Si yo vuelvo la cabeza en la procesión, el que va detrás de mí tiene la obligación de denunciarme y yo, la de pagar una multa.

Procesión del Corpus en 1935. Fotograma de Tomás Camarillo

La fiesta del Corpus Cristi se encuentra muy ligada a la Pascua de Resurrección de la que la separan sesenta días, y diez desde el domingo de Pentecostés. Una celebración en honor del Santísimo Sacramento que no solo se limita al jueves o al domingo (dependiendo del lugar geográfico en el que se celebre) sino que, los actos religiosos, se repiten en varios lugares al llegar la octava o al domingo siguiente.

A finales del año 1989, un enorme nubarrón de cumulodespropósitos se llevó por delante aquél dicho popular de  “tres jueves hay en el año que relucen más que el sol…”. Dicen, que todo ello, fue  atendiendo a razones derivadas del Estatuto de los Trabajadores y del Gobierno que veían problemas en celebraciones como la Ascensión y San Pedro y San Pablo quedando otras dos, San José y Santiago, condicionadas a que el Calendario no excediera el número de doce. Por eso, la Conferencia Episcopal estimó que esa inestabilidad era pastoralmente contraproducente y, después de hacer las oportunas consultas a cada uno de los señores Obispos, en una Asamblea Plenaria, la fiesta del Corpus se trasladó al domingo fijando, así, en ocho, las fiestas de precepto independientemente de que sean o no laborales. Un disgusto para José de Pedro Martínez, Hermano Mayor de la Cofradía de los Apóstoles de Guadalajara que, ese año, a pesar de que daban libertad a hacer la procesión el jueves, tuvo que salir ya el domingo.  Nuestra misión es acompañar al Santísimo, me dice José. Nosotros ni entendimos ni entendemos que cambiaran la fiesta de jueves a domingo y, por eso,  nos disgustamos pero claro, si el Santísimo sale el domingo, tenemos que salir ese día.

Aunque existen varias fuentes sobre el origen de esta fiesta, la de mayor fuerza es esta que se remonta al siglo XIII en el que la monja, Juliana, tiene mucho que ver al comunicar, a un canónico de San Martín de Lieja, que desde hacía algunos años tenía una visión a través de la cual creía que, Dios, le había dado a conocer la institución de una fiesta en honor de la Eucarística.

Los Apóstoles antes de 1936. Fotografía de José de Marco

El papa Urbano IV se interesa por la idea y, gracias a un prodigio acaecido cerca de Orbieto, en Italia, el papa expide la bula en el año 1262 fijando como día señalado, para esta fiesta, el jueves después de la octava de Pentecostés. Ya, con el papa Juan XXII, en 1316, la fiesta se celebra en toda la iglesia universal sacando la custodia con el cuerpo de Cristo por las calles, con autos sacramentales, danzas o cortejos bíblicos como en Guadalajara con la presencia de personajes que encarnan a los apóstoles y a Jesús. Desfilan de uno en uno con un grupo de niños que han hecho la primera comunión, encabezando el desfile la figura de Jesús y, tras Él, San Pedro, San Pablo, san Andrés, Santiago el Mayor, San Juan, Santo Tomás, Santiago el Menor, San Felipe, San Bartolomé, San Mateo, San Bernabé y San Matías.

La Cofradía de los Apóstoles

José de Pedro y su hija Yolanda

El vicario es el párroco de Santa Maria pero, la Cofradía, tiene dos cargos fundamentales por decirlo así: el Hermano Mayor y el Secretario. Estoy con José de Pedro Martínez. Un hombre que vive la Cofradía de los Apóstoles como pocos, desde hace 82 años, y es el Hermano Mayor de la misma porque el cargo es hereditario. Su bisabuelo, abuelo y el propio padre ya lo fueron como también lo será su hijo, José, un farmacéutico que ejerce en Cardenete, en la provincia de Cuenca. Un chollo, le digo, porque el cargo lo tiene asegurado: mi abuelo lo era, mi padre lo era, y cuando lo dejó por un infarto lo cogí yo, dice entre risas. Llevo ya 40 años y somos los 12 apóstoles y Jesús. Trece personajes bíblicos que son representados más 8 suplentes porque, si alguno de los actuales no tuviera descendencia o falleciera, uno de los suplentes representaría al santo que correspondiera.

José de Pedro  lleva esto de la Cofradía tan adentro que a la hora de iniciar esta entrevista confiesa que, los escalofríos, marchan sin freno por un cuerpo marcado como si de piel de gallina se tratara: esto  viene de padres a hijos y, si Dios quiere, mi hijo lo heredará porque está tan integrado como yo.

Hablamos de la antigüedad de la Cofradía de los Apóstoles porque lo que hay escrito, le digo, nos puede abocar a cometer ciertos errores. En el año 1454 tenemos ya noticias de que el Ayuntamiento programó y presupuestó una cantidad para atender los gastos de la Cofradía. Es más, en 1459 ya hay documentos (facturas) en los que se demuestra que, el Ayuntamiento, ha pagado los gastos del Corpus y, en ese caso, los de la Cofradía. No hay que olvidar que, esta fiesta, ha estado siempre ligada al Ayuntamiento de Guadalajara quien lanzaba bandos como este:  “que vayan en la proÇesión los doze apóstoles y el Xristo segund costumbre (…)”. Ya en 1611, la Cofradía figura en todos los documentos, en todos los sitios, añade José de Pedro.

Esta cofradía de los Apóstoles, según Layna Serrano, debió de estar vinculada a  la cofradía del Santísimo Sacramento de San Gil, desfilando en la procesión vestidos “con largas y ricas clámides, peluca postiza, guirnalda de flores y una careta para no ser conocidos; en el siglo XVI se suprimieron los antifaces y se les añadió una cartela con el nombre de Jesús o el apóstol representado. Andando los años, esta cofradía de los apóstoles recaló en la iglesia de Santa María sin poder precisar en qué momento. Es que como pertenecíamos a Toledo, muchos documentos están allí. Otros los tenemos aquí, en el Ayuntamiento de Guadalajara pero la verdad es que, la Cofradía en sí, no tiene documentos porque en la Guerra Civil desaparecieron todos. Quemaron el Cristo que teníamos y los libros, documentos, trajes y rostros de cartón piedra desaparecieron excepto uno que lo escondieron y que lo tiene Jesús

Los Apóstoles con los trajes actuales

Estríngana de su tío. Es el único que se conserva.

Los Estatutos sí que los hemos actualizado sin olvidarnos de los antiguos,  dice el Hermano Mayor, porque después de la Guerra, cuando comenzó a reorganizarse la Cofradía, quedaron cuatro  personas, entre ellas mi abuelo, que recordaban lo que decían los Estatutos. Marcaron unas directrices y, a partir de ellas, hemos venido funcionando hasta su aprobación por el obispado y Ministerio de Justicia. Y claro, ante ese panorama, cuando me hice cargo como Hermano Mayor, lo primero que pensé fue en restituir de alguna manera lo perdido empezando por los trajes de terciopelo porque, los trajes, los alquilaba el Ayuntamiento y eran penosos. Yo tenía el de mi abuelo. Mi padre lo guardó y lo he conservado y de ese traje hemos sacado los demás.

El espíritu de la Cofradía prácticamente no ha cambiado nada, me dice José de Pedro. Bueno, algo sí porque antes los suplentes no tenían ni voz ni voto. Por eso decidí que el suplente tenía tanto derecho como otro a hablar. Lo propuse y se aceptó. En lo demás no ha cambiado nada. Se pasa de padres a hijos y por eso no hay crisis en ella. Los únicos cambios de este año, son dos. Uno lo ha dejado porque está enfermo y lo ha cogido un suplente y, el otro, ha querido dejar el santo por no tener familia masculina pasando la representación a otro suplente.

El tiempo, que a veces causa estragos, ha sido benévolo en cierta manera con la Cofradía de los Apóstoles o, mejor dicho, con el Hermano Mayor porque eso de la limoná y las almendras, llegó un día que se fue de madre: claro. Es que me acuerdo de la limonada. Antes del corpus, el sábado, tenemos un acto en la Concatedral para dar las gracias y pedir perdón por las faltas. Cantamos un miserere después de la misa de las 8. Se trata de un Miserere que cantan los hermanos a capella ante un crucificado -que sustituye al que destrozaron en la Guerra- tras recoger al sacerdote en el altar Mayor. Vestimos con las capas y vamos con los cirios encendidos hasta nuestro Santo Cristo para cantar el Miserere. Es un miserere cuya letra nos pasa el sacerdote y yo, con 82 años, ni me acuerdo ya de la música. Lo hacemos a dos voces: unos cantan una parte y, otros, respondemos.

Procesión de 1935. Fotograma de Tomás Camarillo

Tras el miserere, todos se marchan a hacer la limonada. Antes se hacía solo para los hermanos en casa del Hermano Mayor pero, entonces, sólo pasaban los hermanos. Nadie más. Nos cambiábamos en lo que hoy es el aparcamiento frente a Santa María, en el banco, en donde había un colegio. Ahora lo hacemos en la casa sacerdotal en donde también desayunamos después de la misa de las siete y media de la mañana del día del Corpus y ya, nos maquillamos para subir al Fuerte y asistir a la misa principal. Nosotros tenemos dos misas: la principal y la de la Cofradía

Hay quien opina que el modelo iniciado en la Edad Media para caracterizar tanto a Jesús como a sus Apóstoles, va a variar muy poco permaneciendo los rostros o máscaras hasta 1936. Sus atributos serán una túnica sencilla junto a los elementos característicos de cada apóstol simbolizados de la siguiente manera: Cristo, con la cuz; San Pedro, con las llaves; San Pablo, con la espada; San Andrés con la cruz en aspa; Santiago el Mayor, con la concha y la calabaza de peregrino; San Juan, con el cáliz; Santo Tomás, con el hacha; Santiago el Menor, con el cuchillo; San Felipe, con el serrucho; San Bartolomé, con la espada; San Mateo, con el libro; San Bernabé, con una escuadra; y, San Matías, con la lanza. Hemos tratado de ello en la última Junta General de Pentecostés. El de volver a desfilar como antiguamente. Lo hemos hablado, sí, pero unos dicen que sería mejor porque no habría maquillaje ni pelucas y, otros, que no porque estamos en otros tiempos.

Desde luego que estamos en otros tiempos porque alguna de las tradiciones  de mayor arraigo en la Cofradía, ha evolucionado a los tiempos modernos, le dio a José de Pedro: bueno, es que antes de la Guerra, para ingresar en la Cofradía, se pagaba una cuota que consistía en un kilo de almendras. Era así porque, después del Corpus, hacemos una limonada con almendras para todo el mundo. Los que entran de nuevo en la Cofradía, tienen que pagar un kilo de almendras, sí.

El Corpus en Guadalajara en 1935. Fotograma de Tomás Camarillo

Pagan por ingresar y, como en La Caballada, también pagan multas por infringir las normas de la procesión porque, en ella, siempre habrá alguien detrás que haga de Judas denunciando al que volvió la cabeza: Si, así es. Solo la puede volver tres veces Jesús. Pero si yo vuelvo la cabeza, el que va detrás de mí tiene la obligación de denunciarme y yo, la de pagar una multa. Tenemos la obligación de decirlo, sí. “Has vuelto la cabeza a la altura de San Nicolás, por ejemplo, y a pagar medio kilo de almendras como antes aunque, ahora, estas cosas se van perdiendo. Pero yo lo he vivido esto muy de  cerca con mi abuelo y con mi padre. Lo llevaban a rajatabla. Mi abuelo murió en el 47 y lo he vivido muy de cerca porque, la Cofradía… la llevo metida en lo más hondo. Todos en mi familia llevan esto hasta la médula y los que heredamos el cargo, más todavía me dice con un hilo de voz porque, las emociones, son el tapabocas de sus recuerdos.

Para formar parte de la Cofradía de los Apóstoles hay que dar la talla: primero tiene que ser una persona que, si está casada, deberá tener el consentimiento de su mujer. Debe tener cierta altura excepto para los hijos de los apóstoles que entran de nuevo, dice José. Yo soy bajito y por mi estatura no podría haber entrado en la Cofradía, añade. Los nuevos tienen  que ser altos, católicos, sin blasfemar y tienen que ser varones porque los Estatutos son bien claros. Tiene que ser de padres a hijos y, ese carácter hereditario, excluye a las mujeres.

José de Pedro Martínez no se viste el día del Corpus. Se viste su hijo, José. Yo salgo de calle, con la capa, para hacer todo el recorrido. Vamos tres hermanos con los varales. Dos nuevos y, el otro, que fue encontrado milagrosamente durante las obras de Santa María. Esto es tremendo. Muy emocionante. Mi abuelo murió con 89 años y murió con el traje puesto. En Junio fue el Corpus y el 9 Agosto murió. No podía ni con las zapatillas pero hizo el recorrido completo. Es que llevamos esto en lo más profundo de nuestro ser, concluye José de Pedro.

Pues como nos cambien el domingo de Resurrección al martes yo me voy porque, lo de hoy, en Castilla-La Mancha, no tiene nombre ni cuerpo que lo aguante.