Firma invitada: Francisco R. Breijo-Márquez

He de reconocer que no lo había visto en la primera emisión que se hizo, dondequiera que se llevara a cabo. Al tiempo que, también reconozco mi incredulidad cuando, una de esas tantas ‘lenguas viperinas’, – esas que sólo dan pábulo y veracidad a sus propios criterios…¡ya saben!, y que cruelmente te descuartizan si no le das la razón- me relataron el vídeo y su contenido.

Ni sé porqué me lo contaron, ni recuerdo quiénes fueron, la verdad. Ni falta que me hace.

Igual no fue una historieta personal sino de chascarrillo tabernero en uno de esos baretos -con tanta solera y prestancia- que suelo frecuentar para mi primer café mañanero. No lo sé. Tampoco voy a comerme el tarro a fin de conocerlo, francamente.

La cosa es que me llegó un cuchicheo sobre que, al ‘más insigne pensador y orador en lengua hispana desde hace unos tiempos y hasta el infinito’, le había dado por hablar con un palo. O con un tronco arbóreo.

O eso me pareció a mí y eso me dijeron que era. Un cacho de madero era, eso seguro; so pena que fuere un pedazo de plástico de plaimovil leñador.

Y sé que lo dijo puesto que, dado mi natural e imperecedero recelo anteriormente expuesto, me resultaba imposible de tragar tamaña gilipollez.

He escrito ‘eso me pareció a mí’, porque no he tenido otra mejor que endilgarme los cincuenta y un segundos que dura su intervención en el yutube. Además en bucle, para no perderme ni un detalle, ni un solo matiz.

¡Oigan! Y tras tanta visión yutubera, resulta que se quedaron diminutos los chismes parroquianos. ¡Ummm! para un servidor, ni decir tiene y por supuesto.

Que todo es respetable , aunque raramente respetado. Que fuere lo que tengan a bien decir o hacer, siempre tenemos a mano el famoso “I’m against it” grouchero.

Si bien no es menos cierto que, en la tal visualización viddeoyoutubera, como están las cosas, no me sorprendió lo más mínimo el que el muchacho en cuestión intentara transmitir – a la audiencia que tuviese a bien verle, oírle o ambas – la ternura, afecto y conmiseración con que abrazaba acunando al tarugo.

Ninguna sorpresa, oigan; que con sólo pensar cómo hay gente que se hace ser lo que toque ser, (con la consiguiente exposición en las redes sociales, para que no se diga), en el momento más adecuado y más entronizado por esos sádicos medios que repiten, repiten y vuelen a repetir cual peces en no sé qué río) cualquier imagen sórdida con tal de captar más “share”, uno ya es capaz de creerse todo: Que si “Je suis París” un día; Je suis Niza” el otro; “Je suis Bataclan” el siguiente “Je suis Berlin” el de más allá… ¡Total, “je suis lo que haya que ser menos yo mismo”. A tales cuitas, los sabios suelen denominarle “Delirios paranoides”. Y vamos todos algo servidos de ello a mi entender.

Lo escrito:…¡ninguna sorpresa!

Me resulta de rigor comentar que , en sus principios politiqueros, uno era medio adepto a las soflamas de igualdad, fraternidad y algo de libertad (porque está visto, comprobado y cotejado que de libertad le queda poco al señor actor yutubero: ‘o piensas y haces lo que te digo…o zapatazo y tentetieso que te endiño’).

Pero ya no me queda ni pizca de tal entusiasmo “quincemayero” de hace cinco años, como poco. Por mucho que intente engatusarme -y engatusar – con esa tibieza tierna y delicada con la que intenta hacernos creer que le habla el leño.

El ambiente que rodea a tan excelso monologo lignario me suena a una de esas casas rurales que alquilas un par de días por aquello de salir de la rutina. La chimenea me resulta demasiado perfecta y uniforme en desparramar las llamas – ¿no será también de pega?, porque yo salgo negro cual los tizones y apestando a hoguera que ni me aguanto de tanto aventar las llamaradas- . La pared, también de madera innoble debajo de un supuesto ventanuco, no tiene cuadros, solo algún que otro útil de labranza y, al lado a la derecha, un revistero con vaya usted a saber qué papeles apilados.

Un Pablo Iglesias sentado (o ese tipo me parece ser) en un taburete, -supongo, porque no veo espaldar sillero – sostiene el susodicho tarugo en el brazo izquierdo a modo de rorro a quien acunar y darle el chupete si algún berrido es soltado. Acunándolo, vaya. Una sudadera en tonos azules a juego -por lo visto- con unos pantalones a cuadros grises a rayas negras de felpa ( no llego a vislumbrar si tiene bolitas o no) que me convida a pensar que es un pantalón pijamero recién salido del catre. Legañas no le veo al muchacho, las cosas como son.

Y me pongo a la audición. Quieto; firme; con afán. El susodicho habla en voz, melosa , suave… acariciante.

Habla sobre una serie de 1990 que se llama Twin Peaks cuya protagonista secundaria es una tal Laura Palmer, que tiene el vicio de hablarle a un madero para desvelar cualquier felonía. Cual tal señora, el señor Pablo Iglesias intenta remedarla. A la “americana” que queda más guay.

Algunos jóvenes- dice el gachó- lo desconocerán; algunos mayores…pues también. Pero ¿hablar? ¡vaya si habla con el tarugo!

No me decepciona el político señor por sus ideas…no. Tampoco por sus trifulcas con propios y extraños…no. Ni por la recomendación -‘ordeno y mando’ en realidad- de que hablemos con nuestros amigos, nuestros padres, nuestras cuñadas y a toda nuestra familia – afines y colindantes – para apuntarnos a no sé cuál dirección de Internet para participar en no sé dónde.

Entonces, de repente, el madero le susurra algo así como que “Debatir no es dividir”. Naturalmente que no…¿y se necesita un cacho de madera para que te resulte ‘palabra de Dios’? ¡Eso es un axioma, amigo Iglesias; en toda su extensión y como la copa del pino del madero que abrazas!

Un servidor puede tolerar -incluso agradecer- la ternura, la delicadeza, las susurradoras y acariciadoras palabras que suelta el tipo por esa boquita recién lavá (…recién lavá, recién lavá…) hablando con el troncho y viceversa.

Pero, lo que me resulta absolutamente intolerable e intragable es la cantidad de cursilería – amén de máxima ñoñería- que derrama el buen hombre en cincuenta y un segundos o menos.

¡Cursi hasta la desazón! Ni siquiera yo en mis hidalgos tiempos, óiganme.

Casi que prefiero al Rafael Hernando parloteando…con eso les digo todo.