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En Jábaga, el escenario era el de siempre y, el guión, similar al de otros años. Se habían coronado a damas y a la nueva reina de las fiestas en honor de Santa Teresa cuando subió al escenario el pregonero, Carlos del Pozo, gerente de la fábrica de chocolate “La Abadía” quien, desde el atril, dejó caer una serie de razones históricas por las que, antes de los romanos, Jábaga ya tenía un papel en la historia lobetana tras retirarse las aguas del mar de Tetis como demuestran los yacimientos paleontológicos hallados no muy lejos de aquí. Habló, cómo no, del chocolate y de cómo Julián Romero, el de los Tercios de Flandes, se ocupó de extender la cultura chocolatera por todas partes incluyendo el camino que, pasando por Jábaga, iba hacia el Monasterio de Piedra. Hasta ahí todo bien.

La presentadora del acto, Teresa García, anunciaba un minuto de silencio por todos los que faltan, por los que no están y, ahí, surgió lo inesperado. Desde la esquina izquierda, a pie de sillas, apareció de repente la figura de Ismael El Dorado, que tenía que actuar por la noche, y cambiando la norma del trío de metales o de celos, se marcó el adagio del Concierto de Aranjuez, el “Aranjuez mon amour”, que nos dejó levitando.