El doctor José Federico González, oncólogo del Hospital Quirón-Pozuelo de Madrid, impartió, precisamente el Viernes de Dolores, una conferencia sobre la muerte de Jesucristo, desde el punto de vista médico, en la Iglesia de San Vicente de Sigüenza. El templo, hermano de la Iglesia de Santiago, acogió la ponencia debido a las obras en la nave que están actualmente en marcha y para propiciar además una posterior vista guiada de los presentes al templo objeto de restauración.

El conferenciante fue introducido brevemente por la presidenta de la Asociación de Amigos de la Iglesia de Santiago, Elena Guijarro, quien subrayó además, el inicio de la actividad cultural de la AAISS en 2016, y el propósito restaurador que mueve la Asociación.  La charla congregó a cerca de un centenar de personas, que escucharon atentamente el relato del médico. La entrada era gratuita. Sin embargo, se solicitó un donativo para que los presentes contribuyeran al propósito restaurador del templo románico, que mueve a la AAISS. IMG_4259

El doctor González inició su ponencia recordando que el motivo de su interés médico sobre la muerte de Cristo arranca en las palabras “tengo sed” que pronunció Cristo en la cruz, según los evangelios. ¿Por qué sed y no otra sensación? Para dar respuesta a esa curiosidad, el galeno hizo una lectura exhaustiva de los textos evangélicos, tratando de buscar la realidad científica, desde el momento de la flagelación de Jesús en el patíbulo, hasta su muerte en el Calvario. “Igualmente me llamó la atención la descripción del sudor ensangrentado del que hablan los evangelistas. Aun siendo un estudiante, comprobé que se correspondía con una realidad médica cuando leí el ‘Manual del diagnóstico etiológico’, del doctor Marañón,  un clásico de la medicina. Marañón describe con precisión en qué situaciones se pueden producir la llamada hematohidrósis o presencia de sangre en el sudor.  Después de repasar los evangelios, comprobé que el relato no era en absoluto una exageración. A partir de estas dos cuestiones, profundicé en el proceso médico de la muerte de Cristo”.

Algo parecido le sucedió al doctor cuando estudió la fisiopatología de la insuficiencia cardiaca, en tercero de Medicina. “La evolución sintomática de Jesús y el tiempo que transcurre entre un evento médico y otro, coinciden perfectamente con la descripción de los evangelios”, siguió el oncólogo.

En su ponencia, González se refirió en primer lugar a los efectos que produjo en el cuerpo de Cristo la flagelación. “El castigo de los latigazos le provocó un grave deterioro físico. Le impedía caminar y respirar con normalidad, debido al daño muscular. Asimismo, la flagelación afectó no solamente a los músculos sino también al sistema nervioso periférico y a los receptores del dolor. Sufrió traumatismos costales y viscerales enormes”, explicó.

La crucifixión era la muerte más horrenda de la época. “Era la peor pena que recogía el derecho romano, reservada para los delitos más graves. De hecho, no se aplicaba a los ciudadanos romanos”, expuso el doctor.

Posteriormente, el González comenzó el análisis fisiopatológico de la cadena de padecimiento que supuso la crucifixión. “Aparte del agotamiento general, la anemia que le provocó la pérdida de sangre y el dolor, básicamente lo que ocurrió fue un daño masivo del sistema de bombeo sanguíneo. Debido a la posición de la crucifixión, se produjo un retorno venoso anómalo y defectuoso. El corazón se esfuerza entonces por bombear la poca sangre que le llega, lo que aumenta la frecuencia cardiaca, disminuye la tensión e impide que el crucificado exhale el anhídrido carbónico adecuadamente, circunstancia acrecentada negativamente por la debilidad de Cristo, debida al castigo previo. Progresivamente, se acumula el anhídrido carbónico en la sangre, se produce una bajada de la saturación, un déficit de irrigación cerebral y de los tejidos, y una acidosis, respiratoria y láctica, por depósito del ácido láctico en los músculos”, explicó.

Existe la creencia popular de que Cristo murió como consecuencia del tétanos. “Probablemente se deba a la contractura muscular que provoca el depósito de ácido láctico en los músculos, y que trae consigo la consiguiente tetanización”. En realidad la causa de la muerte fue el daño del circuito sanguíneo de bombeo a los tejidos desde el corazón y del retorno venoso. A consecuencia de ello se produjo una insuficiencia cardiaca progresiva,  acúmulo sanguíneo en los pulmones, las pleuras y  las vías aéreas, con los déficits que conlleva en el sentido de oxigenación, de lucidez cerebral  y de edema cardiogénico, que es lo que caracteriza la muerte en los crucificados.  “La famosa lanzada del centurión no es un acto de crueldad, sino la comprobación del centurión de que el reo estaba muerto”, comentó González.

El doctor impartió su charla médica de manera gratuita, contribuyendo así  “a un propósito fantástico, como es la restauración de la Iglesia de Santiago y su conversión en Centro de Interpretación del Románico rural cuyo entusiasmo me ha contagiado una de mis pacientes”.