Ángel Chicharro: tengo un hijo que se ha vestido de danzante con doce años así que, será danzante

Entrar en ese tapiz vegetal salpicado de jaras en flor hasta que la vista se cansa, es uno de los placeres que la naturaleza te entrega como premio a un viaje por la Sierra del Ocejón en busca de la Octava del Corpus, en Valverde de los Arroyos, mientras las pizarras, negras, se amontonan a los lados de la carretera cuando no forman crestones que salen de la tierra entre los quejigos, cerca de Palancares.

Estamos al pie mismo del pico del Ocejón  que, cuando no hay vegetación, proliferan los líquenes que dan un color verde al ambiente de un pueblo, medio escondido, por el que pasa el arroyo que nace en las Chorreras de Despeñalagua al que, Isidoro, guarda del coto de pesca, mima celosamente.

María Benito

Hay otros mimos que se fijan en la arquitectura popular, negra, de pizarra. José María está construyendo una casa con ese material en Campillo de Ranas: sí. Es una casa muy grande. Unos 400 metros cuadrados, de dos plantas, toda de pizarra.

Eso será carísimo, le digo: ¿carísimo? Bueno ese es el problema. Es caro porque hay que sacar la pizarra muy fina para que el tejado no pese y esto vale mucho. Nosotros damos presupuesto y dicen que es caro. Sacamos las lanchas de las canteras, pagamos al ayuntamiento y ya.

María Benito vive en la casa que construyera su abuelo hace unos ciento veinte años. No hay humedad, dice maría porque los muros miden más medio metro. Aquí, el día fijado para el Corpus de toda la vida prácticamente ni se celebra entre otras cosas porque no salen los danzantes. El día de la Octava del Corpus, sí: es que como La Huerce celebraba el Corpus, la gente se dividía entre los dos pueblos y, por eso, decidieron que La Huerce celebrara el Copus y, Valverde, la Octava, dice María que este año ha adornado un altar en medio de un rosal: antes se ponían tres mesas. Una era la del cura pero, como la casa se estaba hundiendo, se dejó de poner. Entonces quedaron dos. La mía y la de la era en las danzas. Y además, ponemos una colcha de ganchillo aunque otras veces hemos puesto dos así que, este año, dos cortinas de más de cien años, la colcha y nada más.

En el interior de la casa de María están las rosquillas que hacen las mujeres y que serán subastadas después: llevan claras de huevo a punto de nieve con azúcar y, la masa, la hacemos con yemas de huevo, harina, azúcar, levadurina o algo para que suban. Están buenísimas.

María, con 61 años, es de las más jóvenes de Valverde. Un pueblo de unos 50 habitantes en el que no hay niños ni escuela. Un pueblo sin niños al que, a veces, llegan los fines de semana o en el verano: la gente que vivimos aquí somos jubilados ya. No tenemos niños, claro. Estaba antes el médico y se tuvo que ir porque tenía una niña de 3 años y no podía ser. Pero tenemos pájaros. La naturaleza nos proporciona un bienestar maravilloso, dice María.

Manuel Monasterio, el Botarga

La mayoría de la gente se ha ido a la iglesia. Una construcción de una sola nave, con tejado de pizarra y contrafuertes reforzando los muros. Los demás, lo que no han ido a misa, van y vienen. Disparan cámaras de fotos y graban vídeos en esta plaza en la que hay una fuente y el juego de bolos.

Terminada la misa, un señor acaba de coger la bandera, la de la hermandad, que se abraza en lo alto de un mástil de 12 metros. Los ha habido más altos, me dice el que la lleva, pero como han puesto cables de la luz, para evitarlos, hemos hecho este un poco más corto.

También, con la gente, acaba de salir un personaje muy popular que cubre su cabeza con una especie de boina confeccionada con triángulos amarillos, rojos y verdes y de la que pende una borla. Lleva una chaquetilla de retales amarillos y negros al igual que el pantalón y, a pesar de que no toca el tambor, lleva palillos. ¿Qué quién soy?, pues soy Manuel, ya lo sabe. Voy vestido de botarga, ¿no lo ve?. Es Manuel Monasterio, el botarga, al que no pude sacarle más cosas porque, tajantemente, me dijo que estaba trabajando y que no era el momento de hablar así que me fui hasta Hilario Santiago, el rosquillero, porque lleva una especie de globo terráqueo, de madera, del que cuelgan las roscas que serán subastadas. Sí, soy el rosquillero y vamos en dirección de la era. Luego las subastamos cuando acabe la procesión.

Vamos en la procesión en la que, las mujeres, cantan “Alabado sea el Santísimo”. Por delante va la cruz parroquial, la roja bandera  en el largo mástil y un estandarte con la imagen de un Sagrado Corazón. El cura, revestido con capa pluvial, camina bajo palio. A ambos lados van los  ocho danzantes con los que no puedo hablar hasta que no finalice la procesión.

Los danzantes cubren su cabeza con una especie de mitra o gorro cilíndrico repleto de flores de papel y un espejo circular en su parte frontal. La camisa es blanca, con una banda roja transversal que va del hombro a la cadera izquierda y unos lazos a la altura de los codos. Un pañuelo de seda es la corbata, el pantalón que llevan es de color blanco, bordado, pero, encima de él, llevan el sayolín: una especie de falda de color rojo a la que se añade un pañuelo antiguo, negro, con bordados de flores rojas que se atan a la cintura.

Estamos llegando a la era. Una explanada que también es campo de fútbol o lo fue porque, la gente que vive aquí, no está para regates.

En una mesa colocan la custodia y, rápidamente, el público, forma un círculo perimetral alrededor de los danzantes que se han colocado en dos filas de a cuatro provistos de castañuelas.

Audio. Danza de la Cruz

El botarga, Manuel, aunque un poco alejado, está frente a ellos y cerca de la custodia esperando que el gaitero dé, en su tambor, el primer toque de la Danza de la Cruz. Una especie de jota en la que los danzantes van dibujando círculos, se cruzan o se quedan en un sitito sin dejar de mover los pies. Es la danza de la Cruz porque, poco a poco, los danzantes van formando una cruz terminando con un ¡Viva Jesús Sacramentado! que corea el personal.

Ángel Chicharro

Regresamos por una calle sin asfaltar en la que destacan colgaduras blancas de ventanas y balcones, en las que no faltan los pañuelos negros con bordados rojos. Igual que fuimos, regresamos. Y con la procesión, los recuerdos de Cándido Monasterio que fue registro de los danzantes, el que tocaba. Sí señor, yo soy de Valverde de toda la vida y vivo aquí todo el año. Tengo 95 años y mire qué bonita es la procesión,  me dice recordándome que fue danzante. Yo fui el registro de los danzantes.

Cándido entró conmigo en la iglesia en donde el Tamtum Ergo Gloriosum, envuelto en papel de incienso, puso fin a los actos propiamente religiosos para dar comienzo a otros en la plaza de la fuente de los cuatro caños, el juego de bolos y en donde han puesto un chopo para las cucañas. Aquí, en esta plaza, antes de que los danzantes ejecuten el paloteo o lo que queda de una ancestral danza guerrera, hablo con Ángel Chicharro, uno de los danzantes, que me dice que hasta ahora, todos somos de aquí. Es tradición de padres a hijos y, de momento, todos somos de aquí. Yo tengo un hijo que se ha vestido de danzante con doce años así que, será danzante, me dice. Los uniformes, lo que llevamos puesto, nos lo hacen las mujeres. Las nuestras o alguna que haya por aquí. El pañuelo es distinto según quien lo lleve. No tiene que ser igual. El pantalón blanco es el calzoncillo antiguo y, encima, llevamos el sayolín. Lo del espejo en el gorro no sé, es de toda la vida, concluye.

 Cuando comenzó la subasta de las roscas, pude hablar con Gregorio Mata, el gaitero. El hombre de la pita metálica que no he hecho yo ni mucho menos. Cualquiera sabe quién lo ha hecho. Dicen que es el cañón de una escopeta así que…y el tambor, este año le he tenido que poner un parche.

Gregorio Mata

Le pregunto por el sonido de las danzas, por la música: las he aprendido yo solo porque resulta que cuando lo cogí, el suegro ya no podía. No le daba el pulmón y tuve que cogerlo yo en la era. Es la música de toda la vida.

La subasta se desenvuelve en pujas de a mil pesetas. Uno de Campisábalos se lleva dos roscas por dos mil pesetas y  a Tiburcio Alonso, de Albendiego, un secretario jubilado, le han nombrado recaudador porque, el que más o el que menos, se lleva un rosco como Sagrario Cruz, secretaria de las Cámaras Agrarias: es una satisfacción hacer esto por el pueblo, ¿no?.

A las dos de la tarde  comenzaría un auto sacramental que, antes, protagonizaban los danzantes. Ahora no porque como no estamos aquí, no podemos ensayar las danzas y, además, el auto sacramental. Llevamos cinco o seis años que lo hace gente joven del pueblo, dice Ángel mientras Manuel, el botarga, me explica su misión en este día tan especial: la que he hecho hoy. Bailar porque soy el punto de mira, claro. ¿El traje? Lo hizo un señor del pueblo que era sastre y se lo hizo a mi padre. Tengo setenta años y llevo de botarga dieciocho años o por ahí y, claro, el resto del año me dedico a las pocas labores que tenemos ahora, a cuatro cabras y a hacer fiestas a la mujer.

Raimundo y Severiana

José María es el director del grupo El Portalejo desde hace unos 8 años. Un colectivo formado por jóvenes de Valverde que, aunque no están aquí, en el pueblo, no quieren que se pierdan las costumbres y tradiciones ni mucho menos estas obras teatrales: hay siete obras, dos autos sacramentales, dos loas y dos sainetes. Hoy  representamos el sainete “El auto de Cucharón” o la lucha del bien (San Miguel) contra el mal (Luzbel). Hay una escena entre pastores recordando empadronamientos navideños para descubrir a la Madre del Mesías. Luzbel se encuentra con el alcalde Cucharón, se suceden una serie de situaciones grotescas y, al final, llega el triunfo del bien con la celebración de la Octava.

A las tres de la tarde, los cientos de visitantes se marcharon a la era, al pie del Ocejón, a comer en familia aunque, los más, prefirieron quedarse a la sombra de los árboles junto al arroyo de la Chorrera. Más tarde encontré a Raimundo y Severiana. El con 92 años y, ella, con 87. Estaban sentados a la puerta de su casa viendo como pasaba la gente: yo, excepto algunos momentos de la Guerra, he estado siempre aquí, en Valverde, y vivíamos de las ovejas de mis padres. En aquellos tiempos había 85 vecinos que tenían 40, 50 ovejas, un poco de labor, las gallinas, el cerdo y de eso se iba viviendo pero, de aquello no queda nada, me dice. Entonces había unas costumbres antiguas pero muy sanas y muy nobles.

Cuando llegaron aquí, con las ovejas, en sus años mozos, me cuenta que toda la juventud iba al rosario. A la doctrina y que en Nochebuena cantaban canciones para pedir el aguinaldo: en el nombre de Dios y de la Virgen María, te cantamos los hermanos todos, todos a porfía recibiendo, así, un trozo de chorizo, carne o algo de dinero como aguinaldo.

El día de los Reyes Magos también se cantaba de casa en casa la misma canción, y se pedía el aguinaldo otra vez, como recuerda Severiana, con canciones como esta que cantaban antes de la Octava del Corpus: adiós perla de la mar, adiós perla que encerrada, adiós rosa de San Juan, hasta el día de la Octava…”

Raimundo recordó otra coplilla que cantaban en la víspera del Día del Señor: como siempre acostumbramos, la víspera del señor, a cantar a los hermanos, a los hermanos  y hermanas de la Santa Cofradía, la víspera del Señor cantaré con alegría. También les voy a advertir, como mañana es el día, de llegar a recibir la sagrada Eucaristía.

Había también canciones que, como los mayos, ensalzaban la belleza de la mujer comenzando por el cabello: por siempre en nombre de Dios, asómate a la ventana la víspera del señor. Buenos días te dé Dios, a ti luz prenda dorada, y a mí que me de salud para cantar en tu casa…”

Les dejamos allí, tomando el fresco mientras la gente subía y bajaba en este Valverde alejado de aquel otro, el de Raimundo, en el que salían de ronda, iban a la doctrina, bailaban con la cuerda porque, sin carretera, no llegaba un acordeón ni de broma y, por si fuera poco, el pueblo estaba al final de un mundo negro que, ahora, es deseado. Hace treinta años, ese valle verde era el de los arroyos, sí, con un solo teléfono (el de la Compañía Telefónica) y, sobre todo, con ancianos que esperaban la llegada de la Octava del Corpus para ver gente.

Audio Raimundo y Severiana

Audio Ángel Chinarro

Audio María Benito

Audio Manuel, el Botarga

Audio Gregorio Mata