasaban de los  cuatrocientos, dice mientras aclara que, para él, jóvenes son los mayores de cuarenta y cinco años. Y menos mal que vuelven los jubilados: vuelven a pasar una etapa tranquila aquí, en el pueblo. Se van con los hijos pero vuelven, aclara Elías en este Majaelrayo en el que solo hay una niña (Sandra) en edad escolar: tenían que haber hecho un centro en Tamajón. Era lo que mejor había sido para esta zona con un transporte escolar decente. Esta nieta mía, que tiene siete años, pues mira, está en Guadalajara. Ahora contenta porque lleva ya dos años pero hubiera estado mejor aquí, con la familia.

Cuando Elías iba a la escuela, se juntaban unos cuarenta chicos o más. Era una escuela mixta a la que también acudieron sus propios hijos en los tiempos en los que se juntaba una nieve con otra. El pasto para el ganao es fino pero, ahora, la jara nos asfixia. Hay estepas que no se puede entrar en donde antes eran huertos. Es una epidemia que nos amenaza.

El paisaje urbano no cambiado mucho. Se sigue edificando aparentemente como antes, con la pizarra, pero al ser muy costoso se construye con ladrillo y se chapa con pizarra para guardar la estética. De pizarra no se puede hacer porque costaría una milloná.

Este es el Majaelrayo que encontré hace treinta años y al que llegó Julio procedente de Madrid huyendo de la quema y dejando su puesto en la Armada. Julio, Nano que hacía artesanía con pizarra y  cuernos de cabra y Jacinto con fama de ser el mejor cazador de la zona y poseedor de las mejores pieles.

Los danzantes

Danzantes a finales de los 80

Isidoro Moreno, aunque regenta una gestoría en Guadalajara, es un enamorado de su pueblo. Tanto que se ha preocupado en recopilar todo lo que ha aparecido en relación con el botarga y los danzantes: es que me viene de casta. He recogido las tradiciones de mis antepasados. Mi abuelo fue director de danza también y mi padre, que murió en 1971, ha estado en esto muchos años. La primera noticia la encontramos en un libro de fábrica de la iglesia, coincidiendo con la compra de una campana, la Santa Bárbara, y los bailes que ejecutaron ese día  del año 1654.

Son ocho danzantes, cuatro guardas que van por detrás, cuatro guías por delante, el botarga y el director de danza que es el que toca el tambor aunque, antiguamente, era tambor y dulzaina. Claro que, desde finales del siglo XIX, las danzas se ejecutaban el tercer domingo de Enero y, ahora, se han ido al primer domingo de Septiembre. Al pasar del ciclo invernal al otoñal, cambió las características del botarga aunque siga siendo invernal en época otoñal, explica Isidoro.

Hay varios tipos de danzas y, según sea, será el director de danza el que indique los movimientos tocando el tambor y cantando estrofas como estas:

“Domingo me enamoré, Lunes las visitas,  Martes los recados, Miércoles nos casamos, Jueves vivir con la novia, viernes la di de palos, Sábado se murió y el Domingo la enterramos”.

Hay otras que se repiten para ayudarse en la danza: “Una dama con chinchilla, que se llama Marianilla que es más hermosa que el sol, bailaba a la pájara madre a la sombra del verde limón”.

Danzantes de Majaelrayo que visten de forma muy similar a la de sus vecinos: faldequín o sayolín blanco sobre pantalones del mismo color, blusa o camisa blanca, cintas de colores en los brazos, calcetín blanco, alpargata y un gorro cilíndrico a la cabeza, adornado de flores.

Las Ramas. Una tradición perdida.

Dominga y Virginia

Las Ramas salían por las calles de Majaelrayo durante los días de cuaresma pidiendo donativos y cera para hacer el Monumento del Jueves Santo. “Por las que están en pecado mortal, para hacer bien y decir misas”, dice una mujer en Calzada de Calatrava (Ciudad Real), al tiempo que pide limosnas en estos días de cuaresma. Pero lo de Majaelrayo se perdió porque no hay mujeres que puedieran hacerlo. Francisco tiene 85 años y una hermana de 95: a ver. Y trabajando. Hoy echando basura para sembrar patatas en el huerto, dice entre risas porque la cara no refleja su edad. Ni mucho menos. Salían al forastero que llegaba  y le pedían pal santo pero, desde la guerra, no ha vuelto eso. Eran cuatro mozas jóvenes las que salían. Primero dos que buscaban a otras dos. Y si el forastero pedía que cantaran, pues ahí estaban cantando “El arado”, “Las quince rosas”, “Los números” o “La baraja” porque cada carta de la baraja decía lo suyo. El Domingo de Ramos tenían su fiesta y daban la vuelta por el pueblo recogiendo donativos, sigue explicando Francisco. Pero se perdió. Estamos aquí, muy pocos, dice. Y sobramos. No nos hace falta nadie porque así estamos muy a gusto los que habemos porque, a lo único que vienen, es a presumir los domingos. Claro que el día que nieva sí que es bonito porque aunque es blanco, esta oscuro dice Francisco cansado ya de hablar conmigo y con cierta prisa porque, a pesar de su edad, tiene que limpiar una cuadra. Y es que no sé qué tiene Majaelrayo para ser cuna de hombres y mujeres longevos: no sé. Será el clima, que nos criamos más sanos, la sierra…comenta Milagros que tiene 81 años y a la que encontramos, en su casa, ante un fuego de leña y en compañía de Gabina, la hermana de Francisco que tiene, ya lo dije, 95.

He ido por las calles pidiendo, sí, a tos los forasteros que venían. Venían muchos y en cuanto los veíamos, íbamos a cantarles para que nos dieran la propina y así sacar dinero para el Monumento del Jueves Santo. Luego, el día de la Pascua, salía la procesión y estaba muy bonito todo, aclara Milagros, añadiendo que, ese día, sacaban en procesión a la Virgen y al Niño por separado hasta producirse el Encuentro mientras cantaban:  “Por allí viene Jesús, por aquí viene su madre, háganse la gente a un lado, que desean saludarse. Que hace ya que no se han visto, desde el Jueves por la tarde”

Durante la cuaresma, dice Milagros, vestían un “Santo” muy bonito que, luego, llevaban por las calles. Una especie de tabla forrada de tela en donde ponían flores de papel: lo vestíamos con muchas rosas…era un Santo Cristo y como éramos cuatro, “las mandonas” que decíamos, pues lo llevábamos cantando canciones como el arado, las quince rosas…dice Milagros recordando otra vez lo del Monumento, la procesión de Resurrección y lo que cantaban:  “Vuélvase la procesión, vuélvase Cristo Triunfante,  vuélvase al altar mayor, a la iglesia militante.

Maruja ha conseguido las letras que guardaba celosamente en su casa. Las que Las Ramas cantaban por las calles y el Domingo de Resurrección en el que, en la procesión, las mujeres se colocaban haciendo dos filas porque, así, una cantaba una estrofa:   “A esta iglesia hemos llegado, con intención de cantar, danos licencia Señora, para poder empezar”, respondiendo la otra: “rompe esa voz, doncella, para dar los buenos días a la Reina de los Cielos y a la Sagrada María”.

El Domingo de Ramos hacían un ramo muy especial con un enebro: le poníamos una enagua y, en ella, muchas rosas. Con ello pedíamos casa por casa. Pero eso, mire usté, ha desaparecido ya. Yo no puedo cantar ni hacer esas cosas. Y aun así, llevamos velas el día de Jueves Santo y hacemos lo que podemos, afirma María Pola que, aunque pasa largas temporadas en Madrid, acaba de llegar junto, con Dominga, para ayudarnos un poco. Hace más de treinta años que no cantamos las Ramas, ¿verdad?, treinta y un años. Los que llevo de casada. Siento muchísimo que se haya perdido. Y como no hay juventud, pues lo damos por perdido. Cuando cantábamos, yo le tenía rabia a  la de “los números” porque era larga, muy larga.

El fuego daba un color rojo amarillento a la sala-cocina en la que, sin darnos cuenta, estas mujeres recordaron las canciones que cantaban en la Cuaresma y en la procesión del Domingo de Ramos. Allí dejamos a Milagros, a María y a Gabina, la hermana de Francisco quien, por cierto, tiene en el pueblo una cuesta con el nombre de Paco. La Cuesta de Paco.  Me lo ha dicho Virginia, aquélla niña de cuatro años que, ahora, me he permitido añadirle treinta. Me dijo más. Que Francisco murió con ciento tres años en ese lugar de pizarras.

Audio de Elías García

Audio de Francisco

Audio de Milagros

Audio de María