Durante los últimos lustros se vienen realizando periódicas obras que, en definitiva, tienen el aspecto inconcluso que ofrecen en la actualidad. Tampoco queda en pie ninguna de las cuatro torres del templo, salvo el arranque de la torre del Angel. En conjunto, la catedral de Cuenca es el resultado de una compleja serie de aportaciones arquitectónicas; el origen es de estilo gótico normando, del que se conserva la primitiva crucería de la bóveda y, sobre todo, el singular triforio; la serie de capillas que cubren las naves laterales fueron edificadas entre los siglos XVI y XVII, destacando entre ellas las de los Apóstoles, la del Espíritu Santo y la de Caballeros, además de salas nobles como la Sacristía o la sala Capitular; casi todos estos recintos tienen en sus entradas espléndidas rejas que dan fe de la importancia de los talleres de la especialidad que hubo en Cuenca. 

La parte central del templo la ocupa el coro, magnífica talla en madera y, frente a él, la Capilla Mayor, cuyo altar neoclásico fue diseñado por Ventura Rodríguez con la técnica del Transparente, que permite ver hacia el otro lado del ARca de Plata con los restos de San Julián; el cierre de la Capilla los forman tres impresionantes rejas, sin duda de las mejores que es posible encontrar en los templos españoles. Anejo al bloque central del edificio está el claustro al haber sido dañado a comienzos de siglo por derrumbamiento de la torre; se accede a él por el Arco de Jamete, considerado por los especialistas como el mejor elemento arquitectónico de la catedral. Como complemento a la visita, se puede ver el Tesoro Catedralício, situado en la Sacristía, con una muestra reducida pero valiosa de arte sacro: la tabla de la Virgen de la Leche, una Dolorosa de Pedro de Mena, ornamentos sagrados, etc. 

Como complemento del recorrido por las naves de la catedral puede visitarse el Tesoro, situado al fondo del edificio, en la Sacristía, donde se pueden admirar varias espléndidas obras de arte: una Dolorosa, de Pedro de Mena; el retablo de la Virgen de la Leche; un Ecce-Homo, de García Salmerón; el retablo de la Asunción, de Martín Gómez el Viejo, etc., sin olvidar la impresionante cajonería y los espléndidos elementos para el culto que forman este museo.